
A finales de los años sesenta del siglo XX, la película Queimada, que se rodó en Cartagena de Indias en 1968, se convirtió en un catalizador de la discusión sobre lo patrimonial y lo que era o no era permisible en ciertos lugares considerados monumentos históricos en esta ciudad. En enero de 1969, en un par de notas de prensa para El Tiempo, Eduardo Lemaitre se quejó amargamente porque la película estaba destinada a “explotar comercialmente el odio entre negros y blancos”, precisamente en una ciudad –decía– en la que “Pedro Claver dulcificó, con sus virtudes, el rigor esclavista”. Pero lo que más incomodaba al historiador era el uso que Queimada le estaba dando a la casa del Marqués de Valdehoyos. Escribió que estaba bien que la película dejara recursos a la ciudad, pero que habría sido mejor recibirlos sin desmedro del “decoro social ni de nuestra dignidad histórica”. Consideraba que no teníamos que haber aceptado que se poblara “el arruinado pero venerable Palacio del Marqués del Valdehoyos de prostitutas semidesnudas”.
Quizá lo de Eduardo Lemaitre era una reacción a algo que expresó Arturo Abella justo un mes atrás en el mismo periódico. Abella dijo –con cierta sorna– que, pese a que “la casa del Marqués de Valdehoyos, donde se guarda la pura doctrina de la tradición cartagenera, fue prestada para una escena que refleja una casa de diversión”, y del estremecimiento que esto le causaría a las murallas y las genealogías, el cine era el cine, y como publicidad sería más decisivo para el turismo que la misma casa del Marqués. Otras opiniones acudieron a la idea de que no era precisamente una vida conventual lo que guardaban los patios y crujías de la casa, dada la práctica descarada del contrabando de harina y esclavizados desarrolladas por sus propietarios en la segunda mitad del siglo XVIII, y a los chismes, rumores y leyendas históricas sobre excesos carnales.
Lemaitre defendió la honra de la casa con un argumento de histórico candor, si nos atenemos a la tradición contrabandista del puerto de Cartagena: dijo que los marqueses no ejercían esta práctica “porque los contrabandistas grandes de la época no estaban en Cartagena, donde había vigilancia aduanera” y “que el contrabando gordo de entonces entraba como ahora por la Guajira y por Valledupar”. También defendió la reputación de la Marquesa acudiendo a su carácter piadoso, pues había fundado una hermandad de perdón religioso y había obsequiado una corona adornada con esmeraldas para la virgen del Tránsito, que representaba la única joya colonial que quedaba en la ciudad.
Poco tiempo después, el 23 de febrero de febrero de 1974, el poeta y periodista Eduardo Mendoza Varela publicó una nota en El Tiempo titulada “Prólogo a Cartagena”, que recogía lo que se ponía en juego en épocas de restauración y valoración patrimonial. El rostro de Cartagena, decía Varela, no era un “mero trasunto tropical de las Andalucías o las heredades solariegas del siglo XVII. Sus encrucijadas y entresuelos, sus celosías y tejados escucharon siempre la brega de unos cuantos pescadores negros y otros tantos señores de brazo remangado, que por igual tomaron partido para construirla y echarla a andar”.
Hace unos días finalizó el Festival Internacional del Cine de Cartagena (Ficci) y me acordé de esta discusión que leí el año pasado, a propósito de unos relatos que estaba escribiendo sobre la Casa del Marqués de Valdehoyos. El recuerdo me llegó porque creo que la pasada edición del Ficci representó una vuelta a la necesidad de aprovechar el certamen como un escenario para discutir las visiones de ciudad.