23 Jul 2020 - 5:00 a. m.

La crisis del Museo Histórico de Cartagena

La noche del 13 de marzo de 2007 un taxi se parqueó a un costado del periódico El Universal en Cartagena de Indias. El taxista se bajó del carro, abrió el baúl, sacó dos objetos pesados envueltos en una sábana y, sin anunciar el remitente, los entregó al vigilante, quien los recibió con la naturalidad de quien no sabe del contenido, pero conoce el horario de llegada de la correspondencia.

En la víspera, Pedro Luis Mogollón, entonces director el diario, había estado hablando por teléfono con un sujeto que aseguró tener en sus manos dos objetos que pertenecían a la ciudad y buscaba la manera de entregarlos de forma anónima. Días atrás había comenzado la restauración del Camellón de los Mártires —el paseo peatonal inaugurado a finales del siglo XIX que rinde homenaje a varios personajes de la independencia de Cartagena fusilados por Pablo Morillo—, pero hacían falta dos de ellos. El Universal inició una campaña para recuperar los bustos, de modo que quienes llegaron aquella madrugada al periódico cubiertos por el cubrelechos de alguna familia cartagenera eran Pantaleón de Germán Ribón y Manuel del Castillo y Rada —dos de los mencionados mártires—, con el carácter pétreo de siempre que desestimaba cualquier intento de adentrarse en los vericuetos de su secuestro.

No tenemos detalles sobre la honra de quien entregó los bustos, pero podríamos decir que hubo suerte. El Museo Histórico de Cartagena de Indias, fundado el 11 de julio de 1924, fue, hasta hace un tiempo no muy lejano, sistemáticamente desmantelado y no ha contado con la suerte de las devoluciones furtivas como la de aquella noche.

Moisés Álvarez Marín, actual director del museo, y Salim Osta Lefranc, restaurador, —quienes precisamente recibieron del periódico los bustos para su reconocimiento y puesta a punto— lo saben. De la colección que se fue armando a partir de su fundación es poco lo que queda. Una nota de prensa, escrita unos días después de que se entregaron los bustos, decía que de las 500 piezas donadas a través de los años al museo, solo quedaban 150. Muchas se deterioraron por la indolencia, el salitre y el comején, algunas fueron desechadas arbitrariamente como basura —se sabe que hubo gente que rescató cosas de las carretas cuando iban al basurero—, y otras hacen parte de las colecciones particulares de los aficionados de la historia con manos ligeras que siempre han creído —cual tropas napoleónicas saqueando a Egipto— que merecen el patrimonio por la gracia de sus abolengos.

Que esto no haya avanzado, que hoy tengamos un museo decente con lo poco que dejaron, se lo debemos al trabajo silencioso de Moisés Álvarez Marín. Gracias a él, a su equipo de trabajo y a quienes han aportado todo su conocimiento para la renovación de las salas que se ha hecho en forma paulatina, hoy el museo trasciende las paredes del llamado Palacio de la Inquisición y llega a toda la ciudad a través de un generoso programa de formación de públicos. Pero a pocos años de su centenario la situación es crítica, no hay recursos para mantener la planta de vigilancia y aseo, mucho menos para el personal administrativo y los encargados del cuidado y conservación de la colección. Así las cosas, es el momento de que las autoridades distritales y departamentales, las instituciones sociales y culturales, la empresa privada y toda la ciudadanía se comprometan con el Museo Histórico de Cartagena. Mientras esperamos las llamadas anónimas de quienes tienen en sus manos lo que debería disfrutar toda la ciudad.

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