Sí, es una exageración calificar a Petro como “un psicópata que se cree mesías, que se proclama salvador, que se siente imprescindible, que se jura un Dios”, como Jairo Torres alude en su carta del lector del pasado 11 de enero, refiriéndose a la columna de Pablo Felipe Robledo.
Sin embargo, soy de los que comparten un temor basado en la experiencia que vivimos en Bogotá bajo su alcaldía. Su comportamiento es más bien la de un ególatra o un narciso solo comparable con Donald Trump; gestionó con una evidente intolerancia por la diferencia y, cuando a sus interpretaciones se oponía la institucionalidad (precaria y débil, pero es lo que tenemos), pasó por encima de ella.
El temor que tenemos es por sus características: no atiende, no escucha asertivamente, es agresivo, irresponsablemente intolerante y, además, incendiario, como lo demostró en la explosión social resultado de la “olla a presión” que continuó calentando la avaricia sin límite de nuestros dirigentes políticos y empresariales. Soy caleño residenciado hace casi 18 años en Bogotá y vi con horror lo que ha sucedido y sigue sucediendo en el Valle y, en especial en Cali.
Si habláramos de otros dirigentes de izquierda, como Clara López (exministra y exalcaldesa) e incluso Robledo, en la otra orilla, no expresaríamos el temor que a muchos nos acompaña. Petro ha demostrado ser un estupendo senador y “poco corruptible” (la bolsa de dinero, por ejemplo, genera dudas), pero un desastroso administrador público; lo que vimos en Bogotá es que ejerce un liderazgo mesiánico y autoritario, y que es incapaz de trabajar en equipo; muchos no queremos a la cabeza del Estado a una persona de esas características.
Coincidimos en denunciar, y así lo hacemos en las redes en que actuamos y en nuestras publicaciones, la enorme inequidad que ha construido la dirigencia nacional, acompañada de una descarada e impune corrupción, pero sinceramente no es el gobernante que consideramos, personalmente, le conviene al país, menos en una coyuntura tan retadora como la que vamos a vivir de 2022 a 2026; peor aún, cuando tenemos ejemplos de las “ineptocracias” que han destruido la sociedad y la economía de Nicaragua, Venezuela, Ecuador (en época de Correa), Bolivia (en época de Evo Morales) y, la más lamentable por su persistencia y gradualidad, Argentina.
Néstor A. Salazar D.
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