Entrevista

Yolanda Reyes: “En este tiempo son más necesarias que nunca las palabras y las historias”

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Reyes ha dedicado su vida a la literatura infantil y juvenil, pero en la escritura de su columna de opinión y en su vinculación paralela a proyectos educativos, como Espantapájaros, ha encontrado una ventana de observación a la educación en Colombia. Sus textos se alimentan de los recorridos a estos espacios, pero también de aquellos que hace hacia su niña interior.

A finales de septiembre, Yolanda Reyes obtuvo, por unanimidad de jurado, el XVI Premio Iberoamericano SM de Literatura Infantil y Juvenil 2020, uno de los principales reconocimientos que se otorgan a la trayectoria en literatura infantil y juvenil. El Espectador conversó con la autora, quien también es una de las postuladas por Colombia al Premio ALMA (Astrid Lindgren Memorial Award).

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En primer lugar, felicitaciones por el premio Iberoamericano. ¿Cómo se sintió cuando lo ganó?

Feliz porque este premio se otorga al conjunto de una obra literaria y las instituciones especializadas en literatura infantil de Iberoamérica proponen los candidatos. A mí me postuló Fundalectura, y eso es un honor. También me han conmovido la cantidad de mensajes que me han hecho sentir que llevo mucho tiempo construyendo una obra. A veces el reconocimiento de los demás ayuda a que uno se reconozca y, en semejante año, un premio es como si fueran todos los premios.

Y además está postulada al Premio ALMA (Astrid Lindgren Memorial Award)…

Sí, y por la Asociación Colombiana de Creadores de Literatura Infantil y Juvenil (ACLIJ). Es otro honor y estar en la lista ALMA, así como con tan buenas compañías de Colombia, pero también de todo el mundo, es muy emocionante.

¿Cómo se siente en compañía de grandes figuras de la literatura infantil que se han ganado el Premio Iberoamericano SM, algunas de las que son, además, amigas suyas?

Hay dos colombianos, como Ivar Da Coll y Gloria Cecilia Díaz, que se lo han ganado. Somos contemporáneos y a los dos los quiero y los admiro. Además se lo ganaron tres autoras a las que considero “mis hermanas mayores”: María Teresa Andruetto, Ana María Machado y Marina Colasanti. Las llamo 'mis perdidas tutelares’ porque no se dedican exclusivamente a la literatura infantil, simplemente escriben “una literatura sin atributos”, como diría Andruetto: una escritura que atraviesa momentos de la vida y diversos registros que pueden leer niños y adultos. Ellas han sido una constatación de que es posible no encasillarse y que alguien que escribe libros para niños tiene una postura frente a la infancia y también una postura política, en el sentido de sentirse parte de la cultura y de la polis.

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Su obra se concentra en temas humanos que parecen estar atravesados por el impacto de la transición y la memoria. ¿Cómo ve estos temas en sus relatos y cómo los conecta con aquellos que son urgentes en un país como Colombia?

Me encanta que identifiques lo de las transiciones. Hay un libro mío, Pasajera en Tránsito, que expresa mi fascinación por los tiempos de cambio, que son tan frecuentes en las primeras décadas de la vida y que nos hacen “desconocernos” y no pertenecer del todo. Tal vez esa extrañeza viene desde mi infancia. Al escribir indago en esos pedazos de vida que están y que siguen situados en esa memoria cambiante y que me cambia.

Y no es que cuando escribo ficción me proponga escribir temas políticos, pero soy de este país que me pesa, que me ha formado, que me duele y me interpela. Y creo que los niños tienen una vida emocional profundamente compleja, y preguntan ¡y viven…en Colombia! Hay libros como Los Agujeros Negros o Volar que son conversaciones entre la infancia y la adultez sobre temas de nuestro país, y de todos los países en el fondo.

Al leer su literatura se evidencian asuntos de los que los adultos quieren proteger a los niños. Por ejemplo, el tema del miedo está presente en varias de sus obras como Una Cama para Tres y Examen de Miedo.

Yo fui una niña miedosa, quizás lo sigo siendo. Sufría de insomnio y no me gustaba quedarme a dormir en otras casas; por eso puedo “revisitar” mis propios miedos. Por ejemplo, en Una Cama para Tres hay algo que a todos nos ha pasado cuando tenemos hijos chiquitos y es que nadie sabe en cuál cama va a amanecer porque los niños andan pidiendo posada de cama en cama. Y en Examen de Miedo revivo ese placer de jugar a asustarse en compañía: esa emoción de asustarse con los primos, mientras el abuelo cuenta historias de espantos. El mundo psíquico de los niños está lleno de cosas que dan mucho miedo y que la literatura deja salir en otros “formatos”. Así, En Examen de Miedo las palabras son vehículos para poder jugar a asustarse, a mirar el miedo desde lo simbólico. El mundo psíquico de los niños está lleno de monstruosidades y de cosas que no se terminan de entender, que dan mucho miedo y que necesitan salir de otras maneras.

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El primer libro de la colección Nidos para la Lectura, El Libro que Canta, es un homenaje a la tradición oral. ¿Cómo construyó ese libro que es tan musical, tan poético, tan lleno de emoción?

