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Basta que el hombre más rico del mundo hunda un botón, baje un interruptor o chasquee los dedos para que cientos de personas mueran en Ucrania. Elon Musk ordena que desconecten Starlink en este país invadido por Rusia, o que funcione más lento, y de inmediato el ejército ucraniano no puede interceptar los drones enviados por Putin a golpear sus ciudades, sus centrales eléctricas, sus bibliotecas, imprentas, universidades o academias de ciencia. Ya no hay tiempo para activar las sirenas de ataque aéreo, de modo que la población civil baje a los refugios, o para destruir en el aire los misiles supersónicos rusos. Si no pueden defenderse, menos pueden atacar. Los drones ucranianos que intentaban alcanzar objetivos rusos se pierden y caen al suelo a mitad de camino. Trump, con una llamada, sin siquiera dar la orden, consigue esto, para humillar una vez más a Zelensky e instarlo a renunciar o a rendirse ante el más fuerte. Trump adora aplicar siempre la ley del más fuerte.
Mientras tanto, el mismo Musk gira a los candidatos al Senado del Partido Republicano cantidades de dinero sin precedentes. Miles y miles de millones de dólares, de modo que en Texas o en Ohio no pierdan una curul sus amigos y aliados. Los mismos que prohíben inmigrantes de “razas inferiores” mientras aceptan de brazos abiertos a sus compatriotas de Sudáfrica, siempre y cuando cumplan esta condición: que sean tan blancos como él.
Esta misma semana, en visita a Putin, el enviado especial de Trump para la paz en Ucrania, Steve Witkoff, se arrodillaba ante el ruso. ¿Por qué? Porque el ruso liberó a un profesor gringo (74 años), Stephen Hubbard, injustamente acusado hace casi un lustro de ser un mercenario. Este anciano, capturado en Ucrania, fue torturado y enviado a una cárcel lejana y Putin lo suelta ahora a cambio de que Trump borre de un plumazo sanciones aprobadas recientemente por el Senado y empiece a comprarle miles de toneladas de diésel.
Digo que Witkoff, que siempre ha estado del lado de Putin en esta mediación con Ucrania, cae de rodillas y le dice al tirano Putin, mientras este sonríe: “Usted ha dicho muchas veces que mi presidente, el presidente Trump, es muy humanitario; usted, señor, también es muy humanitario”. Vaya. El que ha llevado a la muerte a cientos de miles de sus propios ciudadanos; el que ha envenenado sin piedad disidentes y periodistas críticos; el invasor de Chechenia, de Georgia y de Ucrania, es tan humanitario como Trump, dice Witkoff. En un primer momento, mientras Putin recibe el inesperado piropo con su típica mueca maligna, me indigno, pero de inmediato recapacito y concuerdo. Es verdad, Trump es tan humanitario como Putin. Uno que apoya sin dudarlo al corrupto criminal de guerra Netanyahu, responsable directo del genocidio en Gaza; uno que amenaza desde su red social con aniquilar una civilización milenaria como la persa; uno que persigue a los latinos como si fueran animales enfermos y contagiosos, es de verdad tan humanitario como el mismo Putin. Es por esto que ambos se han entendido siempre tan bien, por esos rasgos humanitarios que los hermanan.
Otra cosa los une: su insaciable sed de oro negro, de diésel, de petróleo, de gasolina. Lo que más le duele a Trump es que Zelensky haya bombardeado con éxito las refinerías de gas y de petróleo ruso. Para Trump es más valioso el petróleo que la sangre humana y, por lo mismo, que Putin mate ucranianos todos los días, es mucho menos grave que el crimen de Zelensky cuando consigue alcanzar y quemar las refinerías de petróleo ruso. Por su culpa, dice el humanitario norteamericano, el combustible está tan caro; no por su guerra en Irán, sino por culpa del judío ucraniano.
El trío del hombre más rico del mundo, Musk, de gancho con el más poderoso de nuestro planeta, Trump, en alianza con el líder humanitario de Rusia, Putin, canta para todos una canción apocalíptica. Te lo digo llorando de rabia y de impotencia, amigo lector. Todo es inútil.