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Las aguas han hecho su presencia húmeda y yerta en estos días de comienzos de octubre. En la noche acompañan el sueño y al amanecer se lanzan descaradamente sobre los pocos caminantes que no pueden llegar tarde al trabajo. Los paraguas deambulan para sembrar de colores el pavimento yerto.
Es el invierno en el trópico. Porque aquí no hay sino dos estaciones que se reparten el año de modo caprichoso. Y no solo el año, sino los mismos días, pues en 24 horas se puede presentar toda la gama de climas que en otras latitudes guardan una disciplina rigurosa.
Seguramente de esta anarquía del cielo proviene el desorden del genio y del temperamento de los habitantes locales. En los países con las cuatro estaciones las gentes atraviesan otras tantas vidas y cada año repiten los mismos ciclos e idénticos cambios de indumentaria y de costumbres.
Las aguas, los soles, el calor y el frío marcan la versatilidad e inconsistencia del modo de ser capitalino en Colombia. Por eso somos volubles, impredecibles, ni siquiera nosotros mismos logramos descifrar nuestras alegrías y nuestras furias. Podría decirse que esta raza es una rareza.
Por la mañana nos levantamos con un sabor agrio en la boca, sin que nadie logre adivinar de dónde viene esa irritación. El día transcurre en altibajos. Agachamos la cabeza ante los jefes del trabajo, celebramos risas con los amigos, y en la noche llegamos a la casa con una ambivalencia. Los bebés son el consuelo, mientras las esposas representan el pararrayos.
El transcurso de la jornada está signado por el cielo. Si de allá caen las lluvias, el genio se irrita. Si más bien es el sol el que abriga, puede cundir el entusiasmo. De esta manera todos somos títeres del clima y en secreto nos revelamos contra esta fuerza que nos supera y apabulla.
Lo cierto es que nadie logra pronosticar con éxito cuál será el capricho del día que comienza ni cuales las variaciones y sorpresas que nos aguardan. Esta ignorancia, por supuesto, genera rabia que procuramos mitigar consultando los pronósticos del tiempo. Pero estos vaticinios no consiguen aplacar la ignorancia, pues un día aciertan y al siguiente fallan.
Así pues, las gentes prefieren alzar los ojos y observar el horizonte para intentar salir de dudas por su propio ingenio. De este modo regresan las lluvias y los soles a convertirse en los más seguros augures del tiempo. Y volvemos a orientarnos como los antiguos, mirando hacia arriba.
Este es el tamaño de nuestra tecnología. En el trópico recurrimos a los infalibles astros. En los laboratorios y con sofisticadas máquinas los científicos se esmeran por arrancar un milímetro de luz al misterio de los siglos. Entretanto, en las inmensidades los cuerpos celestes hacen su oficio que es el mismo desde que el mundo es mundo.
Los días y las noches de las actuales zonas lluviosas hacen que los hombres midan mejor la inmensidad de su ignorancia y pongan en su estatura las conquistas de la ciencia.
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Maria Eugenia(56068)•Hace 41 minutosSu columna es una delicia.
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ZULUMAR(56780)•Hace 1 horaDivertida columna que retrata cabalmente el invierno bogotano! Bravo Arturo!