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¡Que viva Navarro!

Navarro Wolff hizo parte activa de la estructuración de lo que hoy se conoce como Alianza Verde. Allí oficiaba como cuadro directivo de esa colectividad en el cargo de copresidente. Dentro de la Alianza Verde lo reconocen como una de las personas que buscó llevar a esta fuerza hacia la centro-izquierda, realizando alianzas que sectores diferentes al tradicionalismo de la corriente en la que políticamente surgió. Esa apertura democrática fue una de sus características en vida. De 2002 a 2006 fue senador y justo en el cuatrienio previo, 1998 a 2002, ofició como representante a la Cámara, parte de esos periodos los hizo como miembro activo del Polo Democrático.
“Si la nefasta popularidad de Petro no hubiera opacado a Antonio Navarro Wolff, esa izquierda quizá tendría hoy un norte, o al menos decoro”: Cristina Carrizosa Calle.
Foto: EFE - Carlos Ortega

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Cada año asistía al desfile militar del 20 de julio. Se sentaba en la tribuna, frente a los soldados heridos en combate para quienes yo trabajaba entonces. Alguna vez se lo pude decir: admiraba el respeto con que observaba ese espectáculo de poderío del Estado contra el que un día se había alzado. Antonio Navarro Wolff no era un político más en esa tribuna, sino el que con más sinceridad honraba a esos hombres que habían sido sus enemigos. En 1985, cuando negociaba la paz con el gobierno de Betancur, una granada le destrozó la pierna izquierda y una esquirla le afectó el habla de por vida.

Esa imagen, que fijó a Navarro en mi memoria, explica mejor que cualquier discurso la paz en la que se empeñó, mucho más que quienes solo la reclaman de palabra. Poco más de un mes después de que el M-19 entregara las armas, asesinaron a Carlos Pizarro, su candidato presidencial. Aunque tenía razones para abandonar el camino democrático, Navarro tomó la candidatura y quedó tercero en las presidenciales de ese año. Llegó a la copresidencia de la Asamblea Nacional Constituyente con Álvaro Gómez Hurtado y Horacio Serpa: un exguerrillero, un conservador —al que su organización había secuestrado tres años atrás— y un liberal se sentaron en la misma mesa para armar el proyecto democrático más importante que ha vivido Colombia desde 1886. La Constitución de 1991 fue un acuerdo fundamentado en la dignidad humana y sostenido por un pacto por el pluralismo, la participación y los derechos del ciudadano como centro del Estado social de derecho.

Ejerció la política con decencia como gobernante y como congresista. Fueron treinta y cinco años cumpliendo su palabra de paz, sin romantizar la lucha armada; admitió muchas veces su error y pidió perdón. En 2012 renunció a la Secretaría de Gobierno de Petro en Bogotá. Nunca fue el más petrista ni fue de los que, como Petro, se dedicaron a enterrar a la izquierda colombiana. Al contrario, si la nefasta popularidad de Petro no lo hubiera opacado, esa izquierda quizá tendría hoy un norte, o al menos decoro.

Casi todo el espectro político lamentó su muerte, incluido el expresidente Uribe. La excepción fue la ultraderecha, hoy envalentonada por el gobierno de De la Espriella. Sus voceros celebraron su muerte y, por ignorancia o por deshumana rigidez ideológica, lo marcaron para siempre, como si su trayectoria después de dejar las armas no hubiera sido más legítima, más digna y más valiente que la de cualquiera de los políticos furiosos que los deslumbran. Mientras la derecha democrática reconoció la valía del adversario, para los ultras Navarro siguió siendo un enemigo que había que expulsar de la política.

Está también el silencio del presidente De la Espriella, quien no le dedicó una palabra. Nadie esperaba una condolencia muy sentida de su parte, solo el mensaje institucional que le debía a uno de los padres de la Constitución, esa misma que le encarga al presidente de la República simbolizar la unidad nacional.

Vuelvo al desfile. Entre los uniformados pasaban también soldados heridos a quienes Navarro miraba como hombres rotos por la guerra, igual que él. Ese era el país que demostró querer. Acaso por eso hoy esté más cerca de Cristo Rey, que abraza con más fuerza a los hombres que se enmiendan. ¡Que viva Navarro Wolff!

Cristina Carrizosa Calle

Por Cristina Carrizosa Calle

Abogada egresada de la Universidad de los Andes, con experiencia de más 25 años como consultora y asesora tanto en el sector público como en el privado. Fue asesora de la Presidencia de la República, diplomática y directora de organizaciones que emprenden proyectos de alto impacto social. Columnista y panelista radial
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