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La Policía y el síntoma de la violencia en universidades

Daniel Mera Villamizar
21 de septiembre de 2026 – 12:05 a. m.

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No bastará con capturar a los encapuchados; los murales del Ché y Camilo Torres con fusil podrían seguir en los campus.

Varios rectores sugirieron que la violencia, aunque ocurre en los límites del campus, es un fenómeno externo a la universidad y que esta es víctima y no cómplice. Los capturados del ELN serían la evidencia. Pero he aquí un contrafactual: si se rechazara por igual el ingreso de la Policía y el uso del campus por los violentos, ¿habría disturbios? La respuesta es no.

¿Acaso no debería existir rechazo a los violentos y aceptación de la Policía en los campus? ¿O un rechazo más intenso a los violentos que a la Policía? La respuesta es sí, pero la historia y la ideología están de por medio.

Asumamos que en una universidad son 50 los individuos involucrados (infiltrados y estudiantes) en los delitos de fabricación y transporte de explosivos, ataque a la Policía y perturbación del orden público, y que se logra capturarlos a todos, judicializarlos y condenarlos. ¿Se habrá acabado el problema?

En “Medidas para erradicar violencia de las universidades públicas” (01/jun/2026), sugerí una estrategia de disuasión tecnológica, inteligencia preventiva y cooperación interinstitucional de seguridad y justicia. No sugerí el ingreso de la Policía al campus persiguiendo encapuchados.

Sugerí, si se quiere, algo más sofisticado: atraparlos con muros emergentes dentro del campus a 50 o 100 metros de las entradas sensibles, y/o dejarlos por fuera del campus con accesos automatizados resistentes. La Policía entraría al campus en otras condiciones. No es tecnología de ciencia ficción. Las entradas a las universidades públicas son un chiste por lo atrasadas, dados los riesgos que enfrentan.

Si las empresas de seguridad y vigilancia que contratan las universidades no están cooptadas ni intimidadas por actores violentos y criminales, se puede hacer video-vigilancia inteligente dentro y alrededor del campus, con analíticas de vídeo y visión nocturna, y también tener lectores biométricos para el ingreso a zonas restringidas, se leía en esas “medidas”.

Por muy fino que resulte el protocolo para el ingreso de la Policía en caliente al campus, va a parecer “ochentero”, en un mundo de drones, Inteligencia Artificial y robots humanoides. Pero sea con la tecnología que toque, ¿se habrá acabado el problema si se captura a todos los involucrados en la violencia en un determinado momento?

Mi punto es que no. La persistencia de la violencia en el campus es el síntoma de una cultura política que, en última instancia, la justifica por razones ideológicas o políticas. La violencia no es solo lanzar papas explosivas para manifestarse o contra la Policía; es usar vías de hecho para imponer decisiones no democráticas de una minoría. Es también la violencia moral.

En las universidades públicas abunda la simbología justificadora de la violencia, desde murales del Ché Guevara y el cura Camilo Torres con fusil hasta consignas en las paredes que invitan a derrocar el sistema por la fuerza, simbología con la cual convive la comunidad universitaria como su entorno natural.

Cualquier rector sabe que si manda a borrar toda apología gráfica a la violencia, su gobernanza del campus se verá afectada porque el radicalismo de izquierda es una realidad, que además restringe el pluralismo político e ideológico.

Toda esta problemática no se resolverá solamente con capturar a los encapuchados que atacan a la Policía y afectan libertades de los ciudadanos. Es un paso. Y si hay un exceso policial y un desenlace trágico, se retrocede. Se necesita un enfoque integral, que incluye promover el pluralismo académico.

@DanielMeraV

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