
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Valoración: 4/5
El slasher es uno de esos géneros que cayeron por su propio peso. La absurda repetición de esquemas y la explotación de sus clichés convirtieron a uno de los géneros más queridos por los fanáticos del terror en poco más que un bonito recuerdo. Si hoy se habla de él es, en gran medida, por la nostalgia. Mucho de su potencial artístico terminó consumido por el conformismo y la poca o nula creatividad de la industria. Jane Schoenbrun (cineasta estadounidense, cuya obra está atravesada por la juventud, las pantallas y un tipo de suspenso muy particular) convierte esa nostalgia y esas posibilidades desperdiciadas en protagonistas de una película disruptiva, que se siente como un comentario directo y punzante tanto al corazón de Hollywood como al pasado, presente y futuro del entretenimiento masivo.
En su historia, Kris Williams, una directora de cine interpretada por Hannah Einbinder, debe revivir la franquicia de terror Camp Miasma tras décadas de olvido. Por eso visita a Billy Presley (Gillian Anderson), protagonista de la primera película, y un rostro que lleva tatuado en la memoria desde niña. Su casa es el campamento rodeado de cabañas, contiguo a un gran lago, donde se grabó esa cinta original. Ella la recibe con esa amabilidad inquietante y el misterio que suelen caracterizar a algunos de los villanos más que conocidos por el público. El ambiente es perfecto para que las cosas pasen igual que siempre. La relación de ambas, sin embargo, pasa del suspenso a lo psicológico e inclusive a lo pasional cuando descubren que hay más de sí mismas escondido en su relación con el Campamento Miasma (dentro y fuera de la ficción) de lo que creían.
Lo más disruptivo de la mirada de Schoenbrun está en que no se apega a su narrativa, sino que divaga dentro de ella hasta hacerla estallar en los delirios de sus personajes y en los suyos propios. Se distancia de las convenciones y toma aire. Cambia de perspectiva entre las capas que pone frente a la pantalla. Mezcla imágenes extravagantes, referencias a la cultura popular estadounidense, atmósferas retro, una banda sonora intensa, colores vibrantes, sarcasmo, fluidos, luces. Todo lo que el cine le permite para formular una declaración de intenciones queer, y manipular a su antojo los estereotipos que han moldeado la opinión de una parte de la sociedad y que, al tiempo, le han enseñado sobre el deseo y el castigo.
Esta es, en esencia, una película sobre el placer. El placer de descubrirse a uno mismo en sus fantasías y en las de los demás. No se puede clasificar dentro de un género estrictamente limitado, es una obra que fluye entre los bordes y que abre nuevos debates sobre los recuerdos y la propia identidad. Propone nuevas formas de entender y hacer cine, a las que también hay que acercarse con una mirada no tradicional. Se toma tan en serio su trabajo que no le importa que creamos que lo hace por capricho. Y quizás así sea.