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Encontré en la Play Store una aplicación que nos recuerda, cinco veces al día, que vamos a morir. Se llama WeCroak y está diseñada para que sus avisos lleguen, como la muerte, a horas aleatorias y siempre con la misma frase: No olvides que vas a morir. La inspira un dicho butanés: para ser feliz, hay que pensar en la muerte cinco veces al día. No la he instalado.
La idea, en todo caso, es vieja. Cicerón, que la tomó del Fedón, escribió que filosofar no es otra cosa que prepararse para morir, y Montaigne hizo de la frase el título de uno de sus primeros ensayos: «Que filosofar es aprender a morir». En este sugiere que debemos quitarle a la muerte su extrañeza: «Frecuentémosla, acostumbrémonos a ella. No tengamos nada tan a menudo en la cabeza como la muerte». Para Montaigne, este era un entrenamiento, el mismo de WeCroak pero sin celular: frecuentarla hasta volverla familiar, para que no nos tome por sorpresa cuando llegue en persona.
Después llegó la práctica. Durante las guerras de religión, cerca de su casa, Montaigne —el único santo de mi devoción— iba en un caballo pequeño y manso cuando un criado fornido, por lucirse o por apuro, echó a galope por el mismo sendero un caballo de boca dura. Se le vino encima como un coloso sobre el hombrecito y el caballito. Quedó tendido diez o doce pasos más allá, «sin movimiento ni sentimiento, como un tronco». Fue el único desmayo de su vida, y refiere que aquel trance se parecía al de quien se va quedando dormido, sin angustia, con la vida sostenida apenas en la punta de los labios.
El hombre que había ensayado su muerte durante años descubrió que la función no se parecía al ensayo. Era más suave y era, sobre todo, otra cosa. El inventor del ensayo tropezó con lo único que no se deja ensayar.
Quince años después, en 1585, la peste llegó a sus tierras y Montaigne anduvo con su familia de casa en casa, rechazado por amigos que temían el contagio. En su ensayo «De la fisonomía» habla el hombre que vio a los campesinos de su comarca morir con una serenidad que ningún filósofo les había enseñado. Y entonces escribe la frase que desarma su título de juventud: «perturbamos la vida con la preocupación por la muerte, y la muerte con la preocupación por la vida». Si no sabemos morir, no importa; la naturaleza nos lo enseñará en el momento. La muerte, remata, es el fin de la vida, pero no su finalidad.
Escribí una tesis sobre Montaigne y durante un buen tiempo quise decidir quién tenía razón: si el joven que ensayaba la muerte o el viejo que desconfiaba del ensayo. Tardé en entender que la contradicción no es un defecto del libro. Es el libro. Lo dice él mismo: «No he hecho más mi libro de lo que mi libro me ha hecho a mí».
Los dos Montaignes, con todo, pensaban en su propia muerte. Lo contrario lo retrata Chantal Maillard en Matar a Platón: «Un hombre es aplastado. En este instante. Ahora». Hay vísceras, metal y tejido, «lo duro con su opuesto formando ideograma».Debajo de los versos corre otra voz, en letra de máquina de escribir, que tuerce la esquina y apura el paso porque se le hace tarde y todavía no ha almorzado. Alrededor del muerto brota la gente que mira, ese cuerpo grande que quiere saber sin sufrir. Una mujer tiembla agarrada del brazo de su acompañante, y él le informa que el sesenta por ciento de los muertos en las carreteras son peatones. Ella se calma enseguida. Ya hay un número, y lo que pasó les pertenece a otros.
Heidegger le dio nombre a ese alivio: el se impersonal. Se muere, muere la gente, muere el vecino; nunca yo. Y aquí WeCroak cae del lado equivocado. Nos habla en segunda persona —vas a morir—, pero es la segunda persona más impersonal que existe: el mismo mensaje, a horas aleatorias, en millones de pantallas. Es la muerte dicha a todo el mundo, es decir, a nadie. Otro número, como el de los peatones.
Maillard aprendió la otra mirada siendo niña. En un quirófano de Bruselas, a mediados del siglo XX, esperaba a que le sacaran las amígdalas. La idea de que la durmieran le pareció intolerable, así que hizo algo que ningún médico le pidió: cerró los ojos y se puso a mirar lo que había detrás de los párpados. Fueron apareciendo figuras geométricas, y las miró hasta que se apagaron. Ella ha contado esa tarde como la primera vez que volteó la mirada hacia adentro.
