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La plata embolatada de la reconstrucción

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Luego de una fuerte presión ciudadana, 68 días después del 10 de agosto, Ana Lucía Pineda entregó un reporte sobre las donaciones que recibió su fundación, Colombia Luz y Sonrisas, para los afectados por el terremoto.

No tiene presentación que funcionarios del gobierno hayan invitado a hacer donaciones a la fundación de la esposa del presidente (en vez de hacerlo a la Cruz Roja, por ejemplo), pero ya en campaña Abelardo de la Espriella había dicho que para él la ética nada tiene que ver con el derecho, así que en este caso la mujer del César sí se parece al César.

El informe indica que hasta el 13 de octubre recaudó $54.589 millones, el 81 % procedente del grupo Gilinski, para colegios y hospitales en Cali. El 16 de agosto, Gilisnki anunció que donaría $150.000 millones y no $44.218 millones. ¿Los otros $105.782 millones llegarán por una ruta distinta a esa fundación? ¿entrarán después?

Si se descuentan los aportes de Gilinski, quedan $10.372 millones, pero hay que restar los gastos administrativos de la fundación. Según El Espectador, la primera versión del informe decía que sumaban $43 millones, pero luego modificaron la cifra a $11,9 millones.

La Fundación tiene entonces poco más de $10.300 millones para “libre destinación”. ¿En qué los van a gastar? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Con qué criterio definen eso?

El último reporte de la UNGRD indica que hay 490.000 damnificados por el terremoto, 207.899 viviendas averiadas y 36.478 viviendas destruidas. Ahí es donde las cuentas no cuadran: lo que tiene la fundación alcanza, si acaso, para la propina.

Estamos distraídos preguntando ¿dónde están las donaciones? cuando la pregunta clave es ¿dónde está la Presidencia? En todas las catástrofes, el monto de las donaciones es marginal y el gasto grande lo hace el gobierno nacional. Luego del terremoto de 1999, el Forec ejecutó $1,7 billones, de los cuales apenas el 1 % vino de donaciones y cooperación internacional. La cuenta principal la pagó la Presidencia con créditos externos y recursos propios, y para cubrir ese gasto subió el impuesto bancario del 1 al 2 por mil.

El gerente del Fondo Milagro dijo la semana pasada ante el Congreso que empieza con $624.000 millones de un crédito con la banca multilateral. $624.000 millones es una chichigua frente a lo que se necesita. La ONU estimó los daños físicos directos de este terremoto en $42,1 billones. Tan solo para reconstruir Pereira (sin incluir los demás municipios de Risaralda) se habla de $12 billones y para Caldas de $4,5 billones. El discurso abelardista repite que el gobierno Petro dejó las arcas vacías y el ministro de Hacienda insiste en que no habrá más impuestos. ¿Y entonces? ¿Nos sentamos a esperar un milagro como el de la multiplicación de los panes y los peces? No hay plata, pero en la “Gran velatón oración por Colombia” en la Plaza de Bolívar de Bogotá por las víctimas del terremoto Mincultura gastó $326 millones y en su primer mes de mandato ADLE gastó $2.286 millones en 219 vuelos, la mayoría de menos de 10 minutos.

Según Fasecolda, van casi 100.000 reclamaciones y las aseguradoras pagarán $6,5 billones. Esta plata, más lo del Fondo Milagro, más la ñapita de la fundación de la primera dama, no representan ni la quinta parte de lo que cuesta la reconstrucción.

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A los gobernadores y alcaldes de las zonas afectadas les están ofreciendo, como gran gabela, aumentar sus cupos de endeudamiento: municipios de sexta categoría endeudándose para reparar sus daños, o Risaralda, cuyo gobernador dijo que en este segundo semestre prevé un desplome en el recaudo de impuestos por más de $50.000 millones.

La reconstrucción tomará tiempo y no se necesita que ya esté toda la plata en caja. Pero sí urge que el gobierno nacional defina montos y fuentes de financiación. La incertidumbre paraliza y donde algunos esperan milagros otros vemos que el milagro consiste en ganar indulgencias con padrenuestros ajenos: inaugurar viviendas que donan constructores privados y anunciar inversiones a costa del sobreendeudamiento local para la próxima década.

Por Adriana Villegas Botero

Periodista, abogada y doctora en literatura. Autora de los libros ‘El oído miope’, ‘El lugar de todos los muertos’ y ‘Sakas’. Profesora en la Universidad de Manizales. Ha recibido tres veces el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar.
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