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Cerebro o músculo

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Cerebro o músculo, calle o casa, campo o ciudad, suicidio o vida. Nos la pasamos decidiendo entre dos cosas u optando por una tercera, que es irse por ambos rumbos: ni cerebro tan solo ni puro ejercicio; las dos cosas a su debido tiempo. ¿Agorafobia y encierro o vida al aire libre y claustrofobia? Conviene el estudio entre las cuatro paredes, en silencio solitario, y conviene ver el mundo, caminar conversando, la filosofía peripatética que tanto bien nos hizo en la antigüedad. ¿La corte o la campiña? Pues si se puede y tiene uno los recursos para sacarle gusto al arte citadino (cine, museos, bares, librerías, consultorios, conciertos, conversación, restaurantes) y a la naturaleza del campo (mugidos, trinos, lluvia, tormentas, árboles, arroyos, desiertos, páramos, mar, lagos…), ambas cosas. Opto siempre por lo tercero, que consiste en no renunciar a ninguna opción. ¿Vivir o morir? Hombre, la vida no se pide, es un regalo que nos llega gratis, y habrá que aprovecharla; pero parece, solo parece, que hay que morir si nos toca; y si la vida no nos gusta o se vuelve imposible, entonces se puede, como en el ajedrez, resignar, es decir, resignarse a morir y, antes de que nos maten los poderosos, la enfermedad o la angustia, tumbar el rey de un papirotazo: matarnos.

No me parece difícil llegar a esta conclusión. Pero sé que hay personas que detestan el campo (“ese lugar donde los pollos se pasean crudos”, que dijo Woody Allen), y otros que desprecian la corte (“¡Qué descansada vida/ la del que huye el mundanal ruïdo/ y sigue la escondida/ senda por donde han ido/ los pocos sabios que en el mundo han sido!” de fray Luis). Sé que hay atletas que viven para correr, pedalear, levantar pesas, y atletas de la mente que se encorvan leyendo, calculando, escribiendo, pensando ante un escritorio o atrincherados en un rincón. Para todo hay puritanos: vitalistas convencidos y suicidas de nación. Hiperactivos como un hámster y sedentarios como osos en perpetua hibernación. Habría que volver a leer el Eclesiastés:

Todas las cosas tienen su momento, hay un tiempo oportuno para cada asunto bajo el cielo. Tiempo para fecundar, tiempo para morir; tiempo para plantar, tiempo para arrancar lo plantado; tiempo para matar, tiempo para curarse; tiempo para demoler, tiempo para construir; tiempo para llorar, tiempo para reír; tiempo para estar de luto, tiempo para danzar; tiempo para arrojar piedras, tiempo para recogerlas; tiempo para abrazarse, tiempo para soltarse de los abrazos; tiempo para buscar, tiempo para perder; tiempo para conservar, tiempo para malgastar; tiempo para rasgar, tiempo para remendar; tiempo para callar, tiempo para hablar; tiempo para amar, tiempo para odiar; tiempo de guerra, tiempo de paz.

Hay otra especie de gente, por supuesto, y suelen ser fanáticos: solo odian, matan, ganan, hablan, rompen, acumulan, buscan, tiran tiros o piedras, no lloran: hacen llorar. ¿Por qué no te callas? ¿Por qué no hablas y nunca me contestas? ¿Qué te pasa que no te ríes nunca? ¿Por qué no dices nada en serio? ¿Por qué a veces no bebes y a veces no ayunas? ¿Por qué no te entregas a la intensidad de la vida para poder morirte vivo y plenamente? O ¿por qué amas a toda hora como si la vida fuera un postre, una melcocha? ¿Qué necesidad tienes de bailar hasta en misa sin parar? Bésame, pero con menos babas. No, mientras nado y pienso, mientras pienso y nado, mientras camino y me paro un momento a mirar colibríes o a oír guacharacas, mientras converso y escucho y callo, mientras me refugio en la música y en el silencio, no comprendo que haya que escoger. Neuróticos de todos los países: yo no escojo nada, es decir, opto por todo lo que pueda hacer.

Y sin embargo, lo debo confesar, como no sé qué quiero, porque lo quiero todo, vivo de aquí para allá, de un lado para otro, sonriendo y de ojos húmedos, hablando poco o mucho, sin parar o demasiado quieto, viajero sedentario, sin saber escoger entre la obra o la vida, y siempre en la duda de vivir o morir.

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