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A principios de este gobierno, se anunció que Colombia se retiraría de la Ruta de la Seda, una iniciativa china que prometía al país amplias oportunidades para su desarrollo. Poco después, se informó que el país llevaría a cabo acciones militares conjuntas con los Estados Unidos. En los últimos días, también se ha rumoreado que saldríamos de la Corte Penal Internacional.
Uso la forma “pasiva refleja” (“se dijo”, “se hizo”), que no me encanta, porque en este caso es la adecuada: en ninguna de estas notificaciones tuvieron las autoridades colombianas arte ni parte. Nuestra renuncia a participar en la Ruta de la Seda la declaró Nathaniel Morris, ungido para ser embajador estadounidense en Colombia. El mundo conoció lo de las acciones conjuntas a través de Pete Hegseth, el secretario de Guerra de la potencia del norte, hazmerreír y personaje despreciable (ya tendré oportunidad de hablarles de él), que, sin embargo –ya ven–, puede hablar en nuestro nombre y contarnos lo que hará nuestro ejército o no. Lo del retiro de la Corte Penal Internacional no es oficial, sino apenas un rumor (que ya ha generado, muy en nuestro estilo, doctas disquisiciones jurídicas). Impulsarlos es práctica habitual en ciertos círculos internacionales cuando se quiere enviar un globo de prueba y evaluar las reacciones. El cerco a la Corte parte de la orientación extremista del gobierno de Trump, concentrado en acabar con esa institución, que ha incurrido en pecados mortales al, por ejemplo, convertirse en una instancia para confrontar jurídica y políticamente el genocidio israelí. Todo parece indicar que el rumor no tiene origen colombiano.
Nuestro gobierno está siguiendo aquella orientación al pie de la letra. El terremoto que sufrimos sirvió para demostrar que la ciudadanía mantiene altas reservas de solidaridad y empatía, pero también fue escenario de aún otra demostración de servilismo inverosímil. La ayuda mexicana fue resistida y estigmatizada por el oficialismo y sedicentes periodistas, que se entretuvieron en someter a un tercer grado a los “topos” manitos que venían a salvar vidas colombianas. Esto me duele terriblemente (se sabe que las primeras horas después del sismo son cruciales para rescatar gente). Pero tengo que confesar que también me enferma la ridiculez. ¿Temían qué? ¿Una truculenta infiltración comunista? Los topos venían a ejercer su oficio, pero además México es sólidamente capitalista (a propósito: un poco más exitoso, o menos fallido, que nosotros).
Y, en medio de la tragedia, el gobierno no solamente reconoció la soberanía de Israel sobre los Altos del Golán, generando una crisis diplomática que tendrá repercusiones negativas en el futuro, sino que trajo a Colombia a más de 80 miembros de la fuerza armada de ese país. No creo que esa puerta se vaya a cerrar: ingresarán a más de estas personas con diversos pretextos. También, de diferentes formas, instrumentos y servicios de inteligencia israelíes. Ahora bien: Israel está llevando a cabo, en estos momentos, un genocidio, el peor crimen posible contra la humanidad. No creo que quede margen para la duda razonable de que esto es así. Traer a estas gentes al país es un acto de barbarie, y terminará siendo un peligro para amplios sectores de nuestra población.
A todas estas, ¿en qué queda la consigna de “Firmes por la patria”? Es sólo un detalle, pero incómodo en todo caso. Habría una solución simple: reemplazarla por la reivindicación del Spartan Spirit (nótese: la expresión está adecuadamente en inglés y forma una bonita sigla). Este espíritu, que denota valentía y resiliencia, expresa los valores de la Spartan Race, una carrera ideada en Estados Unidos, pero que hoy se corre en varios países. Consiste en reptar por el fango hasta la meta. Nuestros gobernantes parecen estar practicando para ganarla. Sólo que, en nuestro caso, no queda claro cuál es la meta. ¿Dónde estará? ¿Cuáles son los objetivos para Colombia? Sería bueno que alguien, incluso si es Peter o Nathaniel, nos lo contara.
