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El miércoles 28 de octubre, recién llegado a Miami, Flávio Bolsonaro publicó la misma carta tres veces en un solo día. En la primera se presentaba como «el verdadero presidente electo de Brasil», bajo un escudo que decía «Estados Unidos do Brazil», con zeta. En la última ya era solo «el líder de Brasil». Entre una versión y otra, su propio partido, y veintiséis más, habían reconocido la victoria de Lula. Lula ganó por 4,4 millones de votos. Un hombre que reescribe su derrota tres veces en una tarde es un documento: deja ver lo que pasa dentro de un líder cuando le toca perder.
No creo que la democracia la sostenga quien gana. La sostiene el que pierde. Conceder no es una formalidad: es el rito que convierte un número en legitimidad. Al Gore lo entendió en diciembre de 2000, tras cinco semanas de recuentos y una sentencia de cinco votos contra cuatro en su contra: «Aunque discrepo profundamente de la decisión de la Corte, la acepto. Acepto el carácter definitivo de este resultado… Por el bien de nuestra unidad como pueblo y de la fuerza de nuestra democracia, ofrezco mi concesión». Gore perdió Florida por 537 votos. Es algo que Donald Trump no logró hacer cuando perdió contra Joe Biden. Flávio perdió por cuatro millones y no encontró la frase.
En muchos años en mesas de negociación, aprendí que los conflictos no terminan cuando alguien gana, sino cuando quien pierde encuentra una salida digna. En Brasil se la construyeron. La noche del 25, el presidente del Tribunal Electoral, un magistrado que su padre había llevado a la Corte Suprema, lo llamó para informarle del resultado. Cuatro aliados cercanos, el gobernador de São Paulo entre ellos, le pidieron que reconociera y llamara a Lula. Tenía el rito servido. Lo rechazó, y dos días después salió del país por la frontera con Argentina. Sin el rito, la elección no cierra el conflicto sino que lo alimenta. Y la mitad del país que votó por él queda fuera del pacto, porque su líder no quiso entrar.
Colombia conoce ese momento. En junio, Iván Cepeda tardó tres días y lo dijo con una denuncia en la boca, pero lo dijo: «He decidido aceptar el resultado… Abelardo de la Espriella es el nuevo presidente de la República». Había perdido por 250.000 votos, menos del 1 %. Nadie le enseña a perder a un líder que nunca ha tenido que hacerlo. Y quien no sabe perder enseña a su gente que perder es humillación y no información. Lo veo también en las empresas: quien no puede permitirse una decisión equivocada no es más fuerte, sino menos libre; lo gobierna el miedo a dejar de ser alguien. Conceder es el acto más soberano que existe, porque es el único que nadie puede obligarte a hacer.