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Es evidente el giro que dio la filmografía de Nicolas Winding Refn a partir de Drive. Antes de este filme, su cine estaba evidentemente influenciado por los filmes de serie b, así como los de Seijun Suzuki. A partir de Drive, empezó a obsesionarse con una estética caracterizada por colores neón —El demonio neón, de hecho, es el título de un reciente filme suyo— y un montaje bastante cercano al videoclip. Tal vez su mejor filme sea Valhalla rising, que se encuentra en la frontera entre ambas etapas de su poética. Es a partir de Drive que Refn comienza a estar en el mapa del sector más comercial de la industria audiovisual: desde trabajos publicitarios para Gucci hasta la propuesta de dirigir una versión cinematográfica de Gatúbela. Otra parte del público tal vez pueda recordarlo por un filme suyo posterior a Drive que pasó a ser considerado de culto: Solo dios perdona, cuyo contraste entre la estética ya descrita y un contenido altamente violento, involucra un riesgo mucho más interesante.
De ese contrapunto que marca el contenido respecto a la estética es de lo que carece Su propio infierno. Y es una discusión bastante extensa en plena época en la que la figura del auteur ha sido tan puesta en crisis. ¿Hay alguna diferencia entre un “estilo” propio y una zona de confort altamente predecible? Es un problema similar al que expone la filmografía de Wes Anderson, pues, poco a poco, resultan cayendo en variar los escenarios mientras siguen siendo examinados a través de exactamente el mismo filtro. Pero hay una particularidad. Esta estética neón dialoga muy directamente con unas estéticas basadas en el color pastel y la armonía visual para contrastar con fábulas de terror. Ejemplo de esto, Swallow, de Carlo Mirabella-Davis. Es decir: mientras Wes Anderson presenta una idea cliché de belleza, estas otras estéticas configuran nuevos clichés de lo contemporáneo y lo incómodo.
Su propio infierno genera esa experiencia pasteurizada propia de la publicidad, en la que todo pasa a ser atrezzo, incluidos los propios cuerpos que ocupan un lugar semejante al de una lámpara: solo están ahí para equilibrar el encuadre. Lo mismo con las paredes, los pisos, las luces útiles, los espejos, los vestuarios, el maquillaje, los muebles. Se logra, claro, un efecto de unidad. Un efecto de unidad, no obstante, que destaca por su esterilidad. Estableciendo una comparación, una idea semejante —altamente preocupada por una imagen elegante— ejecutada con mayor maestría, es el cine que ha dirigido el diseñador de modas, Tom Ford. La diferencia radica en que las obsesiones estilísticas de Ford contaminan el lenguaje cinematográfico. El lenguaje de Refn, sin embargo, ya va estancándose.