Publicidad

Palabras armadas

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Augusto Trujillo Muñoz
05 de junio de 2026 - 05:00 a. m.
“Los dos candidatos ganadores en primera vuelta pronunciaron discursos en contravía de lo que el país necesita”: Augusto Trujillo Muñoz.
“Los dos candidatos ganadores en primera vuelta pronunciaron discursos en contravía de lo que el país necesita”: Augusto Trujillo Muñoz.
Foto: Richard Alberto León Muñoz
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

El 12 de octubre de 1936, un oscuro militar llamado José Millán-Astray, levantó su único brazo en el paraninfo de la Universidad de Salamanca y gritó: “¡Viva la muerte!”. Algunos historiógrafos dicen que agregó: “¡Muera la inteligencia!”. Honraba, con palabras armadas, su odio a una supuesta conformidad académica con la república española. Años después, el escritor colombiano José Antonio Osorio Lizarazo, tan importante entonces como olvidado hoy, publicó una novela titulada El día del odio. De ella se desprende que 9 de abril de 1948 convirtió a los adversarios en enemigos y nos acostumbró a las palabras armadas.

Miguel de Unamuno, quien era el rector de la universidad, respondió de inmediato: “Acabo de oír el grito de ¡viva la muerte! Eso suena lo mismo que ¡muera la vida!”. Como Cervantes, aquel general era un inválido de guerra. Pero Unamuno sabía que “un inválido que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes se sentirá aliviado al ver cómo aumentan los mutilados a su alrededor. El general Millán-Astray no es un espíritu selecto: quiere crear una España a su propia imagen. Desea ver una España mutilada, como ha dado a entender”.

En Colombia, el expresidente Darío Echandía hizo lo propio en los días del Frente Nacional: “Todo el complejo de pensamientos y emociones que llamamos justicia, libertad, orden social, está condicionado a la posibilidad de mantener a los ciudadanos dentro de ciertos cauces (para evitar) el retorno de la barbarie”. Tales cauces se sustentan en la ética y en el derecho para garantizar la vigencia de la concordia social. Unamuno y Echandía, dos grandes maestros del mundo hispano sabían que la inteligencia no es para vencer sino para persuadir.

El domingo pasado, los dos candidatos ganadores en la primera vuelta electoral abusaron de las palabras armadas. Pronunciaron discursos en total contravía de lo que el país necesita oír. Probablemente Cepeda se inspiró en el viejo lenguaje supérstite de la guerra fría que, por desgracia, se niega a desaparecer. Abelardo, en alocuciones de ciertos líderes extranjeros bien conocidos o, tal vez, en su propio talante. Pero, eso sí, rompió todos los límites de la compostura política. Pronunció un discurso incendiario, como tal vez no ha habido otro en los labios de un candidato presidencial en la historia reciente.

Para completar el show, gritó desde una barcaza que defendería sus logros “por la razón o por la fuerza”. Semejante aserción es un atropello gigantesco porque maximiza el derecho de la fuerza e invalida la fuerza del derecho. Nadie puede quejarse de la violencia de otros, si suscribe palabras armadas y las promueve o secunda. La Conferencia Episcopal colombiana llamó la atención de candidatos presidenciales y de ciudadanos: desarmar la palabra es el presupuesto para desarmar a Colombia. Los candidatos olvidan algo clave en política, para vivir en una sociedad sin sobresaltos: la moderación. Es, simplemente, un imperativo para gobernar. Como editorializa El País de Madrid, a propósito de Colombia: eso no es una renuncia a las convicciones, es una necesidad democrática.

Conoce más

 

Oscar Lopez(36876)06 de junio de 2026 - 12:49 a. m.
Augusto, llevamos 4 horrorosos años (y muchos más desde que existe Petro en la vida pública) con un lenguaje armado y de resentimiento porque sabe que solo puede dar eso en la vida , el solo representa un l matoneo y el regreso al oscurantismo del que tanto se nutre. Su aulico tendrá que desmarcarse.
Héctor Angel Díaz Mejía(23099)05 de junio de 2026 - 11:36 p. m.
En épocas electorales afloran los bajos instintos se los bárbaros y no la inteligencia se la civilización, entre seguidores y seguidos, pero en unos más que en otros. Ciudadanos que prefieren la vía fascista, por ignorancia o por convencimiento, nada bueno nos dice de la salud mental de esta sociedad enferma y maltratada por la violencia. Prefiero la vía democrática como alternativa para este país enfermo de intolerancia.
ALVARO MEDIMA(28865)05 de junio de 2026 - 03:42 p. m.
Atarván versus Filósofo. ¿Cuál escoges? Balín versus Moderación. ¿Con cuál te quedas?
  • Olegario (51538)06 de junio de 2026 - 04:48 a. m.
    Estos pelotudos como siempre, “leyendo” con sesgos. AMBOS recurrieron a la bajeza, tanto el “filósofo” como el rábula. Ahí no hay de dónde escoger.
Atenas (06773)05 de junio de 2026 - 12:06 p. m.
Q’ en el desplome de EE aún haya fosilizados opinadores como este, es la prueba q’ confirma la apreciación generalizada sobre el medio. Y q’ no sea mi comentario el q’ ponga el tema sobre la mesa, no; es la prueba de fuego q’ en este diario tienen todos sus articulistas pa medir el peso de su eco o trascendencia, y con Augusto huelga decir q’ lo suyo no es de sumo gusto: cómo no discierne q’ en tan aciagos momentos del país- ver a los vecinos- cualquiera q’ enfrente a Petro es bienvenido.Atenas
Gvbnllnh. Bvc. Nm. N jn(98086)05 de junio de 2026 - 11:32 a. m.
Prefiero el aboganster corroncho que el rolo comunista amargado.
  • Duncan Darn(84992)05 de junio de 2026 - 12:06 p. m.
    En cambio, el Tigreso Destripador irradia bondad, dulzura y concordia. ¡Ah, y decencia! Por eso fué que no se bajó la bragueta sino que le mostró a la periodista una foto de su verga. ¡ Detallazo de caballero! Así, el Sopita debletras es otro adorador de la verga del Tigreso. Se tragó todo el cuento del felino maricón...
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.