Después de 25 años, esta semana la periodista Jineth Bedoya Lima tuvo una audiencia reservada en la JEP con el general (r) de la Policía Leonardo Gallego. Allí leyó este texto, con el cual renuncia a su acreditación como víctima dentro de los Macrocasos 8 y 11.
Este martes, 3 de febrero, la Jurisdicción Especial para la Paz realizó la audiencia de versión voluntaria del brigadier general retirado de la Policía, José Leonardo Gallego Castrillón. Como lo sabe la opinión pública, en septiembre del año pasado fue llamado a indagatoria por la Fiscalía General, como uno de los presuntos autores intelectuales de los crímenes que afronté, en ejercicio de mi trabajo periodístico, en la cárcel La Modelo de Bogotá.
Este exoficial, de una de las instituciones más respetadas del país, está mencionado varias veces, por más de siete testigos, en el proceso que se adelanta por mi caso, y que fue llevado ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Sentencia fallada a mi favor y con la que fue condenado el Estado colombiano.
Pero no es solo mi caso. Jineth Bedoya Lima hace parte de las centenares de víctimas que la estructura criminal, que yo investigaba, dejó con su accionar en todo el país.
Este martes, después de tantos años, y con la anuencia de la magistratura de la JEP, pude mirar a los ojos a quien inició esta pesadilla. Estas fueron mis palabras:
25 años, 8 meses y 9 días. Eso es lo que llevo esperando para recibir algo de justicia. La primera década, tras mi secuestro, me imaginé esa justicia materializándose en barrotes y celdas oscuras que pudieran compensar en algo mi largo sufrimiento. Pero el sistema corrupto que cambió mi vida la mañana del 25 de mayo del año 2000 protegió una y otra vez a mis victimarios.
Aun así, nunca perdí la esperanza y volqué toda mi fuerza en reivindicarme a mí misma, cuando yo era la que menos tenía que demostrar algo, porque de lo que estoy segura es que, así como me quitaron todo, también lo he dado todo para que este país entienda que la violencia sexual es real, y que ha sido un crimen que los hombres armados naturalizaron para exculpar su inhumano machismo.
Yo decidí no odiar, porque lo que se hace desde el resentimiento o la rabia termina por convertirnos en seres peores que quienes nos han agredido. Elegí abrazarme al periodismo, el que quisieron silenciar hace 25 años, 8 meses y 9 días.
Y quiero recordarles a quienes dieron la orden de aniquilarme que la agresión no fue solo un ensañamiento con una frágil mujer. Fue una decisión consciente y meditada contra la prensa colombiana. Fue una vulneración de la libertad de expresión. Una abierta represión contra la libertad de prensa de la redacción del diario El Espectador en su momento y luego a la redacción del periódico El Tiempo, porque nos obligaron a ejercer el periodismo bajo el miedo. Quisieron someternos, pero nunca claudicamos.
La misma barbarie de estos largos años me dejó algo claro: mi justicia nunca será la cárcel para mis victimarios. Mi justicia es mi verdad y mi testimonio. Mi trabajo decidido y comprometido con la memoria de Colombia. Con el honor de las otras víctimas que no tuvieron mi suerte de sobrevivir. Ya no tengo nada más que perder. Me lo quitaron absolutamente todo, menos la dignidad.
Por eso, señor Leonardo Gallego, aunque suene paradójico e incongruente, le quiero agradecer algo porque, sin la monstruosa atrocidad que me cubrió, hubiera sido imposible abrir la puerta para que la sociedad tuviera la dimensión destructora de una violación; para que miles de mujeres se atrevieran a levantar la voz con valentía; para que mi dolor se convirtiera en algo tan trascendental que lograra resucitarme. Por eso, general Gallego, decido no perdonarlo ni a usted ni a los otros hombres que me hicieron daño. Decido perdonarme a mí, por haberme permitido entregarle mi paz a unos criminales durante 25 años, 8 meses y 9 días.
Así que, siendo consecuente con mis palabras y mis acciones, en ejercicio de mis derechos y del carácter voluntario de la participación de las víctimas ante la Jurisdicción Especial para la Paz, RENUNCIO de manera expresa e irrevocable a mi acreditación y reconocimiento como víctima dentro de los Macrocasos 8 y 11. Que la historia lo juzgue. Yo seguiré trabajando por los derechos de las mujeres y las niñas de este país. Gracias.