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Los millonarios están de moda, o mejor de súper moda. Es difícil recordar una época en la que ser o volverse millonario haya sido tan socialmente apetitoso. Antiguamente estos se veían como una especie de dioses, cuyo cielo era inexpugnable. En un país de pobres, llegar a ser millonario era prácticamente un pecado.
El cielo castigaba a quienes tenían la aspiración de acumular dinero tras dinero. La vida de un campeón financiero o de un vendedor de lujos atentaba contra la humildad del dios hecho carne y finalmente crucificado para redimir a los pobres. Se decía que el exceso de plata era una iniquidad.
Poco a poco esta visión fue cambiando hasta el punto de que hoy quienes están llenos de plata son ostentosos, muestran su colección de carros italianos que generan envidia y se casan con reinas de belleza. Se volvieron `in´ la gran vida, los viajes a donde viven o pasan vacaciones los millonarios de siempre.
¿Cómo se llegó a este cambio? Resulta que los pobres de siempre se cansaron de promesas incumplidas. Desde pequeños les dijeron que si se portaban bien algún día se volverían millonarios. Que bastaba con trabajar y trabajar honradamente. Que había que madrugar a abrir el negocito. En fin, que el sacrificio y la insistencia algún día darían frutos en forma de dinero sin cuenta.
Pasaban los años y las décadas, y lo único que aumentaba eran los sudores. A la par de su obediencia al trabajo arduo y al ahorro de migajas miserables, los pobres del negocito se volvían viejos, sus hijos heredaban las hilachas de las ganancias y nunca se veían los frutos de semejante condena.
Entre tanto, los millonarios se volvieron vanidosos, construyeron palacetes, aceleraban a fondo sus autos que rugen insolentes, mandaron a sus hijos a las universidades norteamericanas inalcanzables. Todo esto disponible a la vista y resentimiento de los menesterosos, que generación tras generación aguardaron en vano.
A continuación, estos ricos comenzaron a interesarse por las posiciones del poder político. Gracias a sus conexiones y a las puertas que abre el dinero, consiguieron alcaldías, gobernaciones, ministerios, presidencias. Probaron las mieles de los aplausos, los fastuosos banquetes, los miles de puestos para ubicar jugosamente a familiares, amigos y copartidarios.
Ser millonario se volvió entonces ser dueño del mundo. Cada posición de poder los fue acercando a la cumbre del poder mismo La población les rindió pleitesía, quedó lejos aquello de la democracia o poder del pueblo. Esto los acercó a épocas medievales, cuando los elegidos no lo eran por haber ganado contiendas políticas sino por estar en la fila de los privilegiados.
La gente del pueblo quiso imitarlos, probar aunque fueran las migajas que cayeran de las mesas del dinero, los puestos, las influencias. Poco a poco abrieron los ojos y para comenzar se antojaron de ser millonarios. En la actualidad estamos en la etapa del anhelo. Es un espejismo, derivado del comportamiento de los verdaderos millonarios, pero por algo se empieza.
