
"El presidente confunde el honor militar con el teatro militar. Napoleón, Federico el Grande o Bolívar, que sabían algo más de guerras que el Tigre, entendían la diferencia": Hernando Gómez Buendía.
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Abelardo de la Espriella adora a los militares. Tanto, que decidió convertirse en uno de ellos. Saluda como militar, habla como militar y patrulla con los militares. Lo dijo el mismo día de su posesión: “Yo soy un soldado más”. No, señor presidente. Usted no es un soldado. Afortunadamente. En una democracia, el presidente manda sobre los militares precisamente porque no es militar. Representa el poder civil al cual están sometidas las armas del Estado.
Usted es el comandante de las Fuerzas Armadas porque los colombianos lo eligieron presidente de la República, no porque haya prestado el servicio militar —el Ejército lo declaró no apto en 1994—, ni por haber crecido en la misma cuadra de Salvatore Mancuso, ni por sus bravuconadas permanentes.
El presidente confunde el honor militar con el teatro militar. Napoleón, Federico el Grande o Bolívar, que sabían algo más de guerras que el Tigre, entendían la diferencia. Clausewitz la explicó con precisión: la gran virtud del militar no es la valentía, sino la capacidad de someterse a “la obediencia, el orden, la regla y el método”.
Durante la campaña, De la Espriella convirtió “Firmes por la patria” y los símbolos militares en parte de su marca política. Ya como presidente anunció que los terroristas conocerían “lo duro que muerden el Tigre y su Fuerza Pública”. Pero la Fuerza Pública no es suya, es de Colombia. El Código de Honor del Ejército dice: “Sirvo con honor y disciplina al pueblo colombiano”. Al pueblo colombiano. No al Tigre. La democracia dice el Ejército, el dictador dice mi Ejército; parece una cuestión de pronombres, pero no lo es.
Y entonces llegó la pistola. El presidente salió a patrullar Santa Marta con los militares y una pistola al cinto; chaleco antibalas, soldados, saludos militares y música marcial. Solo faltaba Rambo. Un presidente no necesita demostrar que también puede pegar tiros. Su oficio es decidir cuándo y para qué puede usarse la fuerza, someterla a la Constitución y responder por sus consecuencias.
Pero hay algo más serio. De la Espriella ha exhibido los cadáveres de hombres abatidos, ha caminado entre ellos ante las cámaras, los ha insultado de viva voz, ha dicho que los criminales “han ido cayendo como ratas” y que quien no se someta acabará muerto “en una bolsa”. El Código de Honor del Ejército ordena exactamente otra cosa: “Muestro humanidad y compasión con el enemigo vencido”. Este es un acto elemental de decencia. Los muertos están muertos.
Un sicario también sabe disparar. Un paramilitar también carga pistola. Un guerrillero también puede ser valiente. Lo que distingue al soldado no es el arma ni el coraje: es que usa la fuerza bajo órdenes legítimas, dentro de unas reglas y al servicio de un Estado que no puede comportarse como los criminales que combate.
La Fuerza Pública necesita presupuesto, inteligencia, armas, entrenamiento y órdenes claras. Necesita también que el presidente proteja aquello que distingue la fuerza bruta de la Fuerza Pública: la disciplina, la ley y el respeto por el enemigo vencido.
De la Espriella vive fascinado por la apariencia del guerrero. Debería respetar la muy noble profesión del militar.
* Director de "Razón Pública".
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Paulo(s4k9a)•Hace 3 minutosEste payaso de presidente le está manchando la gallardía, la caballerosidad y el honor de nuestras fuerzas armadas