18 Jun 2020 - 5:00 a. m.

“Harry Potter” y el peligro la transfobia

La semana pasada, la autora de la adorada serie de Harry Potter, J. K. Rowling, eligió hacer una serie de tuits transfóbicos. A propósito de un artículo de opinión, “Creando un mundo pos-COVID-19 más igual para las personas que menstrúan”, dijo: “«Personas que menstrúan». Estoy segura de que solíamos tener unas palabras para referirnos a esas personas. Que alguien me ayude”. Y luego varias palabras que no existen, pero similares a la palabra woman (mujer): “¿Wumben? ¿Wimpund? ¿Woomud?”. Lo que Rowling presume es que al decir “personas que menstrúan” se borra o destruye la idea y la palabra mujer. Sin embargo, esa palabra siempre será insuficiente para abarcar la diversidad de las mujeres. No todas las mujeres menstrúan ni todas las personas que menstrúan son mujeres. Y no me refiero solo a las personas trans, hablo también de las mujeres cisgénero que tienen menopausia o son muy jóvenes para menstruar, de las que tuvieron una histerectomía y de muchas que usan anticonceptivos hormonales. Dijo también: “Si el sexo no es real, entonces no hay atracción hacia el mismo sexo. Si el sexo no es real, la realidad vivida de las mujeres globalmente está siendo borrada. Conozco y quiero a las personas trans, pero borrar el concepto de sexo les quita la posibilidad a muchas de discutir sus vidas de forma trascendente. No es odio decir la verdad”. Primero, ¡uno no tiene que hablar de sus genitales para dar sentido a su experiencia de vida! Segundo, una afirmación así es el resultado de elegir no escuchar: nadie está diciendo que los genitales o los órganos reproductivos de las personas no existen, lo que se está diciendo, desde tiempos de Simone de Beauvoir, es que si bien el sexo “es algo”, no es el algo que define nuestra identidad de género.

Todas las personas tenemos un género, femenino, masculino, queer o no binario. Ese género no depende de nuestros genitales, sino de la forma en que queremos expresar nuestra identidad y personalidad frente al mundo, una necesidad profundamente humana; tanto, que negarla produce un hondo —y peligroso— dolor. Tener una vulva no es lo que me hace mujer. Quizás marca la manera en que me socializan y me tratan, porque esta sociedad usa esos criterios veterinarios, pero no es lo que me hace ser una mujer. Soy una mujer por una serie de elecciones y preferencias reiteradas a lo largo de mi vida, la colección de una serie de lugares, movimientos y actitudes en donde me siento cómoda, “me siento que soy yo”. E igual les sucede a las mujeres trans. La diferencia es que a mí no me dicen que mi identidad es una mentira, ni me violentan o discriminan usando esa acusación para justificarse, nadie pretende revisar mis genitales para decidir si accedo a derechos fundamentales. Yo, como mujer cis, vivo una serie de opresiones y discriminaciones, pero ninguna de ellas es que la gente, el personal de salud, el Estado y las personas en las que creo y admiro insistan en que mi identidad de género es una farsa y una simulación. El real y gran peligro del discurso transfóbico es que se presenta como un punto de vista o una opinión, cuando en realidad es un discurso de odio, que pone las vidas de las personas trans en riesgo, que se usa para justificar que las maten de formas violentas, que les genera discriminación laboral, aislamiento, miedo, angustia, depresión. Una vez me dijo la bióloga y filósofa Siobhan Guerrero Mc Manus, sobre la ética del transfeminismo: “Si tú tienes una diferencia con alguien, tienes de todas maneras que articular un discurso que no ponga en jaque su vida”. Este debería ser un principio ético de todas las formas posibles del feminismo. Por eso la transfobia no es feminista.

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