19 May 2020 - 11:58 p. m.

Abuelas resilientes

Nada más maravilloso que sentarse a escuchar  historias contadas por un abuelo y recibir sus consejos sabios, fundamentados siempre en el cariño puro y la experiencia verdadera.

Tuve la fortuna de conocer a mis dos abuelas y de compartir con ellas durante un periodo representativo de mi vida. Mujeres que me inspiraron y que fueron claves en el desarrollo de mi personalidad y en la construcción de mis valores. Las tengo guardadas en mi mente y en mi corazón como un tesoro inigualable, con sumo respeto, admiración, conocimiento, llegando casi a rozar con lo sagrado.

Hoy las recuerdo más que nunca en estos tiempos de pandemia, pues fueron ellas las que me enseñaron, con sus narraciones, el poder de la resiliencia como la máxima fuerza de la esperanza, un motor para levantarse ante las adversidades y construir un mejor futuro. Jamás las olvidaré sentadas al frente mío, recordándome que no se debe decaer ante los problemas y que con fé siempre se puede luchar.

Mis abuelas eran en sí mismas una oda a la resiliencia, un poema a la esperanza eterna. Nacidas en la primera década de 1900,  les tocó transcurrir por una jornada vital única, una lección histórica de  constante humildad y de ilusión continua. Entre 1914 y 1918 vivieron la Primera Guerra Mundial y en 1918 conectaron con una pandemia global: la gripa española, la cual dejó más de 50 millones de muertos en el planeta.

Posteriormente se enfrentaron a la gran depresión económica de 1929. Pero como si fuera poco entre 1939 y 1945, coexistieron con la Segunda Guerra Mundial. Y a eso le sumamos las guerras de Corea y de Vietnam. También fueron testigos del triunfo de la revolución bolchevique en Rusia en 1917 y del final de la Unión Soviética en 1989 posterior a la caída del Muro de Berlín.

Mis abuelas fueron partícipes de una vida combativa, llena de golpes dolorosos, unos tras otros,  pero ante sus nietos, sus palabras siempre fueron un baño de optimismo. Su generación, que nació a principios del siglo 20, le tocó entender las dificultades de la humanidad de manera repetitiva con continuos retos existenciales. Nadie mejor que ellas para comprobar  la resiliencia, no como una palabra sino como un gesto vitalicio.

Debemos aprender del pasado para poder construir un mejor futuro en el horizonte. Y aunque ya se fueron de este mundo, lo que les tocó vivir y superar se convierte en una  lección de inspiración para todos los que estamos hoy caminando por este sendero de incertidumbres. De esta saldremos. Gracias abuelas.

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Juan Carlos Ortiz