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Jamás será igual hablar sobre la guerra desde la calma de un escritorio que desde el territorio donde las muertes suceden. Eso mismo siento ahora frente a lo que nos pasó el 10 de agosto. No estuve en Cali, en el Eje cafetero, ni en Buenaventura o el Chocó, ese lunes a las 7:34 a.m., cuando la tierra y la vida se partieron, y entre nubes de polvo y gritos de miedo, empezó una tragedia colectiva que apenas empezamos a dimensionar. Y por eso me parece casi atrevido escribir –desde mi casa en pie– sobre el dolor de las víctimas, el valor de los médicos que salvan vidas con medio hospital caído, la fortaleza de los rescatistas, la bondad de las manos que entre la generosidad y la tristeza no han parado de dar ayuda.
Hoy no escribo desde la vivencia, solo desde la consideración y desde la solidaridad que millones de colombianos sentimos; desde el respeto por los que perdieron la vida, y por quienes la conservan pendiendo de un hilo, de una esperanza; desde la ternura por los niños que murieron abrazados a sus abuelos, y por los bebés rescatados entre los escombros; desde el compromiso con los hospitales que perdieron sus paredes pero no su alma, y las escuelas derrumbadas y los niños que necesitan volver a un sitio seguro donde quizá alguien les enseñe a comprender el mundo.
Ningún país puede volver a ser el mismo, cuando en un instante mueren más de 290 personas y quedan 4.000 heridas y 54.000 familias damnificadas; una semana después tenemos más de 300 desaparecidos, 15.000 viviendas derruidas y, en una ciudad, 100 niños sin familia; cuando todo ese dolor sucede y la consigna tiene que ser un país que abrace y solucione, Colombia no puede, no debe, seguir siendo la misma.
Si la naturaleza cobró tantas vidas y tantos lo perdieron todo, los sobrevivientes debemos hacer cuanto esté a nuestro alcance no sólo para reconstruir lo físico, sino para salvaguardar lo humano, fortalecer el espíritu de una sociedad que hoy está aún más obligada que siempre a proteger la vida de los demás.
Difícil pensar en un momento más absurdo para cometer actos violentos que después de un terremoto. ¿Con qué cara un guerrillero va a constreñir al Baudó? ¿Con qué vergüenza van a extorsionar al que trae su canoa llena de plátano verde por el río San Juan o al pescador de atarraya en el recodo del Atrato? ¿Con qué autoridad las fuerzas del Estado bombardean el Catatumbo la misma noche del mismo 10 de agosto en el que la tierra fue tan cruel?
Sensatez, por favor. Sensatez en las manos que disparan armas de contrabando y en las que matan con armas oficiales. Sensatez en quienes manejan drones cargados de explosivos para destruir campamentos de insurgentes, o casas de campesinos o estaciones de policía. Sensatez en el presidente que encuentra “cálida y enriquecedora” la conversación con un genocida; en las autoridades que les niegan la entrada a rescatistas expertos (sólo por venir de países gobernados por la izquierda), y reciben con beneplácito a soldados enviados por quienes destruyeron Gaza. Sensatez en los traficantes de coca y de oro que no comprendieron los llamados de paz, y siguen envenenando al mundo y destruyendo la naturaleza. Sensatez en los que alaban la brutalidad de las balas, en los maltratadores de toda índole, en los déspotas y en los militaristas de oficio; en los que confunden espiritualidad con idolatría, en los que extorsionan y en los que amenazan. Sensatez en los sembradores de miedo, porque de eso hay sobre oferta y ya no hay quién se los compre.
Sensatez, consideración y soluciones. Comprendamos que es urgente proteger la vida, todas las vidas.
