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Escuchar también es rescatar

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Carolina Botero Cabrera
22 de agosto de 2026 - 05:05 a. m.
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Durante el terremoto del 10 de agosto pasado, decenas de personas profesionales del sonido -ingenieros, microfonistas, radialistas y otras personas del sector creativo y cultural, de las artes, la música, el teatro o el audiovisual- pusieron sus conocimientos y equipos al servicio de las labores de búsqueda y rescate, sobre todo en las ciudades afectadas, principalmente en Cali y Pereira. Lo que hicieron merece ser documentado y, como sucedió con otras experiencias de voluntariado tecnológico, reconocido por el Estado e incorporado a los protocolos de respuesta. Es una estrategia que contribuye a salvar vidas en emergencias.

Organizados a través de iniciativas como la Brigada de Sonidistas, estos colectivos utilizaron micrófonos direccionales, grabadoras de campo y audífonos de alta precisión para captar sonidos muy débiles provenientes de personas atrapadas bajo los escombros: golpes, roces, respiraciones, llamados o vibraciones que podrían pasar inadvertidos para el oído humano. Su trabajo se integró con el de los organismos de socorro y permitió orientar la búsqueda hacia lugares donde podía haber sobrevivientes.

Por eso, lo que corresponde ahora es documentar qué hicieron, cómo pueden ayudar, qué necesitan para hacerlo, qué pueden aportar y cómo pueden articularse dentro de la compleja estructura de respuesta a una tragedia como el terremoto del pasado 10 de agosto. Las emergencias pueden revelar capacidades sociales que las estructuras institucionales no habían incorporado previamente; el desafío es aprender de ellas antes de que llegue la siguiente.

Fuimos testigos de lo que pueden hacer. Su aporte revela una dimensión particularmente interesante del sonido como herramienta de emergencia. En una operación de rescate, escuchar puede ser tan importante como remover. Los sonidistas ayudaron a crear condiciones de silencio en los lugares de búsqueda y a interpretar señales acústicas en medio de estructuras colapsadas, tráfico, maquinaria y otros ruidos. El conocimiento desarrollado en ámbitos artísticos, audiovisuales y de investigación sonora adquirió así una función inesperada: convertirse en una tecnología de localización de vida. No aportaron simplemente equipos; estos colectivos aportaron una forma especializada de escuchar, demostrando cómo capacidades provenientes de la cultura, el arte y la tecnología pueden incorporarse a la respuesta comunitaria frente a una emergencia.

Vimos cómo ese conocimiento, puesto al servicio de bomberos, de voluntarios rescatistas -a los que también se conoce como “topos”- y, en general, de quienes tienen experiencia en rescate, permitió enfocar la respuesta. Entonces debemos preguntarnos cómo cambiará en el futuro la respuesta a una tragedia si el sonido hace parte de la ecuación. Desafortunadamente, frente a esa respuesta autogestionada que nos maravilló, también quedó una imagen muy inquietante para quienes, desde la distancia, solo podíamos seguir la situación: la de estos colectivos de sonidistas pidiendo una ventana más amplia para la búsqueda de señales de vida, antes de iniciar la de demolición y recogida de escombros. Si somos más eficientes percibiendo señales de vida, hay que revisar los tiempos y cambiar las reglas.

La lección es clara: a veces, una tecnología tan antigua como escuchar puede ayudar a encontrar vida y, apoyada en los dispositivos que tenemos hoy, esa capacidad se magnifica. Si los sonidistas pueden hacer más precisa la búsqueda de personas atrapadas, deben ser parte de la solución. A futuro no deberían depender de que puedan llegar espontáneamente hasta los escombros o de que alguien recuerde convocarlos, su voz además importa en la toma de decisiones.

El próximo paso es aprender de lo ocurrido: ampliar la ventana de tiempo para la búsqueda de vida cuando estos colectivos están presentes, incorporarlos a los protocolos de respuesta y darles un espacio de interlocución con los puestos de mando unificados (PMU), que en Colombia articulan la respuesta institucional ante las emergencias. Porque si somos capaces de escuchar mejor las señales de vida, también deberíamos poder cambiar la forma en que respondemos a ellas.

Lo que sucedió con los colectivos de sonidistas durante este terremoto trajo a mi memoria lo que pasó en 2011 durante la ola invernal que sufrió el Caribe colombiano. Entonces la comunidad mapera de Open Street Maps aportó sus conocimientos, la plataforma de código abierto y mucha comunicación celular con las comunidades para identificar y caracterizar personas que quedaron en zonas inundadas y aisladas, así facilitaron la llegada de ayudas y equipos de rescate. Experiencias similares sucedieron por la misma época en desastres en Haití, Filipinas o Nepal, de donde surgió la comunidad internacional HOT (Humanitarian Open Street Map Team). La comunidad colombiana de maperos fue el germen de la Brigada Digital que se convertiría luego en una iniciativa del Ministerio TIC y que sigue muy activa, durante esta emergencia volvió a contribuir con información actualizada para los equipos de atención, sería bueno saber si con el paso del tiempo ha facilitado su actividad.

Ojalá la experiencia de los colectivos de sonidistas también perdure y sea reconocida. A todas las personas que escucharon y a quienes mapearon para rescatar: ¡Gracias!

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