1 Oct 2020 - 3:00 a. m.

Elogio de un conservador

Así como hay curas —unos pocos curas— que me reconcilian con la Iglesia católica, y entre ellos, en estos días, nada menos que el papa, también ha habido entre los conservadores de mi tierra (para mí, que vengo de una familia de liberales) algunos representantes de esa ideología que me permiten entender y admirar ciertos valores del credo conservador. Uno de ellos fue el cálido y culto presidente Belisario Betancur. Otro es el protagonista de este artículo, un maestro, un lector, un rector y un jardinero: Juan Luis Mejía Arango.

Si mi memoria no fuera tan mala les podría decir cuándo y cómo conocí al “Mono Mejía”, el rector de la Universidad Eafit que se retira en diciembre. Como ese momento se me pierde en las brumas del tiempo, puedo empezar por contarles, en cambio, una iluminación que tuve con una lectura, la cual me ayudó a entender cuáles son los conservadores detestables y cuáles los admirables.

El típico godo que no soporto es una especie de fanático amargo y amargado que todo el tiempo juzga a los demás, y en ellos ve signos de corrupción, pecado, mezquindad y maldades incorregibles. Ese típico godo pertenece al género de los que en el viejo Caldas se llaman “azucenos”. Son más blancos y de mejor familia que los nobles de España y no hay en su sangre mancha de herejes, moriscos o conversos. Creen en la autoridad sobre todas las cosas y en el hecho para ellos incontrovertible de que en esta vida unos nacieron para mandar y otros para ser mandados. El típico azuceno es, por ejemplo, Fernando Londoño Hoyos, el godo insufrible que, por ser un hombre superior y dueño de la verdad, tiene incluso derecho a robar y, al mismo tiempo, a conservar la fama de íntegro y honorable.

Un conservador como Juan Luis, o como lo eran Belisario y Nicanor Restrepo Santamaría, tiene en cambio un espíritu tolerante, jovial, y un interés ético y estético por conservar aquello que sea, al mismo tiempo, benéfico y bello. Su inclinación a conservar se manifiesta como cautela ante el cambio por el cambio, y la convicción de que para crear algo bueno, más que revolcones violentos, se necesitan esfuerzo y tiempo. Las cosas bien hechas se hacen despacio, con orden y pulcritud. Es posible cambiar, pero procurando que el cambio no traiga más males que bienes. Y lo que orienta la transformación o la conservación es un hondo sentido estético que da pistas sobre lo ético. La belleza, el sentido del gusto, la cortesía y la afabilidad son los caminos suaves para sacar lo mejor de los demás.

Después de 16 años al frente de Eafit puede decirse que Juan Luis Mejía entrega una universidad extraordinaria, la primera privada de Medellín (aunque privada que invierte todas sus ganancias en ella misma, sin entregarlas a ningún dueño real o hipotético), y la segunda del departamento, después de la Universidad de Antioquia. Eafit ya no es una escuela técnica y financiera para “administración de herencias”, como se decía antes, sino una universidad que tiene en su centro la cultura en un sentido pleno. Música, literatura, ciencias, humanidades, ecología. Juan Luis no ha sido un gerente (aunque sí un administrador austero y responsable) sino un humanista, un espíritu conciliador y de cultura que a nadie quiso imponer su credo o sus convicciones más íntimas, sino que siempre respetó a los profesores y a los estudiantes, y los acompañó con el ejemplo, la afabilidad, y lo más obvio en un gran educador: la buena educación.

Mencioné antes su sentido estético como guía. Esto ha sido central en su forma de ser, que se manifiesta en algo que dije de paso: Mejía se define, ante todo, como un jardinero. Y cualquiera que vaya al campus de Eafit y vea sus árboles, sus rosas, sus orquídeas, entenderá que una universidad jardín no es un adorno, sino algo que dispone la mente al pensamiento, a la contemplación, a la belleza, y por ahí derecho, a la bondad. Difícil pedirle más a este gran conservador de lo mejor e innovador de lo bueno.

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