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Un desastre puede abrir una coyuntura crítica para cambiar la cultura frente al riesgo y rediseñar el futuro. El caso de Quibdó.
¿Puede ser el terremoto la “coyuntura crítica” que nos permita un giro necesario en la trayectoria del país? Un cambio de mentalidad y de voluntad colectiva.
Somos un país de sismos, pero este terremoto parece haber tocado nuestra conciencia existencial por el desastre en varias ciudades y porque sabemos que la profundidad de su origen tectónico nos salvó de una destrucción apocalíptica.
Tal vez por las imágenes tan cercanas de la devastación causada por el reciente doblete sísmico en Venezuela nos sentimos advertidos y no preparados. Al menos en el centro del país y el occidente.
Así que una primera dimensión del impacto de la coyuntura crítica es si pasaremos de una cultura que convive fatalistamente con el riesgo de desastre a otra donde nos organizamos racionalmente para prevenirlo, reducirlo y mitigarlo.
Ese cambio cultural, incrustado en el Estado y la sociedad, nos evitaría los damnificados habituales por inundaciones, las víctimas fatales de vehículos sepultados o lanzados al abismo por deslizamientos de tierra de montañas, y las casas y edificaciones sin la mínima norma anti-sísmica.
En general, no tenemos una cultura sólida de aseguramientos contra riesgos (ni de prevención), pero los riesgos derivados de la naturaleza nos ponen en una dimensión colectiva más abrumadora. La solidaridad muestra que nos sentimos parte de todos.
Hemos tenido sí los escándalos de corrupción en la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD), una muestra de la seriedad con la que una parte de la clase política se ha tomado un asunto de vida o muerte.
La segunda dimensión de mentalidad que la “coyuntura crítica” del terremoto podría contribuir a cambiar es el tipo de futuro que nos imaginamos como país.
Cuando hablamos de reconstrucción, obviamente no estamos pensando en reconstruir tal cual, porque por algo los activos no resistieron el sismo. Es lo que se llama “reconstruir mejor”. No simplemente restaurar activos dañados, sino corregir vulnerabilidades preexistentes.
Una siguiente capa de la reconstrucción después de un desastre es que puede ser una política de desarrollo, no solamente una política de reparación, es decir, implicar una transformación de configuraciones económicas y espaciales. Una “reconstrucción creadora”.
La cuestión es que el terremoto derribó edificios y casas, no las ideas y patrones que explican la situación previa. Una reconstrucción con el mismo pensamiento probablemente no será “creadora”. En primer lugar, porque no hay proyectos innovadores estructurados. Piénsese, por ejemplo, en vivienda.
De ahí el potencial de la “coyuntura crítica” para posibilitar un cambio. Un desastre puede aflojar temporalmente restricciones políticas, vuelve evidente el costo de hacer las cosas mal, allega recursos extraordinarios, aumenta la disposición de la población a aceptar cambios. Hoy tenemos esos factores favorables.
En esta ventana abierta por la “coyuntura crítica” del terremoto, por ejemplo, el presidente podría ofrecer una reconstrucción creadora de Quibdó conectándola con un puerto de aguas profundas en el Pacífico chocoano, la carretera al mar y la plena navegabilidad del río Atrato para salir a los mercados del océano Atlántico por Puerto Antioquia (Turbo), con una renovada vocación productiva del departamento. Probablemente le comprarían el paquete.
Con un mensaje: si la reconstrucción es solo gasto público, sin crear valor económico en desarrollo productivo y mercados, será menos viable. Seguro el Plan Marshall que el presidente prometió allá, por la ambición que evoca, podría abarcar algo así.
Tendría que convencer a alguien que él respeta capaz de liderarlo, Enrique Peñalosa.
