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La democracia se debilita cuando cada vez más políticos priorizan el contenido que publicarán en redes sociales por encima del trabajo para el que fueron elegidos. Desde hace años, estas plataformas les permiten comunicarse con los ciudadanos, mostrar su trabajo y rendir cuentas. También han modificado los incentivos del ejercicio político. Una intervención, un debate o una protesta se valoran tanto por su contenido como por su capacidad de captar atención y circular.
Lo ocurrido esta semana en el Congreso fue una nueva manifestación de ese proceso. El Senado negó la moción de censura contra el ministro de Vivienda, Jaime Andrés Beltrán, con 61 votos en contra y 27 a favor. Como la decisión de una cámara impide que la otra vote la misma moción, el debate previsto en la Cámara quedó sin efecto. La oposición tenía razones de sobra para cuestionar el orden de las votaciones.
Durante la sesión, sin embargo, aparecieron pelotas de playa, flotadores y elementos alusivos a las vacaciones del ministro en Santa Marta durante la emergencia causada por el terremoto. Un representante llegó vestido con ropa de playa. La conversación se concentró en los disfraces y los inflables, mientras la conducta del ministro y la maniobra del Senado quedaron relegadas. El espectáculo ocultó las razones de la protesta.
La crítica no está en usar símbolos. Bien utilizados, hacen visible una denuncia y facilitan su comprensión. Pero pierden su sentido cuando la atención deja de estar en la causa y se concentra en quien los exhibe. Lejos de reforzar el reclamo, los inflables y el vestuario lo diluyeron por completo.
Bernard Manin llamó «democracia de audiencia» a una forma de gobierno representativo en la que se debilita la identificación partidista y gana importancia la imagen de los candidatos. Los políticos proponen asuntos, observan la respuesta del público y ajustan su estrategia. Formuló el concepto cuando la radio, la televisión y las encuestas mediaban la relación entre representantes y ciudadanos.
Con las redes sociales, la reacción del público se volvió inmediata y cuantificable. Cada interacción muestra qué capta la atención. El trabajo parlamentario responde así a dos públicos: uno sigue el debate completo; el otro recibe en las redes apenas una frase, un gesto o una imagen. Ante este último, los políticos se disputan la atención con escenas capaces de circular, aunque aporten poco a la discusión.
Un análisis de cerca de dos millones de intervenciones en la Asamblea Nacional francesa entre 2007 y 2024 encontró una transformación similar. Los registros emocionales, en particular la ira, pasaron de dominar cerca del 22 % de las intervenciones a casi el 40 % después de 2022. También se acortaron, mientras aumentaron las interrupciones conflictivas y las secuencias diseñadas para las redes sociales.
Pretender aislar al Congreso de esta transformación sería absurdo. Las redes pueden ampliar el acceso a los debates y fortalecer la rendición de cuentas. El ejercicio parlamentario se deteriora cuando los congresistas buscan reafirmar su identidad política ante sus seguidores, en lugar de persuadir, controvertir información o modificar una decisión. La responsabilidad consiste en evitar que la comunicación digital termine determinando el ejercicio parlamentario.
La responsabilidad tampoco recae únicamente en los congresistas. Cuando convertimos cada provocación en tendencia, compartimos el video y valoramos a un representante por su capacidad de entretener, señalamos qué comportamientos reciben atención. Las plataformas convierten esa atención en visibilidad y la visibilidad en capital político. Esto no equipara las responsabilidades. Quienes ocupan una curul reciben un mandato, recursos públicos y poder institucional. Deben resistirse a confundir visibilidad con representación.
Como ciudadanía, nos corresponde examinar qué convertimos en relevante. Los símbolos y las redes seguirán formando parte de la política y, bien empleados, pueden fortalecer el control político. Pero cuando la forma borra el fondo, un representante puede ganar visibilidad mientras la democracia pierde el debate. ¿Recurrieron al espectáculo porque sus argumentos, por sí solos, no tenían fuerza suficiente para llamar la atención?
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Falcon(13720)•Hace 51 minutosPara Bertolt Brecht, el teatro no debía elegir entre divertir o educar, sino que ambos conceptos eran indisociables: la máxima función del arte era lograr una diversión inteligente. Brecht argumenta que la tarea principal del teatro es entretener, pero defiende que no existe mayor placer ni diversión más elevada que aprender, descubrir la verdad y desarrollar el pensamiento crítico -gpt-. ¿lo lograrían con esa puesta en escena?
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Ccdaw(0kmc6)•Hace 1 horaNo es la actuación, ni el actor, es el daño que hace.
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Gines de Pasamonte(86371)•Hace 2 horasMuy fácil hacer un análisis de lo que rodea a un hecho y no al hecho mismo. Una forma de barnizar, de maquillar una realidad ofensiva. ¿Nos tomas por giles, Gabriela? Lo de sustancia ha sido puesto en un segundo plano con una argucia sofística que pretende ocultar lo que ha causado indignación, repito. Es la misma cháchara que usan los encantadores en plazas públicas, quienes capturan la atención de multitudes en torno a una “cabeza disecada” con poderes mágicos. ¡Algo parecido! ¡Por favor!
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Blanca Nora(79963)•Hace 4 horasMe gustó su columna. Bienvenida.