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Cuando todo no sea nada

Arturo Guerrero
25 de septiembre de 2026 – 12:05 a. m.

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Se han multiplicado las advertencias acerca de un próximo fin del mundo. Son alarmantes anuncios sobre la cercanía del acabose de lo que conocemos como la realidad. Incluso hay científicos que quieren morirse antes de que los sorprenda la hecatombe final. Como es su costumbre, la prensa y las redes sociales difunden con entusiasmo estas voces que obviamente aumentan la circulación de sus contenidos.

Solo faltan los fanáticos que se pasen a vivir sobre una columna, igual que los arcaicos penitentes que finalmente se morían sin aprovechar su sacrificio. Nada tendría de raro que aparezcan en las calles nazarenos desarrapados que comiencen a predicar sobre la urgencia de arrepentirse de los pecados para subir derecho al cielo.

El más cercano acicate de esta ola fatídica ha sido, obviamente, la popularidad cobrada por los anuncios sobre la Inteligencia Artificial. Ha costado trabajo que esta última maravilla de los sabios de oriente sea acogida con seriedad y que sus alcances sean apreciados en su justeza científica.

Lo cierto es que las numerosas y larguísimas guerras actuales, la alta contaminación ambiental, los repetidos anuncios del fenómeno del niño o de la niña, las pestes que nunca faltan y las múltiples plagas que no escasean, han sido acicates para las alarmas sobre que ahora sí, por fin, el mundo se va a acabar.

No obstante, existe un argumento que por sí solo desbarata las consejas catastrofistas. Nadie, ningún ser humano ha sido testigo siquiera de una de las características finiseculares. Nadie puede hablar con autoridad sobre alguno de los detalles que se supone caracterizarían los días finales del globo en que flotamos.

Sin testimonios, así sea parciales sobre cómo podría ser el fin del mundo, todo lo que se afirme en torno de este suceso será asumido como ficción o como desvarío de algún profeta loco. A nadie se le ha ocurrido al menos imaginar alguna circunstancia que corresponda con el día o la noche cuando lo que conocemos se hunda en el seno de la nada.

Claro que ha habido ficciones, novelas de escritores inspirados que intentan imaginar el asunto. Uno de los más destacados sería al norteamericano Cormac McCarthy, con su obra “La carretera”. En ella un hombre y su hijo de ocho años caminan por una vía solitaria, precisamente cuando todo se ha acabado… menos esa carretera. La desolación es total, pero al menos existe esa carretera, poblada de nada.

Pareciera que la imaginación tenga que apoyarse en alguna realidad tangible, así sea precaria, para conseguir alguna imagen del fin de todos los fines. De ahí viene la dificultad de pensar en el fin del mundo. “No hay un solo profeta en la larga crónica de la Tierra que no encuentre hoy aquí su razón de ser”, concluye McCarthy su poderosa ficción.

Una cosa es hablar del fin del mundo, otra muy diferente es siquiera atreverse a pensar en el día o la noche cuando todo lo que hoy vemos y escuchamos sea una fantasía y una alucinación.

arturoguerreror@gmail.com

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