Edgardo Rodríguez Juliá

“Mi trayectoria: ir logrando levedad en la escritura”

Hoy se entrega el IV Premio León de Greiff al Mérito Literario al escritor puertorriqueño Edgardo Rodríguez Juliá, durante la Fiesta del Libro de Medellín. Un reconocimiento a su vida y obra como cuentista y novelista.

Edgardo Rodríguez Juliá ha publicado siete novelas, un libro de relatos y catorce libros de crónicas y ensayos. / Cortesía

“En su obra están todas las señas de la identidad del Caribe. Se ocupa de fenómenos tan interesantes y disímiles como el béisbol y la natación; las fondas de Puerto Rico, y la política con perfiles inolvidables como el de Fidel Castro y el de Luis Muñoz Marín”. Así se refirió Sergio Ramírez Mercado, presidente del jurado del Premio León de Greiff al Mérito Literario 2019, a la trayectoria del puertorriqueño Edgardo Rodríguez Juliá, de 72 años, quien recibe hoy este reconocimiento en el auditorio Parque Explora.

Rodríguez Juliá, quien describe el lugar donde se sienta a escribir como un espacio sencillo compuesto por un escritorio, lapiceros, un computador, retratos de familia y algunos grabados que aprecia, revela, además, que tiene como autores de cabecera a Anton Chéjov, Thomas Hardy, José I. de Diego Padró, Hugo Gutiérrez Vega y Czeslaw Milosz.

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¿Qué autores anda leyendo por estos días?

La novela “Stoner”, de John Williams, las memorias de Ernst Junger y “Largo pétalo de mar”, de Isabel Allende.

¿Cuál es su lugar favorito de Puerto Rico?

Son dos: mi casa de campo en las montañas y mi apartamiento de Miramar, con vista a la laguna del Condado y el océano Atlántico.

Como lo que nos convoca es León de Greiff, me gustaría que me contara sobre ese castellano añejo que usó en sus novelas sobre el siglo XVIII, pues, al igual que De Greiff, que inventaba palabras, ambos les dan un toque muy personal a los textos.

Pienso que eso es algo muy de la cultura de la cuenca caribeña. Lo mismo se ve en Lezama Lima, también en un poeta puertorriqueño como Luis Palés Matos. Somos arcaizantes y a la vez muy dados a recoger influencias de otras lenguas, como ocurre en el spanglish. José I. de Diego Padró, novelista puertorriqueño, también fue muy pródigo en esto de escribir desde lo más antiguo y a la vez tener cierto gusto por el neologismo y la excentricidad lingüística.

¿Qué significa para su trayectoria literaria ganar el Premio León de Greiff al Mérito Literario?

Mucho, sobre todo porque visualizo a don León como un escritor idiosincrático y algo excéntrico, como yo. Me he ganado distinciones en la juventud, la madurez y ahora en la infancia de mi vejez. No me quejo. Estoy contento.

En varios artículos sobre su trabajo usted enfatiza que los cambios de su país, su realidad política y social, impregnan su obra. ¿Qué acontecimiento o qué momento de su vida marcó esa ruta en la escritura?

Había estado escribiendo novelas histórico-míticas sobre el siglo XVIII puertorriqueño, un poco a la manera totalizadora de las novelas del Boom. Me di cuenta de que esa escritura había llegado a un callejón sin salida. Fue de esta manera que fui a la crónica como una especie de forma novedosa para testimoniar los tiempos cambiantes. Era un género fronterizo entre el ensayo, el reportaje y los géneros narrativos. Fue entonces cuando escribí Las tribulaciones de Jonás, semblanza de Luis Muñoz Marín y una crónica de su entierro.

Teniendo en cuenta que su tío abuelo fue Ramón Juliá Marín y que su padre era un lector de historia, ¿qué aspectos de su niñez alimentaron su gusto por la escritura y la lectura?

Sin duda fue alimentado por la Enciclopedia Británica de mi padre y los cuentos de la familia sobre ese tío abuelo novelista, bohemio y que murió prematuramente a los treinta y pico de años. Recientemente me he dado a la tarea de reescribir unos cuentos que Ramón dejó iniciados, apenas unos bocetos, posiblemente para elaboración como novelas. De todos modos, fue un novelista notable que nos dejó dos importantes crónicas del llamado “cambio de soberanía” a principios del siglo XX. Esas dos novelas son Tierra adentro y La gleba. Mi padre fue un gran lector y me ayudó en los grados con la traducción de Araby, de James Joyce.

