Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Una cosa es el ingenioso calambur que con un juego inteligente de palabras nos da dos vueltas, y otra muy distinta la malintencionada manipulación de la información que le tuerce el cuello a la realidad. Esta comparación me resulta inescapable por estos días en que lo que se lee y circula, de boca en boca y de imagen en imagen, logran que una cosa se parezca a otra sin que medie una operación de ingenio o inteligencia sino de burdo tegumento.
Todos recordamos la apuesta de Góngora que fue retado a decirle coja a Isabel de Borbón, esposa de Felipe IV. El poeta, con dos flores en la mano, se acercó a la reina y le dijo: “Entre el clavel blanco y la rosa roja, su majestad es-coja”. Pero no siempre la sutileza resulta evidente.
En 1972, durante la famosa visita de Nixon a Beijing, Henry Kissinger le preguntó al premier chino Zhou Enlai qué opinaba de la revolución francesa. La respuesta del líder chino hizo historia y carrera: “Es demasiado pronto para valorarla”. Los medios asumieron de manera equivocada que la referencia era a los acontecimientos de 1789 cuando, en realidad, la conversación giraba en torno a las revueltas estudiantiles de mayo de 1968. Hubo que esperar hasta el 10 de junio de 2011 —casi cuatro décadas— para que en el Financial Times de ese día saliera a la luz el verdadero contexto en boca de Chas Freedman, intérprete principal de Nixon en aquel entonces.
Una buena explicación de por qué fue tan exitosa la difusión de esta confusión la encontré en una publicación del Dr. Mohan Guruswamy, publicada en octubre de 2025. Según el autor, durante la presentación del libro de Kissinger On China, uno de los asistentes fue el mencionado Freeman, testigo de primera mano, como se anotó. Además de haber aclarado la verdad, agregó: “Recuerdo claramente el intercambio. Hubo un malentendido demasiado delicioso como para invitar a correcciones”. Innecesaria la calificación del comentario.
Pero lo innegable es que el cliché que surgió de este malentendido se tornó en referente de la sabiduría, de la visión de largo plazo y de la paciencia china, y se afianzó tanto que ha llegado incólume hasta nuestros días. Aún hoy se reproduce en boca de académicos, políticos, diplomáticos.
Otro ejemplo de confusión que no solo ha ganado terreno, sino que se ha convertido en mito, es la renuncia del emperador Hirohito a su divinidad. En efecto, forzado por las fuerzas de ocupación, el emperador japonés publicó un Rescripto Imperial el 1 de enero de 1946 en el que decía lo siguiente:
“Los vínculos entre Nosotros y nuestro pueblo han estado basados en la confianza mutua y el respeto. No dependen de meras leyendas y mitos. Ni están basados en la falsa concepción de que el Emperador es divino ni de que el pueblo japonés es superior a todas las razas y está destinado a gobernar el mundo”.
No obstante la declaración imperial sobre la falsedad de su “divinidad”, lo que se difundió fue diferente. Mientras los medios japoneses destacaron la igualdad entre el pueblo y el emperador, lo que se entendía como el paso hacia la democracia, la prensa extranjera decidió irse por otro lado. Solo para dar un ejemplo, destaco estos dos titulares de la prensa de Estados Unidos del 2 de enero de ese mismo año: del Chicago Tribune: “El Emperador niega el mito de la divinidad”; y del New York Times: “Japoneses atónitos por la decisión de Hirohito de abjurar la divinidad”.
Por supuesto, también fui moldeado por aquellos referentes. Al repasar la nota que escribí en el otoño de 1983 después de acompañar al embajador José María Villarreal a presentar sus Cartas Credenciales ante Hirohito, advertí lo siguiente: “(…) Por eso cuando se piensa en que los americanos no solamente le exigieron a Hirohito reconocer su calidad de derrotado, de vencido, sino que además lo obligaron a declarar ante su pueblo que no era descendiente de la divinidad, no deja uno de estremecerse ante el hecho de haberle estrechado la mano al último de los dioses y al más humillado de los mortales de este siglo”.
Si esto sucedió en el pasado, qué puede esperarnos ahora en este mundo de algoritmos y de IA. El despacho de la EFE que publicó El Espectador el 5 de agosto reveló un estudio que demuestra la dificultad de las personas para distinguir entre textos escritos por humanos o por la IA. Y la autora principal de la investigación realizada por la Universidad Villanova concluye “que la escritura generada por IA tiende a ser más clara, más directa y más fácil de procesar, mientras que las historias escritas por humanos suelen ser más sutiles y complejas”. Por lo menos, en el caso de mi pluma, se manifiesta una negativa rotunda a entregar las armas y a deleitarme con lo sabroso de un malentendido.
