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1 Sep 2016 - 2:03 a. m.

Adopción de menores: testimonio de una madre soltera

A raíz del debate suscitado en los últimos días sobre la inconveniencia de la adopción de menores por familias no convencionales, una profesora de la Universidad Nacional me envió hace poco esta carta de profunda reflexión que hoy quiero compartir con los lectores:

“Cuando tenía 37 años, tomé la decisión, larga y profundamente meditada, como mujer soltera y sola, de adoptar una niña. Mi decisión no fue consecuencia de un desengaño amoroso, ni de la imposibilidad biológica de concebir, ni el gesto altruista hacia una niña desprotegida. No, fue la decisión legítima, sencilla y clara de querer ser madre y establecer una familia entendiendo y aceptando la adopción como una forma tan válida como la biológica para hacerlo. Intenté realizar el proceso a través de alguna de las casas de adopción acreditadas en el país, pero mi condición de mujer soltera fue el detonante para que dichas instituciones me cerraran las puertas.

Me acerqué luego al ICBF. Allí un equipo de sicólogas y trabajadoras sociales estudiaron mi solicitud, me hicieron todo tipo de pruebas sicológicas, revisaron mi pasado judicial, mi historia médica y laboral, mis estados financieros, conocieron a mi familia extensa y mi lugar de residencia y pidieron recomendaciones de mi idoneidad ética y moral; todo esto con el fin de establecer mi capacidad para brindarle a un niño un hogar en óptimas condiciones. Conceptuaron, ante el Comité de Adopciones, que yo era apta para adoptar. No creo que ninguna pareja se haya sometido a tantas pruebas antes de tomar la decisión de quedar embarazada. Después de 7 meses, me informaron que me entregarían en adopción a una niña de un año. Desde el momento en que la tomé en mis brazos, sin lugar a dudas, MaJo es mi hija,  sin lugar a dudas, yo soy su madre y sin lugar a dudas, las dos formamos una familia.

Aprendimos a vivir la una con la otra y a compartir nuestras vidas. Su niñez  transcurrió entre libros y viajes, helados y películas, parques y museos, las actividades familiares, el colegio y, a veces, la oficina de mamá. Desde muy pequeña conoció de su adopción, mil veces me pidió que le contara nuestro cuento: había una vez una mamá que quería tener una hija y una hija que no tenía mamá... vivían tristes hasta que, un 14 de junio, se encontraron en Bienestar Familiar, se abrazaron y fueron felices. Todos los 14 de junio celebramos nuestro aniversario. Jamás me reclamó por no tener papá, nunca pensó que su familia no era normal y por eso nunca ha mantenido en reserva su adopción, tanto así que sus compañeros de colegio la envidiaban pues ella celebraba no solo su cumpleaños sino también nuestro aniversario.

Tuvimos una amplia red de apoyo: fundamentalmente mi mamá, mis hermanas y hermanos, sus parejas e hijos y en menor escala mis amigas y amigos, mis compañeros de trabajo, mis jefes y las maestras del jardín y el colegio donde estudió. Todos, sin excepción, respetaron mi decisión y nuestra condición de madre soltera - hija adoptada y con inmenso cariño acogieron a mi hija.

MaJo creció con sus primos gemelos, ligeramente mayores que ella, quienes se convirtieron en sus ‘guardianes’: en alguna oportunidad en que yo estaba enferma, siendo ellos aún muy pequeños, se pararon frente a mí, tomados de las manitas con la circunspección característica de los niños en situaciones trascendentales y, hablando en coro, los ‘guardianes’ me dijeron: ‘puedes morirte tranquila, nosotros cuidaremos a tu hija’. Desde su llegada al hogar ha recibido borbotones de amor, lo que la hizo ser una niña dulce, emocionalmente estable y segura, que nunca se ha sentido, ni ha sido, discriminada.

Hoy, es una antropóloga de veintitrés años, estudia una maestría y trabaja, tiene una vida social armónica y responsable y continúa viviendo feliz a mi lado. Sabemos que más temprano que tarde debe volar para realizar sus sueños y ese día, como siempre, contará con mi amor y mi apoyo.

Recientemente he visto fotografías de nuestra vida. Ha cambiado poco, pero indudablemente la expresión de tristeza profunda de sus hermosos ojos de los primeros días, rápidamente cambió por una mirada pícara y juguetona. Por mucho que busco, no logro encontrar en ella ninguno de los terribles rasgos de personalidad con que los enemigos de la adopción por parte de familias no convencionales quieren caracterizar a los niños adoptados por ellas.

Después de esta experiencia de más de 22 años, en estos momentos en que en el país se debate sobre la pertinencia de la adopción por parte de madres y padres solteros, me siento con la experiencia suficiente para compartir mi testimonio. Estoy segura de que la adopción es una forma maravillosa de construir familia y por eso hago un llamado a las madres y padres biológicos,  a las madres y padres adoptantes, a las abuelas y abuelos, a las tías y tíos, a madres y padres en potencia, a los hijos e hijas adoptadas por parejas o por solteros o solteras, en fin, a todos aquellos que quieran hacer respetar los derechos de los niños a tener una familia, a que rechacemos cualquier mecanismo que pretenda impedir la adopción por parte de familias no convencionales. MaJo y yo somos hija y madre y, por lo tanto, una familia ‘hasta que la muerte nos separe’.” (firma Catalina Ramírez, Profesora Asociada, Universidad Nacional).

*   Rector, Universidad Nacional de Colombia

@MantillaIgnacio

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