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Ética del cambio ecosistémico

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La historia de la humanidad debe interpretarse siempre en clave de cambio ecosistémico, ya que nuestra proliferación se debe al éxito en transformar todo a nuestro favor, incluso en medio de cataclismos y grandes conflictos internos. La resiliencia del planeta, es decir, su capacidad de aguante, aún permite que miles de millones de personas prosperen o tengan la esperanza de mejorar sus condiciones de vida, con o sin conciencia del inmenso impacto que producen y de los riesgos que ello implica. Lo más curioso, a medida que cambiamos los ecosistemas, cambiamos nosotros y nos cuesta mucho pensar como personas nuevas, siempre en tránsito. A veces quisiéramos no cambiar, un imposible termodinámico… Además, hay que pensar en que las nuevas personas del futuro, que ya nacieron, serán las que provengan de los ecosistemas del presente.

Me tomo el tiempo en describir el ámbito de la toma de decisiones que se fragua justo cuando estamos trabajando en el componente ambiental del próximo plan de desarrollo, donde invito a dejar de lado la retórica nostálgica de quienes quisieran devolver la flecha del tiempo y regresar a ese mundo aparentemente mejor que existe en sus mentes, la utopía —contra la que hay que luchar siempre, como recomienda Carlos Granés—; utopía que plantea vivir sin petróleo, sin fármacos, sin IA, de una manera “más natural”. La noticia es que, en un mundo así, apenas sobreviviríamos mil o dos mil millones, y ya es tarde para desalojar a los que eventualmente sobramos en la ingenuidad del “buenvivir”: porque la verdadera justicia ambiental no proviene tanto de la obligación de reparar los ecosistemas perdidos y las inequidades del pasado, sino de la forma en que lo hagamos, habida cuenta que no hay comida gratis en los ecosistemas. Reconvertir el capital acumulado de la humanidad en fauna y flora silvestres, por ejemplo, es un ejercicio obligatorio si queremos garantizar los servicios ecosistémicos del futuro, pero no es tan fácil como ir al cajero y, en vez de pedir efectivo, pedir bonos de biodiversidad; alguien tiene que haber producido y gestionado el sistema que existe detrás del cajero, como le explicamos a los niños que por primera vez ven billetes salir de la máquina.

No aprovechar los minerales, las sabanas silvestres, la abundancia de agua y sol, el viento, las mareas, o las áreas degradadas, los residuos, es hoy el peor pecado. Y ahí es donde las nuevas tecnologías pueden reconstituirse como fuente de servicios ecosistémicos para las futuras generaciones, cuando menos. Claro, podríamos volver a despilfarrar esos recursos y oportunidades como hemos hecho en innumerables ocasiones, pero ello, como nunca, es inmoral. Por eso se impone una ética del final de los tiempos, donde las sociedades tenemos la obligación de pensar en el presente para transformarlo una vez más, la última oportunidad de construir futuro, uno más sostenible, porque si no lo es, no es posible. La inacción no es una opción.

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