Bienvenidos a Bogotá

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Luego de una larga travesía, la Minga llegó a Bogotá. El contraste entre los brazos abiertos de la Alcaldía Mayor y el torpe rechazo por parte del Gobierno Nacional no pudo haber sido más evidente. Pero tristemente es un fiel reflejo de dos visiones opuestas acerca de las luchas indígenas y de la protesta social.

Por décadas las luchas sociales en Colombia han sido duramente golpeadas. Luego de la violenta represión del paro nacional de 1977, el conflicto armado las opacó, mientras la guerra sucia eliminó liderazgos, desarticuló las organizaciones y destrozó los tejidos sociales de las comunidades.

Sin embargo, en medio de la adversidad, a partir de los años noventa los indígenas del Cauca, liderados por el pueblo Nasa, iniciaron las marchas y tomas pacíficas de la Vía Panamericana, pidiendo que los gobiernos de turno cumplan con lo que se habían comprometido, nada más. Según el CRIC los incumplimientos gubernamentales datan de 1989. Desde ese entonces, todos los gobiernos - Barco, Gaviria, Samper, Pastrana, Uribe y Santos - les tocó sentarse con ellos y cada uno les prometió que ahora sí cumplirían e incluso agregaron nuevas promesas. El propio Uribe se comprometió en 2005 con la adquisición de 8.000 hectáreas y al no cumplir, en 2008 le organizaron una de las más grandes Mingas de todos los tiempos, en la cual aproximadamente 50.000 indígenas y aliados cubrieron 120 kilómetros entre Santander de Quilichao y Cali, obligándolo a reunirse con ellos en Piendamó, Cauca.

Hace rato, la Minga dejó de ser exclusivamente de los indígenas, empezando por el término mismo - que se refiere a un trabajo colectivo que realiza una comunidad para lograr un objetivo común - cuyo uso se ha extendido a muchos ámbitos sociales. También ha inspirado experiencias semejantes como la Tonga de los afrodescendientes. Pero el principal valor de la Minga es que su valentía por reivindicar el derecho a la protesta pacífica - mas no pasiva ni sumisa -, su forma de organización colectiva y sobretodo la justeza de su causa, han servido de faro de esperanza y motivación para el conjunto de movimientos sociales.

En los últimos años se ha venido gestando, quizá como resultado indirecto del proceso de paz, una nueva ola de movilización social: el paro agrario de 2013, gracias al cual se incluyó el punto uno en los acuerdos de La Habana; el movimiento estudiantil de la MANE en 2015, que logró que el gobierno retirara su reforma inconsulta; de nuevo los estudiantes en 2018 que obligaron a Duque a negociar con ellos; y por supuesto, el 21-N y los días posteriores del año pasado, la más grande expresión de inconformidad generalizada de amplios sectores de la sociedad colombiana, cuya magnitud y duración sorprendieron a los propios convocantes y desconcertaron a un gobierno ya de por sí bastante desconcertado.

Se trata de procesos que hacen parte de tendencias mundiales. Sin duda, las luchas de las mujeres en Argentina y los jóvenes en Chile sirvieron de motivación para las marchas del año pasado en Colombia. Fue un momento en el cual simultáneamente se realizaban protestas en lugares con realidades totalmente diferentes - Chile, Bolivia, Hong Kong, Líbano, Iraq - y, debido a la conectividad planetaria, imágenes y videos de luchas muy distintas se inspiraban y se retroalimentaban entre sí. Este año, tras el asesinato de George Floyd en Estados Unidos, Black LIves Matter se extendió a muchos países del mundo y se desataron manifestaciones en Reino Unido, Francia y Brasil, entre otros. Los trágicos eventos de 9 y 10 de septiembre pasado en Bogotá, provocados por el brutal homicidio de Javier Ordóñez, tienen sus paralelos con lo que sucede en otras latitudes.

Los motivos que generaron la inconformidad del año pasado, así como las injusticias y los incumplimientos históricos, siguen latentes y se han exacerbado por la pandemia y la crisis económica actual. La respuesta del gobierno Duque de negarse a atender los reclamos de la Minga, de desconocer el derecho a la protesta social y de acudir a la estigmatización no es más que la repetición del mismo libreto del pasado de criminalizar la protesta social, que no sólo no intenta resolver los asuntos de fondo, sino que peligrosamente incita más descontento. Menos mal, nuestra Alcaldesa sí conoce la Constitución de 1991 y aprecia las garantías propias de la democracia.

Mañana, el 21-O, la Minga estará acompañada por trabajadores, estudiantes, mujeres, campesinos, afrodescendientes, pescadores, vendedores ambulantes, micro y pequeños empresarios y ciudadanos del común, que de múltiples maneras vienen trabajando mancomunadamente para transformar de manera pacífica la dura realidad de millones de colombianos y colombianas. ¡Bienvenidos a Bogotá!

danielgarciapena@hotmail.com

*profesor de la Universidad Nacional de Colombia y Director de Planeta Paz

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