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Paralela con el segmento de alto nivel de la Asamblea General de las Naciones Unidas, se desarrolla en la Nueva York de Mamdani la “Semana del Clima”, que invita líderes políticos, empresarios y representantes de comunidades a compartir su visión respecto a la crisis climática, que muchos ignoran deliberadamente porque afrontarla afecta sus intereses. La organización Climate Week coordina decenas de eventos simultáneos en los que se busca participación masiva de los visitantes para enriquecer la agenda de la COP31, que este año se realizará en Antalya, Turquía, a partir del 20 de noviembre, dirigida por Australia.
Un llamado a un “mínimo de honestidad” abrió la conversación académica que hoy todavía se despliega en varias partes de la ciudad con el patrocinio de gigantes de las industrias de la energía o de tecnología, interesadas en proveer soluciones para la transición, que debería haber avanzado mucho más si la geopolítica global no fuese lo que es. Este año, las guerras del Medio Oriente, en plena expansión, y el conflicto híbrido que ya existe entre la Unión Europea (con Canadá como potencial Estado asociado) y Rusia, para no hablar de Venezuela, demuestran que la sustitución de los combustibles fósiles no se hará de manera pacífica, como debería, por lo que muchas naciones están considerando el calentamiento global como un asunto de seguridad nacional. Tal vez con ese énfasis entenderemos que los desastres provenientes del caos climático no son naturales, a pesar de que la ciencia reconoce un proceso geológico subyacente, cuyos principios son mal utilizados por los políticos, también fósiles, que rigen (y a menudo se benefician de ella sin reato) la economía contemporánea del petróleo.
La aceleración de la transición global a un mundo bajo en carbono ya no logró la meta del Acuerdo de París de mantener la temperatura media del planeta en 1,5°C (vamos hacia 2,5 para 2050) y los efectos cada vez acarrearán mayores costos sociales y económicos a todos los países del mundo, un reto que deben afrontar ciudades como Miami, que ya invierte millones de dólares en obras de infraestructura, como lo mostró la alcaldesa Higgins, sólo para postergar lo que parece inevitable. Todo el mundo hizo alusión a los terribles efectos del “Súper Niño” que ya representa la amenaza climática más grande de los últimos tiempos.
La discusión más álgida proviene de la paradoja que implica la demanda exponencial de energía eléctrica asociada con el advenimiento de la IA y los centros de datos, que superará pronto la del transporte, pero que está siendo fundamental para ganar eficiencias críticas en la reducción de emisiones. Aún es pronto para saber si valió la pena este último esfuerzo de usar la tecnología para la paz, en vez de la guerra, que ya es un asunto totalmente asociado con la complejidad de los algoritmos que rigen las estrategias de control territorial militar. Entretanto, Colombia se debate en su propia transición, buscando salir de la agenda de destrucción de Ecopetrol definida de manera autocrática sin una hoja de ruta clara, y que ahora deberá enriquecerse de la experiencia y la perspectiva de la cooperación público-privada, la única que tiene la potencia para financiar la construcción de resiliencia. Las decenas de empresas, organizaciones y gobiernos comprometidos en trabajar de la mano la tienen clara: no actuar es suicidio. Pero quién sabe si amanezca y veamos.