El arte de la condena (Ensayo)

Delueze define que ser filósofo, es ser artista. Mejor dicho: que un filósofo no es distinto que un músico o pintor, ya que éste también se ejercita en la creación y desde luego, no tiene cómo evadir el padecimiento de las mismas pasiones, delirios, soledades y vicios que acompañan la obra del genio creativo.

Gilles Deleuze, quien decía que el filósofo es un artista que crea en un dominio determinable como es el de la creación de conceptos.Cortesía

El artista tiene siempre un mortal enemigo

que lo extenúa en su trabajo interminable

y cada noche lo perdona y lo ama: él mismo.

Raúl Gómez Jattin

En las primeras partes de Kant y el tiempo, un menudo libro que recoge las conferencias dictadas por Guilles Deleuze ―el filósofo contemporáneo que fustigó el mundo con látigos de papel― encontramos la estupenda versión de lo que significa ―para él― el quehacer del filósofo:

Una vez más, yo estaría contento si ustedes aceptaran, al final de estas lecciones, que un filósofo es eso, que no es menos creador que un pintor o un músico. Simplemente él crea en un dominio determinable como es el de la creación de conceptos.

Delueze define que ser filósofo, es ser artista. Mejor dicho: que un filósofo no es distinto que un músico o pintor, ya que éste también se ejercita en la creación y desde luego, no tiene cómo evadir el padecimiento de las mismas pasiones, delirios, soledades y vicios que acompañan la obra del genio creativo.

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En El Ocaso de los Ídolos (Cómo se Filosofa a Martillazos) Nietzsche se hace una pregunta bastante sugestiva ¿Será que la sabiduría [genio] aparece en la tierra como un cuervo a quien le entusiasma el más ligero olor a carroña?

Albert Camus, el hombre de La peste confirma lo mismo en El mito de Sísifo cuando asegura que comenzar a pensar es comenzar a ser minado. Pensar es pintar y componer armonías; devanarse los sesos frente a una máquina de escribir o asumir un monólogo, en el caso del actor. Minar es desmoronarse; es el trabajo arduo que autoriza todos los excesos como si de paso justificara que la mayor destrucción coincide entonces con la mayor afirmación. Para el artista, el arte es su moral cuando vive entre las audacias de la excentricidad. Un antioqueño tozudo, lengüilarga, montaraz y poeta que no podía resistir la tentación del aire de los caminos equivocados un día cualquiera esgrimió: Desgraciadamente carezco de la hermosa virtud de preferir la felicidad al sufrimiento creador. En fin, soy así y me rindo a la fatalidad irremediable de no poderme soportar sin sentirme padecer en los infiernos del arte (gozaloarango)

Según el hombre que a finales del XIX proclama la muerte de Dios, el músico, el artista, el filósofo, pagan el precio de la genialidad con decadencia. Esto resulta un tanto verosímil si echamos una ojeada en la excéntrica vida de cualquiera de estos personajes que marcaron época; si nos acercamos a ellos con el deseo de hurgar en la tormenta de sus biografías y mirar en paralelo, la altura de sus obras maestras y los despojos de sus vidas privadas, sin que con ello logremos comprender ―de un todo― las verdaderas razones para pagar tan altos costos por un puesto en los escalafones historia.

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Arte, genialidad y locura es ―para los barbudos griegos― un monstruo tricéfalo que a quién quiera que toque con la punta de su dedo índice en la frente, parece que su vida ―tal y como se nos vende desde los púlpitos y la televisión: la del empleo productivo y la familia numerosa― se degenerara en algo caótico y casi echado a perder que solo encuentra justificación y redención en la obra maestra que el artista persigue, y que es en sí mismo, la afirmación desvergonzada que no tiene miedo a equivocarse mientras arde.

Carta de Raúl Gómez Jattin a su amiga de la infancia Rosalba Acuña en enero del 1983

[…] ya tengo 37 años y no he hecho casi nada: ni esposa, ni hijos, ni capital. En cambio de eso, dos libros y algunas obras de teatro. Bien poco ¿verdad?

En todo esto hay un evento más que ronda el interior y exterior del genio, algo que acompañó a todas partes a Harry Haller, el protagonista de El lobo estepario, el olor de la muerte que llega por mano propia. El suicidio.

¿En dónde está el espíritu sombrío /De cuya opacidad brote la llama? pregunta Alfonsina Storni desde el fondo del agua como una Ofelia de otros días.

El malestar del genio

Hay épocas en que seguir viviendo es rebajarse, comprometerse, morirse de puro tedio.

