
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
«¿Rabia? ¿Por qué cree usted que no deberíamos tenerla? Aquí está su bonita Milán. Con saludos de las periferias». Lo dijo el sábado un manifestante a un periodista, mientras la plaza del Duomo de la capital económica de Italia se llenaba de gases lacrimógenos. Una marcha contra el costo de vida terminó en enfrentamientos y unos 50 retenidos, casi la mitad menores de edad. El mismo día, en Francia, más de medio millón de personas, con los estudiantes de bachillerato a la cabeza, protestaron contra el costo de la vida y el deterioro de la escuela pública. La jornada terminó con un manifestante muerto y cerca de 1.800 detenidos.
Es fácil despachar todo como vandalismo. Pero la violencia rara vez es el mensaje; casi siempre es el síntoma. Martin Luther King, que la rechazaba, la llamó en 1967 «el lenguaje de los que no son escuchados». En 1968, los jóvenes de París escribían en los muros «la imaginación al poder». Hoy los liceales franceses escriben «sin futuro, no habrá calma». Según Ipsos, el 84 % de los jóvenes franceses cree que le costará más encontrar trabajo que a las generaciones anteriores.
Como antropólogo, me llamó la atención un detalle. En Milán no saquearon las tiendas de lujo, sino Nike y Foot Locker. Muchos muchachos, en su primera marcha, se grababan para TikTok frente a las llamas. Arnold van Gennep describió los ritos de paso en tres tiempos: la separación, el umbral y el regreso a la comunidad con un nuevo estatus. Lo del sábado se parece a una iniciación al revés: hay prueba de valor, hay grupo de pares y hay un video que certifica la hazaña. Falta el regreso, porque al otro lado del umbral nadie los espera. Ni un empleo estable, ni una vivienda posible, ni, para muchos hijos de inmigrantes, una ciudadanía plena.
Colombia conoce esta historia. Durante el paro de 2021, una encuesta de la Universidad del Rosario encontró que el 84 % de los jóvenes se sentía representado por las protestas. En las comunas de Medellín aprendí que los muchachos que entraban a los combos rara vez buscaban solo plata. Buscaban ser vistos, contar para alguien. A finales de 2025, según el DANE, uno de cada cinco jóvenes colombianos entre 15 y 28 años no estudiaba ni trabajaba.
Nada justifica una piedra contra un policía, que muchas veces también viene de un barrio popular. Pero Hannah Arendt enseñó que la violencia aparece donde se debilita el poder, es decir, la capacidad de actuar juntos. Si la única respuesta es más antidisturbios, curaremos el síntoma y dejaremos intacta la enfermedad. Hace falta reconstruir el umbral: adultos, lugares e instituciones capaces de acompañar a estos jóvenes al otro lado y de decirles que allí hay un lugar para ellos. Si no, seguirán buscando su iniciación donde la encuentren: frente a una vitrina rota, con el celular en la mano.