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“Estaba invicto”, solía comentar sobre su suerte. Durante dos décadas y un poco más, el periodista Cristian Herrera circuló por Cúcuta y Norte de Santander, contando las tragedias, encantos y miserias de la región del Catatumbo, hasta que tuvo que aceptar que para seguirlo haciendo debía vivir protegido. El sábado 6 de junio dejó en libertad a sus escoltas de la Unidad Nacional de Protección para moverse sigilosamente a una casa de la familia en el barrio Quinta Oriental. Pero sus enemigos lo acechaban y cuando llegaba a su destino, al curtido periodista judicial que siempre encontró el secreto de las historias turbias, le quitó la vida a balazos un sicario motorizado oculto tras un casco.
En los registros de la Flip, a cuyo consejo directivo regional pertenecía Cristian Herrera en calidad de corresponsal, entró a ser el periodista número 171 de la lista de asesinados en los últimos cincuenta años en Colombia. Esta vez la víctima fue un reportero que conocía como ninguno otro las entrañas de una sociedad que cohabita con uno de los nudos ciegos del conflicto armado. Terminó siendo incómodo porque supo que desarmar esa confrontación es encarar una ilegalidad a sus anchas. Le quitaron la vida porque sabían de su voz contra el silencio, pero despojaron a Cúcuta de un reportero disciplinado y valiente, cuya información siempre le abrió los oídos a la gente.
Desde antes de graduarse en la Universidad Autónoma de Bucaramanga, fueron más de dos décadas de trabajo corriendo riesgos, pero siempre al día con la información del orden público, los escándalos de corrupción o las acciones del crimen organizado. Un periodista judicial de vértigo y autenticidad manifiestos, a quien solo le sacaban la piedra las talanqueras a sus pesquisas. Encontrarse con él en la Flip o en las loterías del periodismo en cualquier viaje, significó siempre tiempo generoso para escuchar sus tremendas historias. Tan versátil con su verbo que costará tiempo acostumbrarse a no recordarlo con su peculiar acento y los cuentos actualizados de la región.
La Defensoría del Pueblo invocó con acierto el sentimiento que hoy invade al periodismo colombiano: indignación. Es lamentable que un periodista como Cristian Herrera termine asesinado inerme e indefenso al frente de su familia, y también causa profunda tristeza constatar que se ha perdido un colega comprometido con las luchas de la libertad de expresión, que se volvieron extremas en Colombia. Hace apenas un mes, en Briceño (Antioquia), acabaron con la vida del periodista Mateo Pérez, en otra región donde los violentos tampoco quieren que se sepa lo que esconden pero le hacen a diario a la población civil no combatiente para someterla.
Los periodistas de Cúcuta conocen a la saciedad lo que desafortunadamente acontece en la región, y por eso no bajaron la voz al advertir que la víctima de turno fue esta vez el colega Cristian Herrera. Un malestar colectivo porque todos extrañan su simpleza valiente. Echaremos también de menos su calidez humana tan inmensa como su anatomía gigante, y nos hará mucha falta su versión actualizada sobre la que él llamó la “república independiente de la coca”. Su relato sobre la crisis humanitaria, el éxodo de las familias y el fuego más allá de la frontera con Venezuela que se cuece en el Catatumbo, retumba en Cúcuta y seguramente contribuyó a apagar la luz de su vida.
Es el renacer de la guerra que ya no es un rumor en varios territorios. Hace diez años, el Estado y las FARC firmaron un Acuerdo de Paz, pero en vez de una concordia sostenida en el tiempo con el esfuerzo de todos, hoy se multiplica la violencia selectiva, señal inequívoca de que la ilegalidad copa los espacios y acalla las voces que se atreven a contar un poco más. Por eso asesinaron a Cristian Herrera en Cúcuta y a Mateo Pérez en Briceño. Necesitan que el periodismo libre no exista y que las comunidades puedan ser manipuladas o sometidas. En memoria del inolvidable colega caído en cumplimiento de su deber, la opción es la persistencia en el derecho irrenunciable de los pueblos a no callar.