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La caída del Cristo 

Sacerdote muere en Ecuador tras caerle una cruz en una misa transmitida en directo
Héctor Abad Faciolince reflexiona sobre la muerte del sacerdote al que le cayó encima el Cristo Rey en plena misa.

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Decía Lichtenberg que “por mucho que se predique en las iglesias, conviene que en sus torres se instalen pararrayos”. Si párrocos y obispos tuvieran una confianza ciega en Dios, con semejante aliado no sería necesario que sus casas o sus campanarios se construyeran con sistemas antisísmicos, especialmente en zonas de terremotos. La Divina Providencia no debe ser católica ni protestante ni judía ni islámica; los rayos caen por igual en basílicas, capillas, sinagogas y mezquitas. Incendia por parejo las casas de los creyentes y las de los ateos. Ninguna se libra, tampoco, de derrumbarse en los temblores. Recuerdo que en el terremoto de Popayán a muchos fieles les cayó encima el techo de la catedral de Nuestra Señora de la Asunción en plenos oficios de Semana Santa. Lo mismo ocurrió en el templo de San Francisco y en otras trece iglesias coloniales que colapsaron. Mi devota abuela decía que Dios no provoca esas cosas, sino que las permite, para poner a prueba nuestra fe.

En la casa de mis padres había, por un lado, retratos de ídolos laicos y racionalistas (Voltaire, Pasteur, Hume, Darwin, Russell…) y, por el otro, imágenes sagradas: una talla de la Virgen del Perpetuo Socorro, una pintura de Santa Ana enseñándole a leer a María niña, dos o tres crucifijos… Ni los unos ni los otros salvaron a la familia de enfermedades mortales y atentados fatales. Si no nos preservaron de desgracias, tampoco le hicieron a mi abuela la caridad de un pequeño milagro. Ella, semana tras semana, bajo una veladora apoyada en el marco del cuadro de Santa Ana, ponía siempre un cuarto de la lotería: jamás se la ganó y esa parte del cuadro terminó chamuscada. Entre devota y estoica, cada viernes, después de oír en la radio que su número no había salido, mi abuela decía que, por mucho que la necesitara, si Santa Ana no se la daba, era porque esa plata no le convenía.

Pienso en todas estas cosas al leer la noticia y ver el video del sacerdote ecuatoriano, Patricio Alfredo Sánchez Molinari, a quien, en plena misa y después de un sermón dedicado a la muerte que a todos nos puede llegar de repente, le cayó encima el Cristo Rey crucificado, en la Iglesia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, en Guayaquil. La gran cruz de madera, mientras el padre rezaba, se desprendió del altar, lo golpeó con perfecta puntería en la mitad del cráneo y lo mató en el acto. La misa se transmitía en directo y tanto los feligreses presentes, como los conectados, presenciaron el suceso. Cuando la suerte nos salva, a esa salvación le decimos milagro. ¿Cómo llamar al evento, igualmente azaroso, que nos mata? Unos le dicen castigo; otros, desgracia. Mi abuela diría que no hay mal que por bien no venga, pero no deja de ser curioso que una cruz de madera te caiga encima y te mate mientras le estás rezando.

El más reciente presidente de Colombia se posesionó el pasado 7 de agosto en Cali, entre plegarias de pastores evangélicos, rabinos judíos y obispos católicos. Para ser franco, a mí me hizo falta un imam. Pese a todo, y a la consagración anual de nuestra patria al Sagrado Corazón de Jesús (y la de Petro a la Virgen de Chiquinquirá), apenas tres días después de la posesión, el 10 de agosto, no muy lejos de Cali, ocurrió el terremoto con epicentro en San José del Palmar que dejó cientos de muertos y heridos, además de miles de edificaciones derrumbadas, e incontable gente sin hogar, especialmente en Pereira, el Chocó, Caldas y Cali. Si uno cree en milagros, siempre podrá decir, como mi abuela, que podía haber sido peor, digamos como el terremoto de La Guaira en Venezuela, con muchísimos más muertos y más destrucción. Si uno cree en castigos divinos, también podrá decir que mi Dios castigó con más rigor a Delcy Rodríguez que al mandatario local. Cuando uno cree en milagros, cae siempre parado.

En todo caso, y en honor a la lógica, al decir que los rezos no nos salvan, no afirmo que los rezos sean los culpables. Lo primero no implica lo segundo.

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Comentarios
  • Maria Eugenia(56068)•Hace 22 minutos
    Las donaciones para los damnificados son milagro para el milagrero.
  • Yesid(xq8m1)•Hace 32 minutos
    Me provocó mucha risa. ¡Pero ésta se desvaneció al pensar en que otras creencias que critican la idolatría y posan de mejor interpretación del credo, pero que son siervos que enriquecen a sus pastores y votan por quien les ordenen, detentando doble poder asquerosamente y enrumban países al abismo, ni siquiera tendrán su merecido por casos desgraciados y fortuitos como ese!
  • Enrrique(25171)•Hace 33 minutos
    Rían….. por qué no ríen !
  • Atenas(06773)•Hace 1 hora
    En sana lógica, Héctor, y aceptando lo q’ afirmas con el oportuno y lamentable caso del cura q’ en plena homilía, y tras hablar de la muerta y lo repentina q’ puede ser, lo “homicidó” la cruz erigida en ese altar, igual podemos decir de la izquierda de mierda: q’ así se nos presente como redentora, q’ con ella vendrá el cambio y la pobreza tendrá fin, lo suyo no es más q’ lora q’ sume pueblos enteros en la miseria y “homicida” a quien se le atraviese. Atenas
  • Carlos Arturo(92784)•Hace 3 horas
    Circula un video-meme que reemplaza al sacrificado cura por A-petardo. Que Dios nos perdone los malos pensamientos. Aunque viéndolo bien…….
  • Mauricio(69227)•Hace 4 horas
    Impactante insuceso para alguien que como mis amigos y yo sobrevivimos el terremoto de Popayán. Nos quedamos en un hotel en la plaza y vimos cómo se derrumbó el hotel y la catedral. Recuerdo imborrable. La cita de Lichtenberg es muy pertinente: como uno de los primeros físicos desmitificó los riesgos de las tempestades eléctricas y las altas torres de las iglesias.
  • ECh(15232)•Hace 8 horas
    A los 15 años, estuve en el terremoto de Popayán. Mi primera reacción fue agradecer a Dios porque a mi familia no nos pasó nada grave. Pero luego me pareció incoherente agradecer viendo la cantidad de personas que murieron, incluso quienes estaban rezando en la Catedral. Dos meses después me declaré ateo.
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