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Hace poco más de una semana, Colombia se sacudió. Literalmente. Un terremoto de magnitud 7,4 golpeó con especial fuerza el occidente del país y dejó una estela de dolor difícil de dimensionar. Cientos de personas perdieron la vida, miles resultaron heridas, familias enteras se quedaron sin casa, colegios fueron afectados, hospitales dejaron de funcionar y comunidades que ya vivían en condiciones difíciles quedaron enfrentadas a una situación todavía más compleja.
Desde entonces hemos visto imágenes desgarradoras. Pero junto a ellas han aparecido otras que también dicen mucho sobre quiénes somos.
Durante estos días tuve la oportunidad de visitar tres centros de acopio. En todos encontré algo parecido. Personas llegando con mercados, agua, cobijas, pañales, medicamentos y elementos de aseo. Jóvenes cargando cajas. Adultos clasificando alimentos. Familias que llegaban juntas a entregar lo que habían comprado. Voluntarios formando cadenas humanas para llenar camiones que partirían hacia las zonas afectadas. Personas que probablemente nunca se habían visto trabajando durante horas unas al lado de otras.
Nadie preguntaba por quién había votado el que tenía al lado. Nadie parecía interesado en saber de qué región venía, a qué colegio llevaba a sus hijos, qué pensaba sobre el Gobierno o cuál era su posición frente a las discusiones que hasta hace pocos días nos dividían apasionadamente.
Simplemente estábamos ayudando. Hay algo profundamente conmovedor en esa escena porque revela una Colombia que con frecuencia queda escondida detrás del ruido de nuestras diferencias.
La ciencia social ha estudiado este fenómeno. Investigaciones sobre grandes emergencias han encontrado que, frente a una amenaza compartida, las personas pueden desarrollar con enorme rapidez una identidad común. El psicólogo británico John Drury y otros investigadores han denominado a parte de este fenómeno “resiliencia colectiva”. Cuando percibimos que enfrentamos un mismo destino, las fronteras entre “ellos” y “nosotros” pueden hacerse menos importantes. Aparece un “nosotros” más amplio y, con él, aumentan la cooperación, la confianza y la disposición a ayudar.
Una investigación publicada en 2025 estudió a sobrevivientes de los devastadores terremotos ocurridos en Turquía en 2023. Los investigadores encontraron que la percepción de haber compartido una experiencia de sufrimiento fortalecía los vínculos entre las personas y aumentaba su disposición a ayudar a otros damnificados. Algo especialmente poderoso ocurrió: algunos participantes manifestaban tanta disposición a ayudar a otros sobrevivientes como a miembros de sus propias familias.
Las tragedias, por supuesto, no son deseables ni necesarias para construir comunidad. No hay nada deseable en una tragedia como esta. Detrás de cada cifra de este terremoto hay una familia que perdió a alguien, una casa que desapareció, un negocio construido durante años que dejó de existir o un niño que no sabe cuándo podrá regresar a su colegio.
Pero las tragedias pueden revelarnos capacidades que ya estaban ahí. Quizás eso es lo que estamos viendo en Colombia.
Durante años hemos construido una narrativa sobre nosotros mismos marcada por la división. Derecha e izquierda, ricos y pobres, regiones y ciudades, públicos y privados, unos contra otros. Las redes sociales han amplificado esas diferencias hasta hacernos creer, en ocasiones, que vivimos rodeados de adversarios. Y de repente la tierra se mueve durante unos segundos y muchas de esas categorías pierden importancia.
Aparece algo anterior a todas ellas: somos colombianos.
Y aquí es donde nace esa otra cara que nos une pero que también nos reta. Porque la evidencia también muestra que la cohesión que aparece durante una emergencia no necesariamente permanece. Cuando desaparece la sensación de amenaza común, pueden regresar las antiguas divisiones. La solidaridad espontánea necesita transformarse en hábitos, instituciones y experiencias compartidas si queremos que sobreviva a la emergencia.
Ahí aparece una enorme tarea para la educación.
Quizás uno de nuestros propósitos educativos más importantes debería ser ayudar a los niños y jóvenes a descubrir que pertenecen a algo más grande que ellos mismos. Que sus responsabilidades no terminan en su familia, su colegio o su círculo de amigos. Que ser ciudadano implica reconocer como propia, de alguna manera, la suerte de personas a quienes nunca conoceremos.
Eso no se enseña solamente en una clase de ciudadanía. Se aprende sirviendo, encontrándose con personas diferentes, trabajando por objetivos comunes y descubriendo que nuestra vida está profundamente conectada con la de los demás.
También tenemos una tarea como sociedad. Mantener viva esta solidaridad exigirá crear más oportunidades para encontrarnos alrededor de propósitos compartidos. Acompañar a instituciones educativas en estos momentos con materiales y currículo, reconstruir colegios, ayudar a comunidades, recuperar espacios públicos, apoyar hospitales, proteger nuestros ecosistemas, trabajar con poblaciones vulnerables. Colombia tiene suficientes desafíos colectivos para que no necesitemos esperar otro terremoto para recordar que nos necesitamos unos a otros.
Y debemos permitirnos disentir. La unidad no significa pensar igual. Una democracia saludable necesita desacuerdos, discusión y posiciones distintas. Lo que no necesita es convertir cada diferencia en una razón para desconocer la humanidad del otro.
Tal vez esa sea una de las lecciones grandes que nos dejan estos días.
En los centros de acopio vi personas cansadas, sudadas, cargando cajas y organizando mercados para colombianos que probablemente nunca conocerán. Vi jóvenes dedicando horas de su tiempo. Vi empresas prestando camiones, colegios movilizando comunidades, familias comprando un mercado adicional para alguien que lo había perdido todo.
Nadie tuvo que enseñarles qué hacer. Esa solidaridad ya estaba ahí.
El terremoto destruyó casas, carreteras, hospitales y colegios. También removió, por unos días, algunas de las barreras que hemos construido entre nosotros y dejó al descubierto algo que quizá habíamos olvidado.
Debajo de nuestras diferencias existe una comunidad. Ahora nos corresponde decidir si necesitamos que vuelva a temblar para recordarlo. Porque, al final, todos somos Colombia.