 Reinaldo Arenas

 

En El hombre rebelde Camus explica la actitud de los poetas luciferinos cuando van de camino a su propia destrucción:

La rebelión romántica busca una solución en la actitud. La actitud reúne en una unidad estética al hombre librado al azar y destruido por las violencias divinas. El ser que debe morir resplandece por lo menos antes de desaparecer, y este esplendor constituye su justificación.

La filosofía es el arte de formar, de inventar, de fabricar los conceptos (Deleuze). A esta maravillosa definición ha sido necesario, entonces, endosarle todo el contenido humano demasiado humano con el que lidia el artista: sus aspiraciones a la verdad y a la belleza, sus propias dimensiones del mundo y ese rechazo a toda actividad gregaria que lo transforma ―como Gregorio Samsa― en una criatura solitaria que sobrevive encerrada en su impenetrable torre de marfil, desde donde solo se le puede observar para ser admirado o rechazado y pocas veces comprendido: esa unión breve pero viva/ de un corazón atormentado/ unido a la tormenta (Lérmontov).

Los genios dolientes

 En 1995 Gilles Deleuze ―con quien iniciamos esta reflexión― se bota al vacío desde lo alto de su apartamento en París, tal y como lo hizo el músico argentino Charly García cinco años más tarde del noveno piso de un edificio en la provincia de Mendoza, Argentina, con la pequeña excepción de que Charly fue a dar a la piscina del hotel y Deleuze, al inamovible pavimento que acabó con la angustia de sus trágicos días.

Dentro de este directorio de genios suicidas se encuentran afiliadas algunas de las estrellas más importantes del rock, en lo que es el exclusivo, mundialmente famoso y tristemente célebre Club de los 27.

No hace falta decir de quiénes se trata, ni mucho menos podemos dejar fuera de este macabro conteo al niño prodigio de la Calicalentura de los años 70, Luis Andrés Caicedo Estela, escritor y crítico del cine. Cada uno de estos personajes se apega al alto estándar que se requiere para ser un sufrido genio creativo: una vida sin aparente valor per se, y una inagotable producción espiritual en busca del núcleo sublime de un arte capaz de conectarlos con el universo.

Un paria colombiano llamado José María Vargas Vila, sostiene en varias de sus obras que un genio está condenado al exilio; a la soledad ―su única nobleza y causa de su dolor―, porque ese es el único espacio en donde puede abrir con plena libertad sus alas que por mucho sobrepasan el ridículo tamaño del nido que lo empollan, en donde otros prefieren quedarse muy cómodamente mientras se sienten a gusto con lo que es igual a ellos. Mediocridad.

Así mismo, hundidos un poco más en Vargas Vila, a una cierta profundidad en donde es inevitable ver de cerca los ojos de Nietzsche, nos queda la impresión de que el destierro es un lugar privilegiado y reservado solo para aquellas conciencias que abandonan los placebos del rebaño y que buscan convertirse en una estrella que habita el silencio y la densa oscuridad del firmamento de la historia. Como diría Sade: El patíbulo [el dolor de la soledad] sería también para mí el trono de los placeres.

Entonces, parece ser, que en el solitario oficio de la creación se va del cielo al infierno ―como en el Harar, el infierno de Rimbaud― montado, en lo que pudiera ser, el ascensor de la locura donde solo caben ―muy apretujados― el hombre y su genio. Lo que hace de su torre de marfil y aislamiento, el desierto en el cual se curte esa Facultad imaginativa que bien ilustra el surrealista René Magritte. Yo fui un gusano y me encerré en mí mismo. En la tumba que fui forjé mis alas. Diría Ramón Méndez Estrada.

Y es que para el hombre que escribió Así habló Zaratustra, el desierto es un lugar importante, es alejarse de un mundo en donde de quienes estamos más lejos es de nosotros mismos, el enemigo de Wagner señala hacia el desierto y sus dunas existenciales como un lugar de transición, de encuentro y resistencia, donde sufrimos las metamorfosis necesarias para llegar a ser esos niños dispuestos a la creatividad e inmunes al dolor.

El niño es la inocencia y el olvido, un volver a empezar, un juego, una rueda que gira por sí misma, un primer movimiento, el don sagrado de decir sí.

Por supuesto que es otra forma de inocencia la que se haya en el desierto SÓLO A MÍ/ SUELO HACER DAÑO enseña Jattin, pero para el ebrio de El padecimiento continuo, Charles Bukowski, otro merodeador solitario que parece sufrir del largo proceso que significa parir la obra, describe su vagar por entre las dunas de la siguiente manera, como quien desea una vida menos convulsionada y al mismo tiempo apetecida:

Hay un pájaro azul en mi corazón que/quiere salir/pero soy duro con él, /le digo quédate ahí dentro, /no voy a permitir que nadie/te vea.

