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Educar para una vida que valga la pena

Camilo Camargo

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Durante décadas hemos explicado el propósito de la educación con una respuesta sencilla: estudiar sirve para conseguir un buen trabajo. La idea no es equivocada. La educación abre oportunidades, mejora la movilidad social y permite construir autonomía. El problema aparece cuando esa respuesta termina ocupando todo el espacio. Un joven no es únicamente un futuro trabajador y una sociedad no puede medir el éxito de sus colegios solo por la capacidad de sus estudiantes para ocupar los empleos disponibles.

Las pruebas PISA han sido uno de los grandes referentes de esa conversación. Sus resultados en lectura, matemáticas y ciencias han permitido comparar sistemas educativos, reconocer brechas y confirmar algo esencial: sin bases académicas sólidas, la libertad se reduce. Pero la conversación comienza a ampliarse. Un reciente marco de la OCDE propone recuperar una idea antigua para pensar el futuro: el florecimiento humano.

El cambio tiene profundas implicaciones. Ya no se trata solamente de preguntar qué necesitan aprender los jóvenes para ingresar al mercado laboral, sino qué necesitan para construir una vida con sentido, tomar buenas decisiones y aportar a la sociedad.

Florecer no significa sentirse bien todo el tiempo ni vivir sin dificultades. La idea se remonta a Aristóteles y se refiere a la posibilidad de desarrollar el potencial humano a lo largo de una vida mediante actividades valiosas, relaciones significativas, reflexión, carácter y realización. La mirada contemporánea incorpora el bienestar de los estudiantes, el cuidado de los demás, la responsabilidad con el planeta y el compromiso con las generaciones futuras. No basta con que a una persona le vaya bien. Importa también lo que su manera de vivir hace posible para otros.

Esta discusión cobra una fuerza particular con la inteligencia artificial. Si una herramienta puede resumir un libro, producir una imagen, escribir un código o responder una pregunta en segundos, repetir procedimientos dejará de ser suficiente. Eso no significa que el conocimiento haya perdido valor. Ocurre exactamente lo contrario. Para formular una buena pregunta, evaluar una respuesta, descubrir una invención o reconocer un sesgo, hay que saber. El pensamiento crítico necesita contenidos sobre los cuales pensar. Quien no comprende ciencia, historia, matemáticas o lenguaje tiene menos elementos para juzgar una respuesta que puede sonar convincente y estar equivocada.

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El marco de la OCDE se apoya por eso en tres bases que deben avanzar juntas. La primera reúne los aprendizajes fundamentales en lectura, matemáticas y ciencias. La segunda comprende habilidades sociales y emocionales como la perseverancia, la regulación emocional, la curiosidad, la empatía y la colaboración. La tercera incluye condiciones de bienestar como la salud psicológica, el sentido de pertenencia y la capacidad de tomar iniciativa.

Sobre esas bases aparecen cinco competencias. La primera es la resolución adaptativa de problemas. Consiste en saber actuar cuando el problema es nuevo y la respuesta no está disponible de antemano: explorar posibilidades, ensayar caminos, observar las consecuencias y corregir el rumbo. La segunda es la competencia ética, es decir, la capacidad de reconocer las implicaciones morales de una situación, razonar sobre ellas, tomar una decisión y actuar de manera consecuente. Frente a la tecnología no basta con preguntar qué se puede hacer. También debemos preguntar qué conviene hacer, con qué propósito y cuáles pueden ser las consecuencias para otros.

La tercera competencia es comprender el mundo. Exige conocimientos, capacidad para abordar asuntos globales e interculturales, reconocer perspectivas diferentes y construir una mirada propia sin convertirla en una trinchera. Supone pensamiento crítico y creativo, respeto y capacidad de síntesis.

La cuarta es apreciar el mundo: aprender a observar la naturaleza, el arte y las creaciones de distintas culturas, comprenderlas y otorgarles valor. Puede parecer secundaria dentro de un currículo dominado por lo medible, pero protege la capacidad de asombro y contemplación, dos formas de atención que también enriquecen la vida.

