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El futuro que inventa al pasado

Javier Ortiz Cassiani

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Todo discurso que sustenta una nación es una construcción que necesita un proceso de selección y edición ajustados a unos principios o una idea de lo que hemos sido, lo que somos y lo que esperamos ser. Sin edición también es imposible el uso de la memoria. Sin la capacidad de generalizar, de abstraer y de conceptualizar, las naciones sufrirían como Funes, el memorioso —personaje de Jorge Luis Borges— que, atrapado en una memoria absoluta, es incapaz de pensar y procesar la totalidad de recuerdos que se alojan en la represa en la que se convierte su mente.

Toda historia —y esto ya es casi una boutade— se escribe desde el presente. Es el presente el que inventa al pasado y no lo contrario. Y no solo el presente: también el futuro inventa el pasado. Pero no inscrito en la concepción de folletín de que quien no conoce su historia está condenado a repetirla, sino desde la premisa de que se va al pasado para editarlo, es decir, inventarlo, de acuerdo con la idea de futuro que se tenga. Y esto no es una manera de hacer las cosas exclusiva de ninguna ideología ni de ninguna forma de pensamiento político. Todos han recurrido a esto para inventar la memoria histórica.

Hay una frase del filólogo y crítico literario alemán Andreas Huyssen, que a mí me llama poderosamente la atención: “El pasado no podrá darnos lo que el futuro no pudo ofrecernos”. Repito, es la idea de futuro la que nos lleva al pasado para preguntarle ciertas cosas o para acomodarlo a las pretensiones y concepciones del futuro. Es decir, ese pasado solo nos podrá dar algo en la medida en que estemos pidiéndole algo al futuro.

Dejo esto por aquí pensado en lo que está ocurriendo en los últimos días en Colombia. El Gobierno de turno tiene una idea del presente y del futuro, y en ese sentido acude a la representación de la memoria histórica expuesta en los museos, en las publicaciones, en el teatro y la expresión dancística para ver qué de eso no tiene sentido en la nueva concepción milagrosa de nación, y de allí viene la censura y las borraduras de la memoria. El problema es que la idea de futuro que sustenta este proceso es una idea de futuro revisitada. La nación ya la conoce. Es precisamente la idea que estaba en quienes concibieron la nación a lo largo del siglo XIX, en el que las premisas del orden y el progreso implicaban, incluso, la justificación de la exclusión del algunos y la defensa del statu quo.

Fue precisamente esa concepción de futuro, que ejercía violencia y exclusión de todo tipo en el presente que se vivía, lo que llevó a que una nueva idea de futuro, en tiempos recientes, acudiera al pasado para construirle el protagonismo y la dignidad a sectores tradicionalmente por fuera del guion que definía a la nación colombiana. Y eso fue, sin duda, un avance en la medida en que estaba sustentado en un hecho que no amerita duda: en sociedades en las que ha habido un ejercicio de violencia sistemática como la nuestra, hay que recurrir a factores éticos para el fortalecimiento del sentido de humanidad y de justicia.

Todo proceso de memoria histórica es sujeto de revisión con el paso del tiempo dada la realidad del momento. El problema es cuando esa revisión se hace desde una idea, no sólo conocida, sino que acude a clasificaciones morales, las mismas que han tenido a gente y a procesos excluidos, como parece ser el caso actual.

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