Ese ahí dentro, es permanecer en el ensimismamiento, en la soledad del Yo. El desierto.

Por último, no quisiéramos dejar incluir en este reducido y sin embargo célebre ranking de genios trágicos, a un par de poetas; ambos extraordinarios, afamados y por supuesto, decadentes hasta la misma sepultura y por mano propia: José Asunción Silva y Raúl Gómez Jattin. Maestros trágicos del verso quienes marcaron profundamente ―cada uno en su tiempo y en su estilo― la historia de las letras contemporáneas en Colombia.

Estos hombres genios (niños con armazón de adultos) con dimensiones muy propias del mundo y la vida, incomprendidos y admirados, hicieron de su obra el subterfugio para tratar de evadir un hastío que más pronto que tarde los terminó por alcanzar.

En el poema Psicopatìa, Asunción Silva describe el peregrinaje hacia su interior que tuvo que hacer para no ver morir la llama de su ímpetu artístico y creador. Ahí enseña cómo tiene que guarecerse en el desierto del desconcierto de una sociedad que evidentemente no estaba preparada para un ave que con cada revoloteo sacudía los cimientos de aquella época grisácea.

José Asunción Silva, un alma triste y solitaria se dice asimismo: vivo una vida inverosímil. No veo a nadie: trabajo el día entero y la mitad de la noche... finalmente en la madrugada del 24 de mayo de 1896 pinta una cruz en su corazón para sepultarse una bala con un revólver Smith & Wesson. Ésta sería una proeza que imitaría sin los mismos resultados el coronel Aureliano Buendía con la intención de pasar por alto los cien prolongados años de soledad que inevitablemente viviría a través de sus siguientes generaciones.

Así llegamos hasta Raúl Gómez Jattin, nuestro niño genio especial. En él se proyecta a la perfección aquel monstruo tricéfalo donde se gruñen arte, genialidad y locura por el dominio de todo el cuerpo.

En la antología poética Amanecer en el Valle del Sinú, Carlos Monsiváis es acertado en traer a cuento la última imagen del poema Conjuro, mucho antes de intentar poner palabra alguna: TRANQUILOS/ QUE SÓLO A MÍ/ SUELO HACER DAÑO.

Todo lo que se ha escrito hasta aquí toma una relevancia mayor si se conoce de ante mano la vida y obra de este hombre Caribe y poeta maldito tardío, en quien vida y obra son una misma y exacta pieza monolítica imposible de entender la una sin la otra.

Gómez Jattin es el condenso de la genialidad y la locura capaz de una forma de arte puro y sencillo. Locura y genialidad que suscitó amores y odios por doquier, mientras daba forma a su creación en el desierto de las calles y manicomios en donde le robaba sus versos a la muerte y aseguraba, sin ninguna pena, que eso había hecho de él el amor y la poesía.

El hombre y poeta Raúl Gómez Jattin ha ganado su puesto entre los genios mortificados por su arte. Aún hoy no se sabe a ciencia cierta si es que simplemente fue atropellado, o en un acto de hastío y desolación se arrojó a la defensa de un vehículo en desplazamiento.

Al final de este ocioso, triste y bello recorrido que extrañamente nos hace acordar de A Beautiful Mind, y que de pura pasada nos hace reflexionar en que tal vez sí existe una directa e indeleble conexión entre un excelente trabajo que absorbe todo lo que somos, y una vida hecha añicos. Esto, quizá trastabillando alrededor de la sentencia del poeta nadaísta quien dice que tanto El amor como la literatura que es silencio y mensaje, solidaridad y soledad, ruido y sentido, tienen dos caras: la entrega y el sacrificio.

Aun así ―del riesgo de perpetrar arte y no salir impunes― no deja de ser el ideal de muchos de nosotros ―los últimos románticos del trópico― el conseguir insignias doradas para nuestra charretera histórica a cambio de olvidar todo lo demás que no sea ese bravo impulso que llevamos dentro. El de la búsqueda de la obra maestra.

Todo esto engañoso, tal vez. Quizá a muchos de nosotros nada más nos deje con multitudes de resacas y humo en los pulmones, y al mismo tiempo: más pobres que una rata. Como diría Roberto Bolaño.

 ¿Y quién puede saberlo de antemano? Si ahora mismo estamos soñando ¿Cómo podemos saber si solo somos los llamados o si en verdad somos los escogidos? Escogidos por el cuervo del genio que es atraído por el hedor de la decadencia.

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Leydon Contreras Villadiego

Cultura

El arte de la condena (Ensayo)

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