18 Feb 2018 - 2:00 a. m.

Atreverse

Un elefante puede quedarse en cautiverio toda la vida, amarrado de su pata con una frágil cadena y atado a una pequeña estaca clavada al suelo. Con su fuerza descomunal solo bastaría un leve movimiento para reventar y hacer saltar por los aires los artificios de su sujeción. Pero no. Se queda allí. Apacible y triste, el resto de su existencia. Los colombianos nos parecemos a los elefantes, y lastimosamente no por las maravillosas virtudes de su naturaleza, sino por lo anterior. Por ese miedo profundo a todo lo que encarna una opción o esperanza de cambio.

El miedo al cambio nos paraliza y nos acomoda a la mediocridad existente. Nos encadena a una rutina que nos impide ensayar la posibilidad de hacer las cosas de manera diferente. Ese temor nos hace llevar una vida como la del elefante que a diario espera ilusionado las miserias de su captor, mientras se revuelca en la calidez de su propio miasma. Vivimos amarrados a la tradición política por temor, y eso lo saben y aprovechan los habituales dirigentes de la nación.

Sin atrevimiento no hay posibilidad de cambio. Es ese el motor de la humanidad. Y de no haber sido por esto, Europa sería todavía el mundo donde gobernaran las testas coronadas, Rusia fuera todavía el escenario de los caprichos zaristas, la India sería todavía una colonia británica, los afroamericanos sólo podrían sentarse en las bancas traseras del transporte público y Nelson Mandela habría muerto picando piedra en la prisión de Robben Island.

En estos días de campañas electorales varios han expresado el temor que les causa la opción presidencial de un candidato como Gustavo Petro. Quizá habría que decirle a esta legión de timoratos que Petro está lejos de encarnar cambios tan trascendentales como los que acabo de mencionar; que su programa es apenas una forma de acercarse al Estado social de derecho consagrado en la Constitución nacional; y que si le hablan a un marxista comprometido o a un troskista sobre la supuesta radicalidad de este candidato, apenas sonreirían con compasión. No hay nada radical en Petro.

Para desvirtuarlo como alternativa política han usado insensatos temores. Seamos elefantes, pero por la memoria, no por el miedo de salir de un supuesto lugar de seguridad que no ha sido más que otro artilugio de engaño. Memoria de elefante para no olvidar a las víctimas, para saber que en esta nación no ha habido un proceso de paz que no haya acabado en exterminio, para recordar que llevamos más de 200 años de vida republicana sin hacer una reforma agraria, para que tengamos siempre presente que nuestro aberrante sistema de salud vende cada tanto a los ciudadanos un paquete de muerte y para ser conscientes de que por mucho que nos hayamos partido el lomo trabajando la incertidumbre será nuestra compañera más cierta en la vejez.

Quizá Petro no es la solución a todos los males ancestrales de la nación, pero en estos momentos representa una indiscutible oportunidad de cambio en un país que ha renunciado a la posibilidad de soñarse diferente. Seguir en el marasmo, entregando nuestros días a quienes se han perpetuado en el poder, también es parte de los márgenes de la democracia. Por una vez, al menos, podríamos atrevernos a desatarnos de la estaca clavada en el suelo.

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