En Casa E hasta el 9 de marzo

Una metáfora entre el amor y la guerra

“Secuelas” es una adaptación teatral de la comedia romántica “Talley’s Folly”, del dramaturgo Lanford Wilson, Premio Pulitzer en 1980.

Camilo Carvajal y Victoria González interpretan a Matt Friedman y Sally Tally en “Secuelas”. / Cortesía Dteatro

Secuelas: el amor en tiempos de posguerra, es un proyecto que lideró Everett Dixon, profesor de la Universidad del Valle y director de investigación de Teatro Cuatro Mundos. El Anhelo del Salmón y Dteatro Producciones colaboraron con la producción y lograron traerla a la Sala Mayolo en Casa E en una temporada que se inició el pasado 6 de febrero y culminará el próximo 9 de marzo.

Camilo Carvajal y Victoria González se observaban con ojos cómplices. Saben perfectamente que el arte del teatro también está en el misterio que ronda en la mente de los espectadores por saber si la obra se desarrolló conforme se estipuló desde el primer encuentro con el libreto. Everett Dixon, el director, sonríe porque sabe que los actores de su obra, Secuelas, que también fueron sus alumnos hace un par de años, conocen los secretos que un artista no revela para mantener la expectativa y alimentar la curiosidad que se hace fundamental para apreciar y escudriñar el arte.

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En un primer acercamiento surgía la pregunta sobre la dificultad de adaptar un relato al contexto local, pues los referentes históricos de la obra, que originalmente es narrada en Estados Unidos, datan de la Primera y la Segunda Guerra Mundial en Europa y de un pasado que los personajes esconden, pero que aún así los confronta y los acecha. Sin embargo, pese a que la guerra no encierra el argumento central de la narración, sí permite, infortunadamente, servir como un punto de partida que facilita la adaptación del relato: “La obra está escrita en la época de Vietnam. Ocurre durante la Segunda Guerra Mundial. Habla de la Primera Guerra también... del Antiguo Testamento. La obra se presta para adaptarse en cualquier contexto donde hay guerra. Aunque parezca romántica, en el trasfondo es violenta. No solamente por la guerra, sino por el abuso familiar, el racismo, la violencia contra la mujer”, afirma Dixon.

El valor romántico se extravió en los albores del tiempo y esa pérdida irreparable del amor en medio de un contexto bélico fue deshumanizando a la sociedad. El cuestionamiento por una naturalización de la violencia y la multiplicidad de escenarios en los que esta puede mutar y manifestarse es, también, uno de los logros de este trabajo, que nos va absorbiendo entre los traumas de una mujer que se haya reflejada en el clima y en su propio hogar y en un hombre que es el resultado de un pasado turbio que debió heredar.

“No sé si tiene que ver con la naturalización de la violencia que estamos viviendo ahora, pero ahora estamos tan predispuestos que sentimos que si alguien está siendo abierto y sincero es porque también hay algo sospechoso en eso que no puede ser verdad. Es una sensación que genera la obra. Estamos hablando de amor, pero el amor abarca cosas muy grandes y en especial la obra muestra eso. Una mujer que ya no es útil simplemente porque ya no puede tener hijos y es rechazada por su familia. Eso para el personaje es muy fuerte y por eso nos ponemos la cáscara”, menciona Victoria González.

La obra le abre espacio a la sátira como vehículo de crítica y construye una serie de metáforas que todo el tiempo se asoman para sugerirle al espectador cuáles son las secuelas de cada personaje. La confrontación con los ideales conservadores, que redujeron el papel de la mujer a una función reproductiva, y el falso imaginario del hombre, que no puede mostrarse frágil ni puede ceder por sus pasiones y anhelos, se expresa en los rostros de angustia y en la lucha de ambos personajes por romper con esos paradigmas y alzarse valientemente contra aquellas prohibiciones que germinaron en los espíritus cobardes que por años promulgaron que la fuerza estaba en ocultar los padecimientos y no en saberlos enfrentar en aquella realidad que se palpa con gritos y se percibe en las más recónditas confesiones.

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“El trabajo con Everett Dixon tiene un ingrediente que es el tiempo; es decir, en nosotros de alguna manera se da una cosa que es costosa y compleja en todo sentido y es que los procesos se construyen a través del tiempo. Digamos: decir que la obra en este momento está terminada es falso. Justo estamos empezando otra etapa de la construcción. Ese ingrediente tiempo hace que uno vaya creciendo con la obra y que la obra se vaya sembrando en uno. Finalmente lo que ve el espectador es una síntesis de las cosas que fuimos viviendo. Llegamos a esa escenografía porque, por ejemplo, es un ejercicio sintético de lo que nos pasó en los múltiples espacios de trabajo. Ensayamos en mi cuarto, en una bodega de una amiga, en el lago de la Universidad del Valle... Es otro ingrediente y es el hecho de no tener las condiciones propicias que hoy en día el teatro reclama para ejercer su profesionalismo. Se vuelve una manera de jugar, de vivir, de ser felices con el material. Creo, también, que para un espectador ver a un hombre, sea el espectador hombre o mujer, dándolo todo por construir un vínculo de amor, a pesar de sí mismo, de sus secuelas y todo, es una experiencia fascinante, conmovedora, cómica porque somos torpes cuando amamos y eso es importante en un mundo que ha dejado de lado el romanticismo”, afirma Camilo Carvajal, protagonista de Secuelas.

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