Míralas tan activas y activistas

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Míralas tan que se mueven con un panfleto como este escondido en el bolso, siempre atentas, siempre dispuestas a vomitar su retahíla de frases incendiarias y de amañadas razones históricas contra todo aquel que piense distinto, dividiendo, sembrando más odio sobre el odio, metiendo miedo, justificando sus disparos con luchas a favor de las víctimas, sin que les importe mucho victimizarlas más, y victimizándolas, llevándolas al campo de la lástima y la no acción. Míralas tan que van por las plazas y los pasillos autodenominándose activas y activistas, incitando, removiendo pasiones —nunca razones—, inventando enemigos y considerando que esos supuestos enemigos fueron los responsables de todos sus yerros. Míralas, crucificando a noventa inocentes para condenar a un supuesto culpable que les dé el honroso título de redentoras.

Míralas tan que van por el mundo con sus diplomas y sus sonrisas hechas a la medida, convencidas de su sabiduría de cartón, poniéndole números a todo lo que ven, midiendo en informes numéricos, estadísticas y gráficas lo humano, cada vez más seguras de que lo humano se puede medir. Míralas tan que andan por la vida con sus miradas displicentes, sus palabras abreviadas y sus diminutivos, llamando al que ven o se encuentran también en diminutivos, Lau, Pau, Sebas, Nico, para sentirse amables, para creerse queridas, para mostrarse cálidas como se los enseñaron en algún curso de mercadeo primario, y sobre todo, para esconder con tanta dulzura sus aires de imaginada superioridad. Míralas, haciendo con sus «ismos» lo mismo que condenan en los otros «ismos».

Míralas tan que luchan, tan que claman justicia —su justicia—, tan que citan a Rosa Luxemburgo, a Martin Luther King y a Virginia Woolf, y tan que olvidan que Rosa Luxemburgo, Luther King o Virginia Woolf murieron por tratar de convencer, no por imponer, y escribieron sus obras para convencer, pues sólo desde la convicción, y a veces desde la seducción, podrían cambiar el estado de las cosas, y desde ahí transformaron muchas. Míralas tan que caminan con altivez para esconder sus múltiples carencias, ese saber que en el fondo no han hecho nada más que gritar y herir y que dañar el nombre de decenas sin culpas, y que sus discursos son simplemente discursos, palabras sin fondo, sin convicción, sin honestidad. Míralas tan defensoras de lo digno, pero buscando una cuota o un premio simplemente por ser ellas, y porque ha sido el pérfido mundo el que las ha opacado.

Míralas tan que se esconden de sí mismos para tratar de ignorar que en realidad, ellas son las víctimas de sí mismas.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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