Además de ser cronista, usted es novelista y cuentista. ¿Cómo logra oscilar entre la ficción y la no ficción?

A la postre son géneros narrativos que requieren destrezas parecidas de descripción, narración, caracterización. Una buena crónica caracteriza certeramente lo mismo personajes que multitudes, nos cuenta lo que pasó, describe los detalles elocuentes. Lo mismo que el cuentista y el novelista, captamos situaciones dramáticas; en el caso del cronista quizás con menos uso de la sugerencia. Quizás por esto último el arte de la crónica es menor, y el del cuento y la novela, mayor.

¿Qué papel juega la imaginación dentro de su obra, entre la ficción y la no ficción?

Pensé por años que me había mudado de la imaginación novelística a la observación cronística. Hoy pienso que mi imaginación se ha transformado con lo vivido y testimoniado. La observación de lo social cada vez resulta más matizada por una renuencia a explicarlo o comentarlo todo, como pasaba en mis primeras crónicas. Es decir, mis crónicas están cada vez más marcadas por esa oblicuidad necesaria en el cuento y la novela.

En algunas ocasiones usted ha hablado sobre la textura en sus textos.

Empecé con una escritura muy barroca, densa. Mi trayectoria ha sido la de ir logrando mayor levedad en la escritura, sin perder ese regusto por la frase sensorial, las cláusulas largas y elegantes, las sorpresas expresivas que muchas veces acentúo con la cursiva. En el trabajo periodístico aprendí a ser más económico con la escritura. En las novelas y los cuentos soy hasta autoindulgente con la expresividad, tanto de la voz narrativa como de las voces de eso que llamamos oralidad.

Después de tantos años de experiencia en crónica, ¿cuál sería la caja de herramientas básica para quien se dedique a este género periodístico?

Diría que capacidad narrativa, reflexión para comentar certeramente el significado de lo narrado, disciplina para la escritura, o sea, tratar de que no sobren palabras, capacidad para la descripción, saber buscar los acontecimientos de la calle que estén llenos de significado social y humano, saber describir a la gente mediante el arte de la semblanza, mientras más recortada y al grano, mejor, siempre evitando la caricatura.

Alguna vez dijo que la literatura puertorriqueña era pesimista, pero que en la generación de los 70 un grupo de autores, entre los que estaba usted, se dieron a la tarea de contar otra cara de su país desde la cultura popular.

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La generación de los setenta estrenó una manera nueva de enfocar el problema de la identidad puertorriqueña. Inauguramos cierta manera que incluía el humor, la ironía, restándole tanta gravedad al planteo de nuestra identidad oscilante entre el Norte y Latinoamérica. Escribimos sobre el mundo suburbano, estuvimos más atentos a nuestra caribeñidad, quisimos ser testigos de los tiempos de transformación. En este grupo se destacan ya magníficas escritoras, como Rosario Ferré, Magali García Ramis y Ana Lydia Vega.

El tema migratorio ha estado presente en su obra y es uno de los aspectos que golpean fuertemente la realidad latinoamericana. ¿Qué consejos da para abordar estás realidades?

He escrito sobre la experiencia migratoria. A mediados de los ochenta intenté escribir una crónica sobre la comunidad puertorriqueña de Nueva York a través de su Desfile Puertorriqueño. Me di cuenta de que no podía escribirla, que era un turista en una experiencia enorme, desgarradora. Apenas había estado en Nueva York, ocupado con visitas y entrevistas. Escribí una crónica para The Village Voice que terminó siendo una especie de metáfora. No pude escribir lo que quise. Mi consejo es compenetración máxima y empatía con alguna comunidad migratoria. Todavía conservo los apuntes de esa crónica fracasada. Para escribir bien hay que conocer el tema, y a fondo. Lo otro es la pretensión de los curas católicos al querer pontificar sobre el matrimonio.

Por último, ¿qué sigue para usted? ¿Seguirá escribiendo?

Algunas veces pienso que estoy en los últimos cartuchos. Pero no, no creo. Ahora mismo estoy dedicado a convertir mi crónica-memorial-ensayo, que titulé Puertorriqueños, en un semillero de cuentos. Trabajo las anécdotas perfectas de ese libro, las convierto en cuentos. Ahí están las voces y las poses de los personajes; faltan las situaciones dramáticas, matizar los diálogos, las descripciones. Estaré ocupado por el rato que me quede sobre el planeta, no lo dudes.

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Yorley Ruiz

Cultura

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