También conozco los quirófanos. Dos veces he estado frente a la muerte, y dos veces atravesé el famoso túnel hacia una luz blanca, intensa, aséptica: varias manos sobre mi cuerpo, una voz grave que pronunciaba mi nombre. Desperté entre baldosas blancas, con un frío como el que Dante reservó al último círculo del infierno. No era el cielo ni el infierno; era la sala de recuperación y la sensación de recibir otra vez un préstamo, aunque con alto interés. Reconozco ahí la dulzura del Montaigne caído del caballo: aquello fue suave porque estaba vacío. No había un más allá, solo memoria. Lo difícil vino después, con las cicatrices, las renuncias y las pérdidas: fue más doloroso, pero salí más instruido, porque en varias cosas ya era otro.
¿Qué enseña entonces la muerte? No a morir. En eso el viejo Montaigne me convence: para ello basta la naturaleza, que ha graduado sin excepción a todos sus estudiantes. Lo que enseña no llega por notificación ni por estadística; se aprende mirando hacia adentro, como la niña de Bruselas. En el ensayo de juventud hay una frase que no encaja del todo, y que leo como la semilla del Montaigne viejo, sembrada antes de tiempo: quiere que la muerte lo encuentre plantando sus coles, despreocupado de ella, y más aún de su jardín imperfecto.
La muerte no enseña a morir. Enseña que el jardín va a quedar imperfecto, y que hay que sembrarlo igual.
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eudoro(79178)•Hace 7 horasBuena crónica Andrés. En la antigua Roma, los esclavos le decían con harta frecuencia a los emperadores y generales henchidos de gloria, cuando regresaban victoriosos de las jornadas épicas que no olvidaran eran mortales. A su turno, Flaubert en Egipto sentenció que nacemos y empezaba la degradación y la muerte.
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Juan(cnp52)•Hace 9 horasAtenas, hablas mas de la cuenta, incluso para mencionar tus poderosas razones medicas personales.
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Emilie Teste(dv608)•Hace 11 horasImposible no pensar en Epicteto: “No digas nunca de nada «lo he perdido», sino «lo he devuelto». ¿Se te ha muerto el hijo? Lo has devuelto. ¿Se te ha muerto la mujer? La has devuelto. «Me han quitado la finca.» Pues también la has devuelto. «Pero el que me la ha quitado es un malvado.» ¿Y a ti qué te importa por medio de quién te la reclama el que te la dio? Mientras te la deje, cuídala como algo ajeno, como cuidan los viajeros la posada.” (Enquiridión, 11)
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Andrés C.(50037)•Hace 5 horasExcelente pasaje de Epicteto y muy pertinente.
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Emilie Teste(dv608)•Hace 11 horasAsí, cuando llegue la muerte de los que queremos, tenemos en ese momento o la nuestra propia, no se nos ha arrebatado algo, ha llegado, lo que inevitablemente ha de llegar, la muerte.
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Atenas(06773)•Hace 12 horasPor poderosas razones médicas personales q’ no viene al caso contarlas aquí y más con el viso de angustia o de perplejidad q’ genera la temida muerte, solo me limito a expresar lo q’ a mi juicio es: la necesaria u obvia culminación de un ciclo q’ c/quien, a su manera, sabrá con qué música adornarla. Atenas
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Felipe(94028)•Hace 12 horasCuando nos parió nuestra mamá nos regaló lo único que recibimos gratis: Tiempo. Después, la misma mamá nos dice que el tiempo es oro, o que no perdamos el tiempo. La vida es tiempo y sin vida no hay tiempo, porque nadie pudo demostrar jamás que haya otra vida tras la muerte. O sea, todo es provisional y no tiene ninguna trascendencia lo que somos, sino lo que hacemos..
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Alvaro(43818)•Hace 13 horasExcelente escrito.
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leunamuno(9808)•Hace 14 horasLa muerte no es más que el regreso al no ser.
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Sociólogo(67811)•Hace 14 horasFormidable!
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Gines de Pasamonte(86371)•Hace 14 horas¿García Márquez o Epicuro? El tema de la muerte domina toda la obra narrativa de Gabo, decía que el antídoto contra la muerte era escribir mucho. Epicuro afirmaba: "La muerte no es nada para nosotros: mientras vivimos, no existe; cuando está presente, nosotros ya no estamos". ¡Gabo abogaba por la muerte de un infarto fulminante! ¿La mejor muerte? ¡Cuando el avión explota! No hay dolor, no hay novenario ni las aburridas honras fúnebres y luego…, ¡llega un cheque jugoso a la familia del difunto!
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Luis Belmonte(50037)•Hace 12 horasGracias, Gines, Epicuro es muy importante en este asunto. Montaigne se acercó a él mediante el De rerum natura, de Lucrecio, en la edición de Lambin (París, 1563) y mediante el libro X de Diógenes Laercio. El Montaigne maduro que escribió el libro III quizás es más epicúreo que estoico.
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