8 Sep 2020 - 5:01 a. m.

Abe, de largo alcance

En la gran carpa del juego político internacional siempre hay quien represente la prudencia, la visión y la claridad requeridas para equilibrar las arremetidas de los improvisados, los impulsivos y los que piensan que su poder interno les garantiza una supuesta prestancia internacional que suelen usar para alimento de la adoración de sus seguidores.

Con la partida de Shinzo Abe, debido a problemas de salud, el grupo de los dirigentes de talla mundial pierde a uno de sus protagonistas más experimentados, confiables y serenos. El hecho de que el Japón no figure a diario en la lista de países problemáticos, para nada le resta importancia y peso en el destino del mundo al comenzar el Siglo XXI.

Y el retiro de Abe puede ser infortunado, pues llega justo cuando la situación internacional en Oriente no es la más segura y tranquila.

EL crecimiento de China, y sus pretensiones de darle nuevo carácter a los dominios marítimos que son de su interés, por ejemplo mediante la “construcción de islas”, que poco a poco se van convirtiendo en generadoras de espacios marítimos y en bastiones militares, introduce un elemento de incertidumbre y genera un semillero de conflictos de consecuencias insospechadas.

Las relaciones con las dos Coreas, desde la aventura de la invasión japonesa a la península en la primera mitad del Siglo XX, nunca han sido fáciles. El resentimiento de la del Sur se ha vuelto parte de una tradición política y cultural. La carrera armamentista de la del Norte, con sus ejercicios militares que involucran de hecho al Japón como objetivo presumible, pone a prueba la paciencia de Tokio y exige respuestas políticas y estratégica adecuadas.

Las relaciones con los Estados Unidos, vitales para la defensa del país, en virtud del esquema de seguridad propio de la reconstrucción posterior a la guerra, se ven afectadas por la conducta errática del presidente de los Estados Unidos, que ha puesto en duda, y en riesgo de deterioro, las alianzas regionales o bilaterales que producían confort en el ánimo de sus aliados.

La significación económica del Japón, y su pertenencia automática al grupo de las potencias que discuten, en público y en privado, sobre el destino del mundo, requieren de sus gobernantes una visión que vaya no solo más allá de sus fronteras, sino que implica ciertas obligaciones frente a potencias de otros continentes, como es el caso de Europa, y una visión global cargada de buen criterio.

Sin perjuicio de los avatares propios del ejercicio del gobierno, y de propósitos incumplidos de su mandato como el Primer Ministro que más ha durado en el cargo, el Japón obtuvo con Shinzo Abe un periodo de estabilidad política conveniente para el manejo de sus asuntos internacionales.

El gobernante saliente representa y evoca las características deseables de aquellos a quienes corresponde ayudar a orientar a un mundo sumido en la incertidumbre de varios años, al ritmo de personajes como Trump, Putin, Erdogan, Bolsonaro, Berlusconi, Lukashenko, Duterte, y hasta López Obrador y otros miembros menores de una comparsa que ofrece un espectáculo de egocentrismo, oportunismo, populismo y mesianismo que ya se pensaba superado.

Precisamente la presencia de Abe aportó elementos de serenidad y equilibrio útiles en esta época de mutaciones y sorpresas desagradables, cuando las instituciones internacionales pasan por momentos de pérdida de “tracción” para ayudar a que la comunidad de naciones no se salga del camino de la sensatez. Su encanto personal, y por supuesto su inteligencia como interlocutor de los principales líderes del mundo, consiguieron para los intereses del Japón, y para la convivencia internacional, un margen de reconocimiento y de respeto muy valiosos.

Contra lo que se pudiera esperar, la designación del sucesor del Primer Ministro no le corresponde en este momento al pueblo japonés y ni siquiera al parlamento, sino que obedece a un mecanismo interno de su Partido, el Liberal Democrático, que funciona sobre la base de grupos tradicionales e institucionalizados, que se disputan el poder interno del partido en torno de asuntos de políticas y de lealtades personales y sentimiento de identidad colectiva.

De la discusión programática se ocupará, de manera específica, el nuevo primer ministro cuando resulte investido, a medidos de septiembre. Momento en el cual también realizará un ejercicio típico de “milimetría”, que concede ministerios y opciones de ejercicio de poder, cuidadosamente repartidas según las proporciones de las distintas fuerzas que lo apoyan. También entonces se conocerá el destino de la famosa “Abenomics”, símbolo de un liberalismo a ultranza.

Hacia adelante, será necesario redefinir los vínculos en materia de seguridad con los Estados Unidos, alianza más útil y menos azarosa y costosa para el Japón que la de lanzarse en una carrera armamentista en busca de us propia defensa. Algo que sería más fácil si también hay relevo en Washington, pues el esquema Trump estima que los países con los cuales los Estados Unidos tienen acuerdos de defensa, deben “pagar por la protección”, como en cualquier barrio de su ciudad natal. Como si esas alianzas solamente representaran ventajas para los “protegidos”.

También aparece la meta de fortalecer el buen entendimiento con la República Popular China, de manera que se evite formar parte de una polarización que ponga trabas al multilateralismo, la apertura comercial y la cooperación no solamente económica sino política, en busca de estabilidad en una región cuyo deterioro puede ser grave para todas las partes.

China es el principal socio comercial del Japón, y los Estados Unidos sus principales socios políticos y estratégicos, y es preciso navegar con cuidado las aguas de la rivalidad entre esas otras dos potencias. Al mismo tiempo habrá que mantener la armonía y la amistad con Europa y al resto del bloque occidental. Y atesorar las buenas relaciones personales de Abe con el presidente ruso, que juega un papel relevante hasta el extremo del Asia. Y no sumarse a la intromisión en la política china respecto de Hong Kong, efecto apenas explicable del acuerdo de 1997 con los británicos.

El nuevo gobierno japonés, después del vuelo largo y seguro bajo la dirección de Shinzo Abe, deberá además sanar las dolencias económicas y anímicas de la pandemia, afrontada exitosamente desde el punto de vista de la salud pública, debido a sus costumbres ancestrales y su cultura de aislamiento y respeto por el fuero del otro, pero que trajo para el país enorme decepción por la imposibilidad de realizar los juegos olímpicos, como es explicable por los efectos que un evento de esa magnitud puede traer para un país y para el ánimo de su gente. El rumbo que tome depende de quien salga triunfante de las discusiones y disputas internas, en los conciliábulos del Partido Liberal Democrático. Como si estuvieran aquí.

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