La quinta competencia reúne a las anteriores: actuar en el mundo. Significa descubrir un propósito, convertirlo en intención y llevarlo a la práctica. Puede expresarse en una investigación, una empresa, una obra musical, un proyecto comunitario, el cuidado de una familia o la solución de un problema cercano. No se trata de exigirles a los niños que definan desde temprano una misión definitiva. Se trata de ofrecerles experiencias suficientes para descubrir intereses, desarrollar iniciativa y comprobar que aquello que aprenden puede tener una consecuencia real.

Este cambio obliga a revisar la evaluación. Lo que medimos orienta lo que enseñamos. Si solo premiamos la reproducción de respuestas, las escuelas dedicarán buena parte de su energía a producirlas. Si buscamos formar personas capaces de enfrentar la incertidumbre, necesitaremos experiencias en las que los estudiantes investiguen, contrasten fuentes, trabajen con otros, usen la inteligencia artificial con criterio, justifiquen decisiones y aprendan de la retroalimentación. Evaluar mejor no significa examinar más, sino observar cómo piensa, aprende y actúa una persona.

Para Colombia, la invitación es concreta. Debemos proteger el tiempo de lectura profunda y los espacios de escritura, fortalecer las matemáticas y las ciencias, devolverles importancia a las artes, enseñar ética a partir de dilemas reales y conectar el aula con los problemas de la comunidad. Los docentes necesitan tiempo y formación para diseñar estas experiencias. Las familias pueden cultivar la conversación, la curiosidad, la responsabilidad y el contacto con el mundo más allá de las pantallas. Y el sistema educativo debe dejar de presentar el bienestar y el rigor como si uno solo pudiera crecer a costa del otro.

La educación seguirá preparando para el trabajo, pero su propósito no puede terminar allí. En los próximos años tendremos herramientas cada vez más capaces de responder por nosotros. La tarea de la educación será enseñar a los jóvenes a decidir cuáles preguntas merecen hacerse, qué respuestas pueden aceptar, qué consecuencias están dispuestos a asumir y en qué clase de persona quieren convertirse. Quizás el florecimiento humano consista precisamente en eso: tener los conocimientos, el criterio y el carácter necesarios para elegir una vida que valga la pena y ayudar a que otros también puedan construir la suya.

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Comentarios
  • SÓTERO(26571)•Hace 11 minutos
    Muy buena columna. Preocupa que no se ve posible el florecimiento humano dentro del milagro de la revolución cultural.
  • Hugo(14000)•Hace 49 minutos
    Bonito catálogo de cualidades de una persona educada,pero ¿cuántas de estas por ejemplo posee usted,Sr.Camargo que tiene ralación con las autoridades que dirgen la educacion de jóvenes y adultos y cuáles son sus resultados?Escribe que los docentes necesitan tiempo y formacion,¿quiénes podrían brindarles esta formación y cómo ? Que "las familias pueden cultivar…" Muy pocas se enteran de estos ideales .
  • German Garcia(1k7p9)•Hace 56 minutos
    Muy buena columna!
  • Jon Lindsay(ua6yh)•Hace 1 hora
    Estas ideas lógicas se asoman con regularidad porque son obvias, y correctas. Después de cuarenta años pasados mitad en aulas en tres países, mitad en el mundo – que son tristemente separados – me queda claro que semejante propuesta no tiene camino: ningún ‘gobierno’ va a facilitar estas capacidades entre su pueblo porque éste pronto quisiera cambiar las estructuras del poder, perjudicando los que mandan en un país. Y así seguirá siendo, creo yo. No se puede dejar fuera la cuestión política.
  • Guru(l4i9k)•Hace 1 hora
    GPedraza. Me gusta su columna. muy oportuna además, ahora cuando se plantean nuevos planes de desarrollo en el gobierno. Agregaría la idea de cultivar un tipo de pensamiento sistémico; creo que es importante que aprendamos a ver totalidades y relaciones entre las partes, "Ninguna parte de un avión lo lleva a uno a alguna parte". Gracias. Su escrito alumbra.
  • leunamuno(9808)•Hace 1 hora
    El único ente que puede ser autónomo es el universo, las demás creaturas siempre tendremos que aprender a desarrollarnos en un ambiente de autonomía locales dependientes del tiempo y su contenido. Por eso la educación es un tema mucho más delicado que una tela de arañas en la que pueden terminar muchas moscas.
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