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Desde hace rato cultivo la idea –ingenua, lo reconozco abiertamente, pero creo que hay que defender un margen para la ingenuidad acotada– de que en general a los gobiernos entrantes hay que darles un compás de espera para que muestren sus cartas reales. No me ha ido tan mal; calculo que, gracias a esa práctica, he podido reconsiderar mi opinión sobre algo así como el 20 % de los políticos elegidos a quienes he seguido con cierta atención. Podría dar muchos ejemplos. ¿No era Santos el candidato oficialista del gobierno de Uribe y no terminó apostándole duro a la paz? O, para salir de nuestras fronteras, ¿no hizo el general Park en Corea del Sur una reforma agraria radical y ultraeficaz?
Lamentablemente, en esta ocasión no voy a poder mantener esta modalidad particular de prudencia. El gabinete entrante llega con rasgos destructivos que no auguran nada bueno para el país. Comencemos con el infantilismo patético (al que, en todo caso, hay que reconocerle una buena dosis de imaginación para superarse a sí mismo). Primero, el mote de “patria milagro”. De la Espriella ha sido tocado por el Espíritu Santo, y así sucesivamente. Enseguida, un programa extremista que comienza con la incapacidad mínima para afirmar que se gobernará en nombre del país y no sólo en el de los que se impusieron (por un margen estrechísimo). Tercero, un desorden total y absoluto, como se vio en el extraño novelón de la posesión presidencial.
Para aquellos de nosotros que nos hemos fijado más en las malas artes de las desposesiones que en las de las posesiones, el tema tierras genera una inquietud mayúscula. ¿Volveremos a los horrores de la guerra contra el campesinado? Quisiera que no. Pero los antecedentes sugieren que habrá problemas serios en este frente. Aquí se requiere un seguimiento cuidadoso para la defensa de los derechos.
De lo que sí podemos estar completamente seguros es de que sí tendremos guerras. Algunas metafóricas, otras factuales. Ejemplo de las primeras es la “batalla cultural” que prometen, que encabezarán desde sus respectivos ministerios sendas lumbreras. “Sacar a Marx de la universidad para meter a Dios” es una propuesta que desconoce de plano la libertad de cátedra, las realidades universitarias (muchísimo más diversas de lo que pretende la frase) y también nuestra propia historia. Si la conocieran mínimamente, entenderían que el segundo personaje mencionado no es un antídoto infalible para la presencia del primero. ¿Y cómo harán para sacarlo? ¿Con prohibiciones? ¿Con intimidación? ¿Con censores y sensores (para ver quién toca temas prohibidos en el aula)? ¿Con medidas administrativas? Fantasías de inquisidor, que, nuevamente, son increíblemente infantilizantes. Quizás creen desastres, quizás simplemente tengan el efecto de dotar con el atractivo de lo prohibido a toda una cantidad de libros, aumentando su número de lectores. Con respecto a las guerras factuales, ya veremos cómo se desarrollan las ofensivas de rápida resolución que se prometen. En lo poco que se ha mostrado, advierto grandes dosis de improvisación, irreflexión y agresividad. Los costos humanos de esta combinación pueden ser devastadores.
Para pocos es un secreto que este espeluznante relajo puede derivar en una desestabilización a gran escala. Entendibles, por tanto, las reservas de los políticos más recorridos, algunos de los cuales esperan adelantar sus cositas bajo el nuevo gobierno, pero sin pignorarle su responsabilidad política. En realidad, la carta salvadora de aquel es el apoyo de Trump, lo que revela otra de sus características malsanas: su naturaleza antinacional. Pero Trump es un tipo que hizo de la deslealtad una profesión (¿no le clavó ya aranceles adicionales a la patria milagro?). Y no le está yendo tan terriblemente bien. Tanto las encuestas como las elecciones adelantadas sugieren que, en la renovación parcial del Congreso de este noviembre, los republicanos pueden obtener un resultado muy malo. Si pasa eso, entonces nuestros gobernantes, en efecto, necesitarán dosis cada vez mayores de ayuda del Espíritu Santo.
