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Este domingo, los brasileros irán a las urnas para elegir su próximo presidente. Los favoritos son el senador Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, y el actual presidente Luiz Inácio Lula da Silva, quien aspira a gobernar su país por cuarta ocasión. Según los sondeos, habría una segunda vuelta el 25 de octubre.
Durante varios meses, Lula apareció en las encuestas obteniendo las mayorías en ambas vueltas, sin embargo, en las últimas semanas se registra un empate técnico entre él y Bolsonaro.
El escándalo derivado de las operaciones irregulares del Banco Master enrareció el ambiente y tocó a las dos campañas. A Bolsonaro de forma directa y a Lula a través de un destacado dirigente de su partido, entre otros.
Mientras Lula plantea una agenda social con responsabilidad fiscal e inversión productiva junto con una narrativa de soberanía nacional para enfrentar la hostilidad del gobierno de los Estados Unidos, Bolsonaro promueve los valores conservadores de seguridad, religión, orden y reducción del Estado, así como un alineamiento incondicional con la Casa Blanca.
Esta elección tiene una importancia regional mayor que aquella que había tenido siempre por tratarse del país con el territorio y la economía más grande de Sudamérica. En esta ocasión, un triunfo de Lula mantendría a Brasil por fuera de la órbita política de Trump y Rubio y, en cambio, un triunfo de Bolsonaro significaría que casi toda Sudamérica sería parte del Escudo de las Américas promovido desde Washington. Si Lula gana, sobreviviría el último bastión progresista de la región, y si Bolsonaro obtiene la victoria, la derecha se consolidaría en el sur del continente.
Si Lula sigue en el poder, tendría continuidad la línea de políticas regionales conservacionistas de la selva amazónica que lidera, con el apoyo del actual gobierno brasilero, la Organización del Tratado de Cooperación Amazónico –OTCA–, pero si el mandatario llega a ser Bolsonaro habría un debilitamiento de esta organización y un incremento de las actividades extractivas en la Amazonía, lo cual seguramente incluiría la apertura a los intereses extranjeros en los minerales críticos y las tierras raras que hoy son económicamente estratégicos.
El próximo domingo empezará a definirse el futuro de Brasil, pero también el de todo el hemisferio sur.