Asombros precoces

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Acumulaba nobles, y no tan nobles, ambiciones. Me preguntaba, parada delante de un espejo: “¿Quién soy yo?”. Mientras se resolvía el caso, podía ser muchas cosas: bailarina –por una historia de Noel Streatfeild–, escritora –por Horacio Quiroga–, enfermera –por Candy, la de Kyoko Mizuki–, mujer de la calle –para salir adonde quisiera–, pianista –por puro capricho–, varón –para que no me agobiaran con lo que debía y no podía hacer una niña–. Un deseo persistente era parecerme a la protagonista de unas viñetas que encontré por casualidad en una revista. Había una pirámide de ropa recién planchada, una cocina impecable, con la vajilla colocada en un escurridor de tres pisos, y una niña de cabellera abundante que le decía a una señora: “Mamá, ¿qué te gustaría ser si vivieras?”. Quería averiguar quién era esa muchachita irreverente. Solo tendríamos una pequeña discrepancia: a mí me encantaba la sopa.

¿Y ese nombre, Mafalda? ¿Todas las niñas argentinas tenían nombres así de raros? Mi mayor inquietud –y creo que era la más difícil de resolver– giraba alrededor de la pregunta: “Mamá, ¿qué te gustaría ser si vivieras?”. Esa niña, la tal Mafalda, se había dado cuenta de algo que yo no sabía expresar con palabras. Claro que lo había notado. Por eso cambié mi lucrativo negocio como organizadora de bodas de muñecas por combates clandestinos de lucha libre femenina que emulaban a las fabulosas chicas de la WWF. Todas las amas de casa que conocía pasaban sus días envueltas en las faldas de un tsunami. Si bien mi idea de vivir no había alcanzado una mirada amplia y profunda, esa maratón de ocupaciones sin pausa distaba mucho de lo que podía considerar una vida buena. Y esa niña, la tal Mafalda, no solo lo sabía, se atrevía a decirles a las madres más sacrificadas “que fregar, planchar, cocinar y todo eso... no quiere decir fregarse la vida, plancharse las inquietudes, freírse la personalidad y todo eso”.

Incluí un libro de Mafalda en la lista de útiles para el nuevo año escolar. El libro era más pequeño de lo que imaginaba. Llegó acompañado de cuadernos Oxford, lápices del número 2 y una goma de borrar que olía a fresa. En la cubierta se leía: Mafalda. Encima de la “a” que sigue a la “M”, en letras más pequeñas, decía: Quino. ¿Quién diantres era Quino? No había conocido la historia del tío Joaquín y su lápiz mágico, no sabía que Quino era el que hablaba por boca de esa niña argentina, el que ponía las palabras en las nubes que flotaban sobre su cabeza. “(…) Cuando empecé a dibujarla, pensé en Mayo del 68 y dije: tiene que ser una nena. ¿Y una nena que hiciera qué? Mafalda tenía que preguntar lo mismo que yo me sigo preguntando cuando veo las noticias: ¿Por qué siguen destruyendo el planeta? Pero además, siempre lo he dicho, las nenas son más despiertas que los varones”. De manera que Quino era Mafalda. Él era todas las voces de su mundo. La voz de los asombros precoces.

Aristóteles decía que el asombro y la duda nos mueven a filosofar. Si los niños son grandes filósofos es porque su capacidad para la sorpresa no ha sido asfixiada por la desidia. Quino le contó a Agustina Rabaini que una noche, mientras sus padres iban al cine, él y sus dos hermanos se quedaron con su tío Joaquín. El tío Joaquín empezó a dibujar sobre una hoja de papel. Montañas, mujeres, árboles, casas, caballos. Al más pequeño de los tres niños le pareció increíble lo que se podía hacer usando un palito de madera con punta de carbón de leña: “Con esto uno puede crear lo que se le dé la gana; debe ser una manera de ser Dios”. Esa noche, el asombro besó la frente del pequeño Quino.

sorayda.peguero@gmail.com

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