El Libro que Canta no es estrictamente de mi autoría, tampoco es una antología, ni es una selección; por eso fue presentado como “vuelto a contar por Yolanda Reyes”, para mostrar esa herencia poética que nos precede y que nos da la bienvenida al mundo. Es un libro para envolver en palabras a los bebés y recoger esa poesía que viene de muy lejos, desde la tradición oral que ha atravesado tiempos y geografías y que ha sido transformada por todas las voces que cantan. En vez de capítulos, el libro tiene cantos: el canto cero, que es esperar, el siguiente que es arrullar, y así se va tejiendo esa herencia de palabras que crece con el bebé. El libro mezcla poemas de Jorge Rojas, Eliseo Diego o García Lorca con las retahílas de mis abuelas y los arrullos y el rumor de las charlas con mis hijos, y hay poemas míos. Todo hace parte de ese universo poético que nos aguarda desde antes de nacer.

Ha publicado dos novelas para adultos: Pasajera en Tránsito y Qué raro que me llame Federico. Háblenos sobre estas historias.

Entre esas novelas está otra llamada Los Años Terribles, sobre esa metamorfosis “tan transitada” que es la adolescencia. Pero mis novelas “para adultos” se sitúan en otros tránsitos de los que no suele hablarse tanto: en esa frontera entre ser joven y empezar a ser adulto, por ejemplo. Pasajera en Tránsito es una joven que se asoma a la adultez entre un colegio argentino en Madrid, que reproduce las condiciones de la dictadura militar pero que, por estar situado en España, vive la transición después de la dictadura de Franco; sin embargo, esa joven es colombiana en tiempos del Estatuto de Seguridad de Turbay. En ese microcosmos hay tres países y ella no se siente de ninguno. Luego, en Qué raro que me llame Federico, la ficción vuelve a situarse entre Madrid y Bogotá, entre un hijo adoptado que regresa a Colombia a buscar rastros de su familia biológica y una mujer que lo ha adoptado y que también ha recorrido un camino para volverse madre. Pero también hay otra voz que no está ahí. Me interesaba, sobre todo, trabajar en ese otro agujero negro que es todo lo que no está.

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El jurado también consideró su trabajo como columnista. ¿Qué busca en el lector del periódico con lo que escribe en ese medio?

Ahora hay muchas más mujeres escribiendo columnas, pero cuando empecé a escribir trataba de encontrar una perspectiva distinta a la de los columnistas de entonces (esos llamados “líderes de opinión”, casi todos varones, que solían ser muy predecibles y que hablaban de “política” como ese viejo juego de poder). Me situé como una ciudadana que miraba las políticas públicas desde la perspectiva de tantos ciudadanos que no tienen un lugar de poder, ni aspiran a tenerlo, y que ejercía una ciudadanía crítica haciendo preguntas, sin posturas fijas, para no perder matices, para leer los hechos, que es lo que a mí me interesa.

Debo decir que en el medio en que escribo nunca me han tocado las columnas ni he sentido censura, pero este sí es un momento muy difícil, creo que están pasando cosas muy complicadas con la prensa y que la crítica no está siendo bien recibida.

¿Cómo ha sido el ejercicio de escribir literatura infantil y al tiempo hacer un proyecto de animación a la lectura a través de una librería y un jardín infantil?

Empecé a escribir para niños mientras trabajaba en la Fundación Rafael Pombo. De ahí salió Espantapájaros, viendo con infinito asombro cómo los niños son lectores críticos sensibles. Al tiempo descubrí autores como Roald Dahl y Maurice Sendak, y comencé a dar clases sobre cómo se leía en la infancia. De todo esto salió esa doble mirada. Espantapájaros ha sido una fuente de asombro permanente, un observatorio para ver a los niños y acompañarlos mientras ellos también me acompañan a mí a escribir y a mirar la educación en Colombia, así como a la formación de maestros en lectura y literatura, porque siento que es algo que la universidad no termina de hacer o no ha sabido cómo hacer.

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Ahora con la pandemia he descubierto que Espantapájaros me da la adrenalina que necesito. No sé cómo sería yo sin esa doble mirada desde lo real: desde esa pequeña librería y desde esos niños que leen y que veo crecer. Sobre eso sigo escribiendo: el año entrante sale un libro de ensayos que, de nuevo, muestra mi conversación con la infancia desde la poética de la primera infancia.

¿Cómo una persona que se piensa desde las palabras, desde lo humano, ve la experiencia de la pandemia para una sociedad y para una infancia que crecerá con ese antecedente?

Ahí no termino de tener un pensamiento definitivo y eso me parece que también es importante. Hay muchas cosas que vamos a decantar con el tiempo, pues a veces cuando las cosas están tan cerca no podemos ver bien y hay que preguntarse qué recordaremos y qué recordarán los niños a la vuelta de tres años. Sin embargo, espero que recordemos algo de la vulnerabilidad y de esa manera de estar unidos como humanidad por algo, que es precisamente el reconocimiento de que somos inmensamente vulnerables.

En este tiempo me han parecido más necesarias que nunca las palabras y las historias. Estas han sido un lugar de encuentro, un lugar simbólico para decir cosas, espacios en los que no se habla de que ‘todo va a estar bien’, sino de la complejidad que es atravesar por esto. Ahí vuelven la literatura y el arte con toda esa fuerza para crear ese escenario donde es posible no ser perfectos y hablar en la lengua del arte y de las emociones.

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