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El primer día de un largo camino

Juan Diego Soler
17 de septiembre de 2026 – 11:50 p. m.
La Schultüte, literalmente “cono escolar”, es como las cornucopias que adornan el escudo de Colombia y los padres o familiares se la entregan a los pequeños que empiezan el colegio.
La Schultüte, literalmente “cono escolar”, es como las cornucopias que adornan el escudo de Colombia y los padres o familiares se la entregan a los pequeños que empiezan el colegio.
Foto: Archivo Nacional de Imágenes de Austria

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En las últimas semanas, miles de niños y niñas de 5 a 7 años en Alemania, Austria y algunas zonas de habla alemana de Suiza y Bélgica se vieron por las calles sosteniendo enormes conos decorados con colores vivos. La Schultüte, literalmente “cono escolar”, es como las cornucopias que adornan el escudo de Colombia y los padres o familiares se la entregan a los pequeños que empiezan el colegio. En lugar de frutos y monedas de oro, está llena de útiles escolares, juguetes y golosinas para que ese primer día de clases, lleno de ansiedad y expectativa, sea un poco más dulce. También está cargada de la esperanza que las familias y la sociedad depositan en el sistema educativo.

A diferencia de muchas otras especies de mamíferos, los seres humanos tardan mucho tiempo en volverse autosuficientes. Los caballos, los ciervos, los hipopótamos y muchos otros cuadrúpedos son capaces de ponerse de pie y caminar unas horas después de nacer. Los chimpancés, nuestros parientes más cercanos en el reino animal, dejan de lactar entre cuatro y cinco años después de nacer y, aunque siguen viajando con sus madres durante otros cuatro o cinco años más, son capaces de valerse por sí solos después del destete. Un chimpancé de siete años, básicamente, se alimenta por sí mismo; un niño de siete años, por lo general, no lo hace, ni siquiera en sociedades en las que los niños participan activamente en la obtención de alimentos. Y nutrirse es apenas el comienzo del proceso.

Para participar de forma autónoma en una sociedad moderna, una persona necesita leer con fluidez, utilizar números, comunicarse con otras personas, evaluar la información y aprender cosas nuevas por iniciativa propia. Las familias y las comunidades enseñan algunas de esas habilidades, pero la escuela es la institución en la que la sociedad deposita la responsabilidad de desarrollarlas y mitigar las diferencias. Por eso es tan preocupante el deterioro reflejado en los resultados del informe del Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes (PISA). Colombia sigue por debajo del promedio de los estados de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), aunque es uno de los pocos países cuyas tendencias a largo plazo han sido positivas, en medio de una tendencia internacional preocupante, especialmente en matemáticas y comprensión lectora.

No todos necesitamos utilizar álgebra, física o biología en nuestro trabajo. Pero todos dependemos, en cambio, de una sociedad capaz de formar a quienes sí las necesitan. Un mundo en el que los técnicos y profesionales de los que todos dependemos carezcan de competencias básicas es peor para todos. Por eso, aunque cada vez menos colombianos tienen hijos, la educación de los más jóvenes no es un problema ajeno. En las carencias educativas de hoy se están sembrando los problemas de mañana.

El colegio es una institución extraordinariamente extraña. Intenta, al mismo tiempo, educar a las personas, socializarlas, ofrecer servicios de guardería, transmitir una cultura, preparar trabajadores, formar ciudadanos, reducir la desigualdad, identificar el talento, otorgar títulos y mantener el orden entre cientos de niños. Todo esto en escalas de tiempo que superan los horizontes electorales de los políticos y las transformaciones tecnológicas de nuestro tiempo. La semana pasada, al sentarse por primera vez en el colegio, acompañada de su cono adornado con pingüinos, mi hija inició un camino de al menos una década en el que depositamos nuestra confianza en un sistema más grande que nosotros y en personas que puedan enseñarle por caminos que nosotros no conocemos. Para un padre, es reconocer a un hijo o una hija como una inteligencia independiente de la nuestra. Para una sociedad, es reconocer que no se puede construir el futuro sin heredar lo que hemos aprendido hasta ahora.

Juan Diego Soler

Por Juan Diego Soler

Doctor en Astronomía y Astrofísica de la Universidad de Toronto, Canadá. Investigador científico del Departamento de Astronomía de la Universidad de Viena, Austria. Autor de los libros “Relatos del confín del mundo (y el universo)” y “Lejos de casa”. Escribe sobre ciencia para El Espectador desde 2011.
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Comentarios
  • Dionisio(cvtsc)Hace 56 minutos
    Momento muy emotivo, Dr. Soler, felicidades.
  • Gines de Pasamonte(86371)Hace 2 horas
    El que Colombia haya ocupado un puesto deshonroso en las pruebas PISA es normal, diría. Normal en una nación que secularmente NO LEE, no estudia. Menos del 1 % de los estudiantes colombianos alcanzó los niveles 5 y 6, que corresponden a los desempeños más altos. Colombia vuelve a mostrar los límites de un sistema fragmentado, socialmente injusto y debilitado en su capacidad de formar pensamiento científico y humanístico. ¡Enhorabuena por su hija, profesor!

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