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Aunque algunos miembros del grupo que se entronizó en Colombia con el éxito electoral de De la Espriella no se refieran a su identidad con la ultraderecha internacional para disimular las intenciones autoritarias con que asumen la conducción del Estado, cada vez es más evidente que el Gobierno se ubica en la ola de ese extremismo político; el mismo que intenta borrar del mapa a todos aquellos que se encuentren en el lado opuesto de la tribu que los reúne: la que lidera Donald Trump, en Occidente, y Benjamín Netanyahu, en Medio Oriente. No es coincidencia que, en mitad de la devastación provocada por el terremoto del 10 de agosto, el mandatario colombiano se haya atrevido a anunciarles a los miles de damnificados —que esperaban saber cuándo llegaría la ayuda oficial— que su administración se ocupaba en asuntos diferentes a la emergencia humanitaria. Por ejemplo, el de permitir el arribo de tropas estadounidenses a suelo nacional, con el fin de realizar “operaciones militares conjuntas”, pero con la financiación de sus dólares y bajo su mando; y otro ejemplo: el reconocimiento de la soberanía de Israel sobre los Altos del Golán, un territorio sirio que ningún otro gobierno, salvo el de Trump, ha aceptado como tal. Es francamente ofensivo que, pese a la gravedad de los reportes sobre la destrucción del sismo, según los cuales murieron 300 personas, 4.000 sufrieron heridas, otras 330 permanecían desaparecidas y 120 mil ciudadanos de 15 departamentos quedaron en la calle, el nuevo Gobierno les haya dedicado su atención a sus patronos externos.
No obstante, me temo que De la Espriella no es libre de escoger sus prioridades y que le empiezan a exigir el pago de los apoyos que recibió en campaña, tanto en manifestaciones verbales, como en cantidades duras, contantes y sonantes del “metálico” con que se garantizaría su triunfo. No de otra manera se explica que, horas después de su posesión, ya estuvieran listas, para ser publicadas, esas decisiones que no son cualquier cosa en el marco de la diplomacia y de los organismos multilaterales. Tampoco sería extraño que el pequeño Gobierno de Colombia no tuviera otra opción que obedecer las órdenes de sus jefes en el norte del continente sobre su obligación de fortalecer, localmente, a la derecha radical internacional que lo sostendrá estos cuatro años, para asegurarse el control del poder tiránico que la caracteriza. El pasado 16 de julio, hace apenas un mes y unos días, el impenetrable secretario de Estado Marco Rubio, muy al estilo de su jefe Trump, citó, en Washington, a dirigentes de más de 60 países para que conocieran, reconocieran o tuvieran presente, la posición de Estados Unidos en la lucha coligada que tendrá que darse en todos los rincones del planeta contra el fenómeno que ese gobierno tilda de “terrorista” o de “antifa”.
“Reunión ministerial sobre el resurgimiento del terrorismo político”, fue el título que le dio Rubio a la nueva versión del llamado Escudo de las Américas, pero amplificada a varios continentes. La directiva del secretario de Estado a sus invitados fue clara y sin ambages: a pesar de que en el pasado perseguían a grupos y células identificados bajo una sola denominación, unas operaciones armadas y unos mandos (“Estado Islámico, al-Qaeda, Bin Laden”; o “los Tupamaros, los Montoneros, las FARC y el ELN”, como los mencionó), los gobiernos han fallado en su destrucción total porque “durante demasiado tiempo, nuestra doctrina de lucha contra el terrorismo ha tenido un punto ciego frente a la violencia extremista proveniente de la izquierda política”. Según Rubio, “el terrorismo de la izquierda, en el mundo, ha sido mirada como ‘una ficción partidista de la derecha’, pero eso debe terminar ya”. La mano derecha de Trump también culpó, con desconocimiento pleno de los fallos judiciales, a la “izquierda mundial” de ser la autora de los atentados graves, de los últimos 40 años, en todos los continentes. Y repitió la alucinante idea de que existe una agrupación, obviamente terrorista, llamada “Antifa” (Antifascista) cuyos miembros “viajan entre Europa y América para participar en los ataques de unos y otros”.
En la reunión también estaba presente Stephen Miller, subjefe de Gabinete de la Casa Blanca y Asesor de Seguridad Nacional. Este fue más allá: describió, con desprecio, ya no el fenómeno sino a los opositores: “El izquierdista contempla aquello que es bello, bueno y natural, y se llena de envidia y de odio. Contempla a una familia perfecta, con una vida perfecta, un trabajo perfecto y unos hijos perfectos… y se siente invadido por un profundo sentimiento de insuficiencia y celos”. Miller, despectivo, siguió: “Ninguna de las personas (de izquierda) que se manifiestan parece normal. Todas están deformadas en su apariencia, su forma de vestir o sus modales… Ustedes saben que el delincuente, el drogadicto y el depredador representan una amenaza para una vida saludable” (ver). Esta periodista pregunta: ¿alguien, aquí, identifica las posiciones de Rubio y Miller, con los ataques de De la Espriella, de sus redes asociadas y, ahora, del Gobierno, en contra de la vida particular, el aspecto físico, la forma de vestir de Petro, Cepeda o de los miembros del Pacto Histórico? O ¿se trata de mi imaginación? El instructivo Trump-Rubio-Miller se está ejecutando en este país. A nadie se le olvida la intención brutal del presidente colombiano de que hay que “destripar a la izquierda”. Pero no se equivoquen: cualquiera que salga a marchar, que proteste, que use su libertad de expresión o de asociación será tachado de izquierdista pese a que nunca lo haya sido; y será perseguido como “terrorista”.
