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Durante la última semana, a muchos nos han conmovido las imágenes de miles de personas que, después del terremoto, han salido a buscar personas, recoger escombros y ayudar a sus vecinos, a punta de balde y corazón. Nos han conmovido también las cientos de organizaciones comunitarias que están cocinando, haciendo mercados, cuidando, entregando ayudas y reconstruyendo, en medio de la tragedia.
Esta es una imagen muy colombiana. Una que hemos visto una y otra vez, sobre todo en los lugares más olvidados del país: cuando el Estado no está, la comunidad responde. Una lideresa comunitaria a quien admiro me lo dijo hace unos años de una manera muy clara: “¿Quién ha estado donde el Estado no ha estado? Nosotros. Las comunidades”.
Así se construyó Macondo en el realismo mágico de García Márquez. Así se construyeron los barrios periféricos de nuestras ciudades. Así sobreviven hoy pueblos enteros de departamentos como el Chocó.
Esta labor comunitaria, muchas veces invisibilizada en los medios, dejada a un lado en los presupuestos, y desconocida en los relatos oficiales de construcción de nuestro país, debe ser reconocida. Pero, más importante aún, debe ser complementada. El terremoto es un llamado para que el Estado haga y el mercado entre. Porque solo, ningún sector va a poder reconstruir lo que hay que reconstruir.
Hasta el momento, la respuesta del gobierno ha sido relativamente rápida, pese a un par de hechos desafortunados (vacaciones en Santa Marta, balones de fútbol). Pero ahora viene lo más difícil: reconstruir. De manera rápida. De manera digna. De manera eficiente. Con la norma sismorresistente. Y sin robar.
El Estado colombiano (no solo De la Espriella) tendrá que demostrar que es capaz de hacer, de convertir los recursos públicos en escuelas, hospitales, viviendas y carreteras. Y nosotros, la comunidad (organizaciones y ciudadanos), tendremos que demostrar que vigilaremos y demandaremos, que no vamos a dejar que las escuelas se construyan con lo que sobra. Que no vamos a dejar que las matas crezcan sobre edificios en ruinas porque la obra se quedó en una valla. Que no vamos a dejar que los recursos destinados a las víctimas terminen en los bolsillos de contratistas corruptos. Y que no vamos a aceptar que un departamento entero como el Chocó vuelva a ser dejado atrás, esperando que su comunidad responda y mire cómo sobrevive, ante un Estado y una sociedad que han mirado hacia otro lado durante 200 años de República.
Que la solidaridad de los primeros días no termine convirtiéndose en la excusa para la ausencia de los siguientes años.
